GENESIS
La cabeza me palpitaba como si una banda de enanos con martillos se hubiera instalado a bailar en mi cerebro. Abrí un ojo. Error. La luz me atacó sin piedad, como si el sol estuviera personalmente ofendido conmigo. Cerré de nuevo. Quería dormir... no, quería hibernar. Un mes, tal vez dos. Hasta que la humanidad se extinguiera o al menos dejara de producir ruido.
Tenía la boca más seca que la dignidad de un político y el cuerpo hecho trizas.
No quería moverme.
No quería existir.
Si Dios me hubiese dado un superpoder, habría pedido uno sencillo: extinguir a toda la maldita r**a humana. O al menos silenciarla. Aunque, si somos honestos, probablemente me habría incluido en la purga.
Qué vida de mierda.
Qué ironía, ¿no? El espermatozoide más rápido... el campeón de la carrera... ¿para esto?
—¿Cuál era el jodido afán de llegar al óvulo? —murmuré, arrastrando las palabras entre dientes.
Suspiré. Ya está. Ya llegamos. Ya nos jodimos.
—¿Por fin despiertas? —La voz de mi madre atravesó el sopor con la puntería de un francotirador.
Abrí los ojos a medias.
—Ayer llegaste hecha una ruina —dijo, como quien comenta el clima.
—¿Cómo llegué a casa? —me incorporé a medias, sintiendo que el mundo daba vueltas como un carrusel descompuesto.
Mi madre traía en sus manos una bandeja con un jugo de naranja y unas pastillas. Amo a esa mujer. Es el único ser humano al que no eliminaría si tuviera ese poder genocida. Siempre ha estado conmigo, firme como un faro en plena tormenta. No me juzga, no sermonea... sólo observa mis decisiones y me recuerda, con esa calma demoledora, que soy la única responsable de mis errores.
Es mi apoyo y no podría haber pedido la mejor mamá del mundo. Si hay otra vida después de esta siempre la elegiría a ella como mi madre.
—Te trajo un chico. —Su sonrisa se ensanchó con cierto brillo curioso en los ojos—. Muy guapo, por cierto. Los ojos más bellos que he visto en años... y eso que yo he visto muchos. Un galán. Atento, educado, con modales que ya no se fabrican.
Me congelé.
¿Un chico? ¿Qué chico?
¿Me acosté con alguien?
No... no puede ser... No me acosté con nadie, ¿cierto?
Eso no pudo pasar. El mocoso me dañó el polvo...
Oh, espera.
Los ojos más hermosos.
Mierda.
Tenía que ser él.
—¿Te dijo cómo se llamaba? —intenté sonar indiferente, pero mi voz sonó como si estuviera tragando cuchillas oxidadas.
—Hades —respondió mamá, como quien comenta que llovió anoche.
Un escalofrío me recorrió la columna.
—¿Qué dijo? —sentí que todo mi cuerpo se tensaba, como si el nombre tuviera efectos secundarios inmediatos.
—Nada importante, cariño. Dijo que habías bebido demasiado y no quiso dejarte sola. Le pareció lo correcto traerte. Muy caballeroso. —Me pasó el jugo y las pastillas—. Yo le pedí que te subiera a la habitación porque ya sabes que mi espalda no está para esos trotes. Luego se fue.
—¿No dijo nada más? —pregunté, con más urgencia de la que quería admitir.
—¿Qué podía decir? —Me miró escudriñándome. Como si estuviera pensando en algo.
—No nada más preguntó —me encogí de hombros.
Note que mi madre se puso algo tensa. Quería decirme algo más, pero con el dolor de cabeza no lograba descifrar que.
—¿Pasa algo? —inquirí.
—Lian estuvo aquí —soltó, bajando el tono.
Me incorporé de golpe. Error. El mundo giró. ¿Cómo se atrevía a venir? ¿Quién mierdas se creía?
—¿A qué vino? ¡Creí que había quedado todo claro! —mi voz subió una octava. Ardía.
—No puedes prohibirle que venga a ver a su hijo, Génesis —replicó ella con calma, como quien ya ha tenido esta discusión mil veces—. Lo detestes o no, sigue siendo su padre. No puedes hacer nada contra eso.
—¡Lo sé! —exhalé frustrada—. Solo que no me gusta que venga. Siempre hace que Mattia se retraiga más.
—Pues es su padre. También tiene derechos —añadió ella, recogiendo la bandeja—.Y ahora baja a comer algo. Tenemos la cena con los empresarios hoy y no puedes faltar.
—Sí, sí, lo sé —me pasé una mano por el rostro. Dios, no tenía fuerzas para lidiar con esto.
—Lian también estará. Es socio. No puedes evitarlo —se giró antes de salir—. Y por el bien de mi nieto, no quiero, ni peleas. Ni discusiones delante de él. Ni una mirada de esas que das cuando estás a punto de apuñalar con la vista. Ya mucho tiene que soportar su divorcio como para que también tenga que soportar ver como sus padres se matan en público.
Cerró la puerta y me dejó sola, nadando entre pensamientos y resaca.
Tomé aire
No sería una buena noche.
Noche de cena con Lian. Más alcohol. Eso significaba desastre. Íbamos a matarnos y era algo que no se podía negar.
💛
Después de dormir casi todo el día —más por inercia que por descanso— me obligué a levantarme. No quería ir a la cena, pero no podía permitirme faltar. Era una cuestión de poder, de estrategia. Los socios esperaban mi presencia, y cerrar ese trato era una prioridad. Aunque, francamente, prefería enfrentar una tormenta antes que compartir el aire con ciertas personas.
Mi celular vibró.
Lo tomé sin apuro... hasta que vi el nombre. Mi cuerpo se quedó inmóvil, como si el piso me jalara hacia abajo.
Hades: Hola, diosa. ¿Dormiste bien? Espero que sí. Si me preguntas a mí, debo decir que dormí como un rey... después de volver a probar esos exquisitos labios. Piénsame mucho, ya que yo, no dejo de hacerlo.
Sentí cómo el corazón me daba un golpe seco contra el pecho.
Tenía que ser una broma.
—¿Qué mierda hiciste ayer, Génesis? —murmuré, con la voz raspándome la garganta.
Nada. No recordaba nada con claridad. Mi cabeza era un pantano espeso. No podría quitarme de encima a este mocoso. Si con el beso que me dio la primera vez se volvió intenso. No me quiero imaginar si este segundo beso es real. Como se pondrá.
El problema con Hades era que, con solo un roce, se volvía adictivo. Insistente. Intenso.
Sacudí la cabeza. No quería pensar en eso. Tenía cosas más importantes en que pensar. Como por ejemplo el intentar no matarme con mi exmarido esta noche.
Me quité la ropa con movimientos lentos, automáticos. Entré a la ducha y dejé que el agua caliente me cayera como un castigo amable. Pasé el jabón por cada rincón de mi cuerpo, deteniéndome en ciertas cicatrices, esas que nadie ve pero que yo no puedo dejar de sentir. Algunas eran finas, casi invisibles. Otras, más profundas. Todas eran historias que no quería recordar, pero ahí estaban. Siempre ahí.
Salí, me envolví en una bata y caminé al armario. Me quedé unos segundos frente a la ropa, en silencio.
—No voy a permitir que ese bastardo me intimide —me dije.
Tomé un vestido azul eléctrico. Ajustado, elegante. El escote justo para recordarle a Lian lo que nunca volvería a tocar. Las transparencias laterales jugaban con la ilusión de desnudez sin regalar nada. Me recogí el cabello en un moño alto, dejando libre la nuca. Me maquillé con la calma de quien se prepara para la guerra.
Bajé las escaleras. En la sala, Mattia me esperaba. Mi pequeño príncipe de hielo. Vestido con un traje que combinaba con el mío, su cabello azabache perfectamente peinado, y esos ojos verde bosque, serios, insondables. A veces me asustaba lo parecido que era a mí. Tan callado. Tan difícil de leer.
Ese niño a veces desconcertaba.
Nunca lograba descifrar que estaba pensando. Ni que estaba sintiendo. Siempre era serio. Distante. Frio como un invierno y con un atisbo de oscuridad. Casi no hablaba y no era porque no pudiera. Era porque no quería. Solo hablaba cuando quería y podía ser frustrante.
Mi madre estaba a su lado. Radiante, como siempre. Su vestido pastel la hacía ver como un suspiro bien contenido.
—¿Listos? —pregunté. Ambos asintieron —Que hermoso de te ves príncipe.
Como siempre no me contestó. Le di un casto beso en la mejilla. No le gustaba que invadieran su espacio personal. Ni que le dieran muestras de amor a menos que él quisiera
Felizmente podía ser un gato. salvaje: elegante, reservado y peligroso si lo acorralabas.
Tomé las llaves y salimos rumbo al lugar de la cena.
El salón era una obra de arte. Luces que caían del techo como lluvia de cristal, flores en cada rincón, mesas perfectamente ordenadas. Demasiado perfecto, demasiado frío. Como una foto retocada que no transmite nada.
—Señora Golf —la voz del socio me sacó del letargo.
—Dalmat. Ese es mi apellido —corregí, con una sonrisa que no tocó mis ojos.
Odiaba que aún me nombraran con el nombre de ese imbécil. Era como si me arrojaran sal sobre una herida cerrada a medias. Supongo que les costará acostumbrarse.
—¡Lo siento! —dijo, nervioso. Me tendió la mano y rozó mis nudillos con un beso—. Está usted... hermosa esta noche.
—Gracias —respondí, escueta.
—¡Buenas noches! —La voz. Esa voz.
Sentí cómo los músculos de mi espalda se tensaban. No necesitaba girar para saber que era él.
—Señor Golf —el socio le sonrió como un idiota—. Un placer tenerlo por aquí. Justo le decía a su ex esposa lo hermosa que luce esta noche. Espero que no le moleste.
El tipo nos sonría como un estúpido. Blanquee mis ojos. Quería terminar rápido e irme para mi casa. Me molestaba convivir entre la gente. Sentía que me robaban el oxígeno.
—Sí... lástima que la belleza no compensa otras cosas —dijo Lian, en ese tono burlón que tanto conocía.
—Eso mismo digo —respondí, mirando descaradamente su entrepierna.
Sus ojos se clavaron en los míos como cuchillas. Yo solo sonreí, con la calma de quien ya no teme arder en el infierno.
Lian saludó a mi madre con hipocresía ensayada y luego levantó a Mattia en brazos. El niño lo miró con esa expresión impasible que solo él sabe mantener. Silencio absoluto. Ni una palabra. Como siempre.
Nada raro en Mattia.
Hacer hablar a Mattia era como intentar abrir una caja fuerte sin código. Pero yo sabía que, cuando lo hacía, lo decía todo.
💛
La noche transcurrió tan insípida como una copa de agua tibia. Negocios, sonrisas fingidas, adultos ebrios de poder. Lian lanzando indirectas con el filo de siempre, Mattia con cara de pocos amigos, mi madre intentando a que se divirtiera con los otros niños, él mirándola como —¿Crees que me voy a ir a jugar con esos niños? ¿Estás loca? — Mi madre no dándose por vencida y yo con ganas de que la tierra me tragara y me escupiera en el club con algún sumiso haciendo lo que yo demandaba.
—¿Cómo está tu amante, zorra? —La voz de Lian me atravesó como un cuchillo sin filo: no corta, pero desgasta.
No era la primera vez. Ni la segunda. Siempre era lo mismo cuando se pasaba de tragos: insultos, veneno, desprecio. Un ritual que repetía con la precisión de un fanático.
—Supongo que mejor que la tuya —le dije sin mirarlo siquiera.
Había aprendido a inmunizarme. Lian era guapo, no podía negarlo: parecía una fantasía nórdica hecha carne. Alto, de piel clara, ojos verdes como un bosque encantado... de esos donde si entras, no vuelves a salir. Su cabello rubio, casi blanco, lo hacía parecer un príncipe. Qué ironía. Solo alguien como yo podía ver que, bajo la corona, solo había podredumbre.
—¿Sigues siendo el monstruo que eres? —escupió con ese tono que usaba para provocarme.
—Igual que tú —respondí, con la mirada perdida en el salón. No quería que Mattia notara la guerra. No aún—. La diferencia es que tú te escondes detrás de tus trajes, y yo detrás de este vestido.
—Eres una maldita rara. Un monstruo. No voy a dejar que críes a mi hijo en ese ambiente tan asqueroso —me tomó del brazo, buscando que lo mirara.
—Estás haciendo un espectáculo —susurré al zafarme.
—Por eso no me arrepiento de todas las veces que te engañé —volvió a agarrarme, más fuerte esta vez.
—Hay una canción que nos describe bien —dije antes de beber un sorbo—. ¿La conoces? "Fueron tantos los reproches, fueron tantas noches las que me pasé sin ti..."
Vi cómo me observaba la boca. Bien. Lo tenía. Siempre caía en la trampa del deseo, incluso cuando me odiaba.
—Fueron dos protagonistas: tú, el egoísta; yo, la infeliz —susurré, con media sonrisa. Negó con la cabeza, fascinado, y entonces le regalé el resto—. Fue un drama loco, que por poco me arrebata los deseos de vivir. Hasta que llegó el día en que tus ironías ya no resistí. Como cambian las escenas con un nuevo actor... yo me tropecé.
—¡Cállate! ¡Cállate, Génesis! No quiero seguir escuchando esa payasada —explotó.
—Pero yo quiero seguir cantándotela... para que cuando la escuches pienses en mi —lo tomé del mentón y lo obligué a que me viera a los ojos— Y con ganas de rabias y besos, caricias... jugué tu papel. Mientras tú ibas con otra, yo estaba con él. Si tú dabas pasiones, él me daba placer...Era un drama tan cínico para los dos, ya no era la misma actuación. La diferencia es que no fueron uno. Fueron muchos.
—¡Cállate, zorra! —se soltó como si lo quemara— No quiero seguir escuchando tus estupideces.
—¿Por qué? Es una buena canción y nos define a la perfección —lo miré de arriba abajo— Pensabas que yo iba a morir por tu amor. Sin embargo, en mi ser la maldad despertó... mi rol yo cambié.
—¡Eres una maldita zorra! —bramó, como una bestia acorralada.
Todas las miradas giraron hacia nosotros. Yo solo sonreí.
Siempre era igual: él comenzaba la guerra y, cuando yo contraatacaba, se transformaba en un animal rabioso. Pobrecito. Nunca supo perder.
—Cálmate —le dije al levantarme de la silla—. Un día de estos, te va a dar un infarto.
Tomé a Mattia en brazos y salí del salón. No miré atrás.
Ya había cerrado el trato y eso era lo que me importaba. Lo demás era ruido. Lo demás era pasado.
La buena chica... no... esa hace rato que murió, solo queda está...