Capítulo tres. El Peón

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*IRINA* Nuestras miradas se traban y sé por la furia en ellos que debe estar maldiciendo mi nombre. Su perfil me parece ligeramente conocido, pero descarto la idea tan pronto como llega. Espero a que abra la puerta y solo entonces subo a la camioneta. El viaje se suma en un reconfortante silencio, mis lentes de sol han vuelto a cubrir mis ojos y veo disimuladamente a Xander por el retrovisor. Parece un hombre de piedra, interesante y peligroso. —Estamos llegando, señorita Volkova —Annika sabe cómo y cuándo ser inoportuna. A pesar de los lentes, no puedo evitar cerrar los ojos en el preciso momento que el auto atraviesa las rejas de mi prisión. El largo sendero no ayuda a sentirme menos prisionera, pero los recuerdos bonitos junto a mi madre, hacen más llevadero este incómodo momento. Espero a que Annika abra la puerta y apenas la suela de mi zapato toca la tierra, siento la ira arder en mi interior. No he visto a mi padre en más de dos años y las circunstancias de nuestro reencuentro no son las mejores de nuestra historia. Yo me atrevo a decir que este es el peor reencuentro entre un padre y una hija. Respiro para no soltar una palabrota mientras camino al interior de la casa de mi padre, lo único que puede hacer tolerable mi estancia aquí, son los recuerdos de mi madre. —Es mejor que vaya a su habitación señorita Irina. Una confrontación con el señor Volkova ahora mismo no solucionará nada, sabe muy bien cómo es su padre. Annika me advierte, pero sus palabras solo alimentan mi enojo. Hago caso omiso y desfilo hacia el despacho de mi padre. No me molesto en llamar a la puerta, no tengo el ánimo ni las jodidas ganas de comportarme como una puta princesa. Ahora mismo no soy más que una fiera herida. Entrar al despacho de mi padre es lo más parecido a abrir las puertas del infierno, mientras yo me consumo en el dolor por la pérdida de mi madre. Él se reúne con sus socios para forjar alianzas y tomarse unas cuantas copas de Vodka, lo suficiente frío como para congelar su cerebro, porque corazón es algo que Sergí Volkova no tiene. —Buenas noches, señores —saludo con voz dura y seca. —Irina… Sé perfectamente que la voz de mi padre, tiene una clara advertencia por mi atrevimiento, pero para este momento me importa una mierda su posición y sus socios. —Tendrán que disculparme por mis modales, señores. Pero soy una hija que acaba de perder a su madre y necesita el consuelo de su padre —hablo sin dar un solo paso atrás. —Lamento mucho tu pérdida, pero sabes que puedes contar con nosotros, la organización no dejará sin castigo esto que ha sucedido. Puedes jurarlo, querida —giro ligeramente la cabeza para ver al hombre sentado cómodamente en el largo sofá. Benedict Kyriaskis “el griego” amigo y socio de mi padre desde que tengo uso de razón y por algún motivo es el hombre en quien menos confío. Él y Theo, su inseparable hijo, tenían el aspecto de los buitres al acecho esperando por la carne de la próxima víctima y si mi padre se descuida puede ser él o incluso yo. —Te agradezco tus condolencias Benedict, aunque eso no me devolverá a mi madre. De hecho, nada que ustedes puedan decir o hacer, podrá devolverle la vida que le ha sido arrebatada —le espeto con molestia ante la actitud del griego. Él no sabe el maldito infierno que estoy viviendo, no tiene ni puta idea de cómo estoy consumiéndome lentamente, siento que mi alma es cocinada a fuego lento. —¡Basta Irina! —él grita y mi dolor se dispara. —Mi madre murió por tu maldita culpa. Si tus negocios no fueran lo que son; tendríamos una vida normal y quizá un poco de amor de tu parte papá. ¡Pero la dejaste morir, la dejaste atrás como el vil cobarde que eres! Estoy consumida en mi rabia porque no vi llegar el bofetón que mi padre lanza en mi contra. Mi mejilla quema, mi labio se rompe y el sabor metálico de mi sangre acaricia mi lengua. Mi primer instinto es devolverle el golpe, pero sé que eso no solucionará nada por el momento. “Nunca muestres debilidad Irina, nunca sabrás quien de todos es tu enemigo, en este negocio los amigos no existen. No pierdas la cabeza, querida”, las palabras de mi madre resuenan en mi cabeza y hago acopio de toda mi entereza y entrenamiento para no derramar una sola lágrima en esa maldita habitación. —No vuelvas a tocarme en tu puta vida, Sergí Volkova, porque no te garantizo que puedas conservar la mano. –¡Irina! La voz de mi padre ruge furiosa y su aura se oscurece, la amenaza se cierne sobre mí y aun así no doy ni un solo paso atrás y con la mirada lo desafío a un segundo golpe. Lo veo retroceder y algo dentro de mí se regocija con el más absoluto placer. Él sabe la hija que crio. —No le grites más y no vuelvas a golpearla. Debes ponerte en su lugar; no debe ser nada fácil para ella todo esto. Sobre todo, si tenemos en cuenta que hoy pudo ser la segunda víctima de Kesar —dice y sé que su intención es congraciarse conmigo. —No voy a permitir que olvide quien soy yo —le escucho decir, como sí olvidarlo sirviera de algo. —Lo que me sorprende. Es que el cuerpo de mi madre aún no se enfría y Kesar ya tuvo tiempo para organizar otro atentado ¿Qué pasa señores? ¿Está el enemigo más capacitado que ustedes, o tal vez se deba a que dentro de casa tienen una rata? —digo mirando a Theo y Benedict. —¡Basta, Irina! El grito de mi padre no logra que aparte la mirada de los hombres, no puedo sentirme ni conmovida ni agradecida por su intervención. Menos cuando sospecho que sus verdaderas intenciones son otras en cuánto a mí y a la organización de mi padre. —Déjala hombre, es normal que esté a la defensiva —hablo de nuevo y casi dejo escapar un gruñido de frustración y de advertencia. —No, Benedict, nada justifica el comportamiento de mi hija. Tiene que aprender que las cosas aquí se hacen cuando y como yo lo decida—pronuncio mirándome con una frialdad letal. —Está sufriendo, solamente tienes que mirarla a los ojos —insiste el tipo y mis ganas de asesinarlo allí mismo se disparan. ¡Es un maldito! —Será mejor que guardes tu lengua Benedict, un día de estos puedes quedarte sin ella… —¡Annika, llévala a su habitación y asegúrate de que no salga de casa! Siento la mano de Annika sobre mi brazo y estoy tentada a apartarla de un manotazo, pero no tiene caso continuar este enfrentamiento delante de Benedict y Theo. Miro a mi padre y giro sobre mis pies para abandonar la habitación, no puedo con su falta de amor hacia mi madre, es demasiado cruel. —Sí, señor —escucho a Annika responder antes de escuchar sus pasos apresurarse hasta mi lado. —Se lo dije, señorita —murmura Annika detrás de mí y solo atino a encogerme de hombros. No quiero escucharla, no necesito escuchar nada de lo que tenga que decirme. Lo que necesito es un lugar para estar sola. —Cállate Annika y averigua desde cuando Benedict y su hijo están ocupando la casa —le ordeno a mi fiel guardaespaldas. —Pero el señor, me pidió que… —Haz lo que te he ordenado y deja que me haga cargo del señor Volkova —respondo con la misma frialdad que mi padre. —Como usted ordene, señorita Volkova. Odio hablarle así, Annika ha sido mi guardiana durante varios años y fue elegida por mi madre, por lo que siempre será como tener una parte de Fedora a mi lado. ¡Era tonto! Pero era exactamente como me siento con relación a ella… Espero a que Annika desaparezca de mi vista y salgo por la puerta que da al jardín. Necesito tiempo para estar a solas, tiempo para llorar por mi madre muerta. Fedora, la mujer que me amó a pesar de no ser mi verdadera madre. Ella siempre antepuso su amor por mí, acrecentando el disgusto de mi padre. Ella no me había cargado en su vientre los nueve meses de gestación, pero me había llevado por veintitrés años en su corazón. Fedora era mi madre y solo quería llorar como una niña pequeña ante la cruel desolación de su pérdida. Camino por el sendero, pasando del pequeño lago artificial obra de mi madre, me siento en las afueras del pequeño Chalet que ella solía utilizar cada vez que se peleaba con mi padre por defenderme. Gruesas y calientes lágrimas se deslizan por mis mejillas. La mujer de hierro que soy ante los ojos del mundo da paso a la hija que llora por su madre. A la niña que llevo dentro y que añorará para siempre una caricia, una sonrisa o una palabra de aliento de la única persona que me hizo sentir amada. —¿¡Por qué tuviste que irte!? —grito con desesperación y pienso lo que será de mi vida en manos de Sergí Volkova, como su única hija y heredera, estoy condenada y lo que no pudo hacer en el pasado lo hará ahora que nadie podrá interferir en sus planes. Mi regreso a Moscú es con seguridad la carta que esperaba para dar un golpe claro sobre la mesa y las alianzas con el griego, son sus primeros movimientos en su tabla de ajedrez donde yo soy el peón. Benedict en Grecia es un conocido empresario y en los bajos mundos, es un padrino de la noche y es uno de los hombres más importantes de la mafia. Sus nexos con la Mafia Siciliana, la Mafia Albanesa y los rumanos. Lo convierten en un hombre clave para la expansión de los negocios de mi padre y a mí en la perfecta moneda de cambio. Nuevos sollozos escapan de mis labios y me desgarran el alma. Muerdo mi puño para evitar que nadie pueda escuchar mi dolor y frustración, mientras busco la manera
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