CANTO XXVIII De conocer por dentro estaba ansioso la divina floresta, que templaba del nuevo día el brillo esplendoroso. Impaciente, la planta me llevaba al través de aquel campo, lento, lento, que por doquier aromas exhalaba. Aura dulce, sin leve mudamiento, hasta mi frente plácida desciende, más suavemente que el más suave viento, y por las hojas trémula trasciende, inclinando los gajos a la parte a que su santa sombra el monte extiende. Y de tal modo el soplo se reparte, que no perturba a las canoras aves, que ensayan libres de natura el arte, el alba saludando en cantos suaves, que acompañan las hojas susurrando, como lo hace el bordón en notas graves; tal cual de rama en rama van sonando los pinares de Chiassi en la ribera, a tiempo que el siroco va soplando. En

