CANTO XIX

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CANTO XIX En la hora aquella, en que el calor diurno templar no puede el frío de la luna, vencida por la tierra o por Saturno, cuando el geomanta ve mayor fortuna antes del alba, al lado del oriente, surgir del cielo, en la penumbra bruna, una mujer vi en sueños, balbuciente, manca de manos, de mirar torcido, color de muerte, coja y repelente. Al mirarla, cual cuerpo entumecido conforta el sol después de noche fría, con mi vista, su lengua dió un sonido. Después de hablar, un talle esbelto erguía, y cual lo pide amor, vi colorear su faz que antes marchita embellecía; su boca una armonía hizo brotar, y un canto comenzó, tan bien, que pena sería tales notas no escuchar. «Yo soy», cantaba así, «dulce sirena, que extravía en el mar al navegante. ¡De tal encanto tengo la vo

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