Sofía estaba muy apenada con tantas atenciones del señor Ferrer, pero sobre todo, porque con solo mirarlo y escuchar su voz, un enjambre de abejas revoloteaba en su estómago. Diego se dio cuenta que disfrutaba cada vez que ella se ruborizaba cuando lo descubría mirándola, era, tan bonita, frágil e inocente, que le inspiraba una gran ternura, no conocía a la abuela, pero él, encantado la denunciaba para que pagara por lo que le había hecho a Sofía. Terminaron de almorzar y subieron al auto, tal parecía que, el que Diego le abrochara el cinturón de seguridad, se había vuelto un ritual entre ellos, los dos disfrutaban ese segundo en el que sus rostros quedaban tan cerca, que podían sentir su aroma, su aliento, incluso, su calor, Sofía ya no bajaba la mirada, por el contrario, lo veía direct

