Narra Elena
Mi padre no vendría, nadie vendría por mí. Cada que pasaba el tiempo o pasaban cosas, me daba cuenta que la verdad era esta, una verdad que costaba demasiado cargar.
El silencio me hacía pensar, cuestionar y sentir. Las noches eran tristes, que decir de las madrugadas. En la madrugada todo duerme… En la noche… algo respira.
Estoy sentada en la cama cuando escucho pasos en el pasillo.
No son los suyos, Valen camina distinto; seguro, medido. Como si el suelo le perteneciera, pero estos pasos son más pesados. Arrastrados. Descuidados.
Me levanto antes de pensarlo.
La manija gira, no grito… Todavía no.
La puerta se abre y un hombre que no conozco me mira como si yo fuera la intrusa.
Tiene barba descuidada, olor a tabaco y carretera. Sus ojos recorren la habitación y luego se quedan en mí.
—¿Quién eres tú? —pregunta, avanzando un paso.
Retrocedo.
—No te acerques.
Mi voz tiembla, odio que tiemble.
Él sonríe, pero no es una sonrisa amable. Es curiosidad. Es algo peor.
—¿Qué haces aquí?
Sus ojos me recorren de pies a cabeza. vi en su mirada como si hubiese encontrado algo agradable.
No respondo. Busco la distancia, pero la habitación es demasiado pequeña.
Se acerca más rápido de lo que calculo y me sujeta las muñecas.
El agarre es brusco. Fuerte.
—¡Suéltame! —intento zafarme.
Abro la boca para gritar y su mano cae sobre ella, aplastando mi voz contra mi propia garganta.
Todo pasó tan rápido que no entendía que sucedía. El pánico es instantáneo, no puedo respirar bien.
No puedo hablar…
Intento morderlo. Intento patear. Mi corazón golpea tan fuerte que me duele el pecho.
—Te pregunté quién eres —murmura cerca de mi cara—. ¿Por qué estás en esta casa?
No puedo responder. No me deja.
Mis ojos se llenan de lágrimas, no por debilidad, sino porque el aire no entra. Porque estoy aterrada. Porque no sé qué va a hacer. Y entonces… lo peor ocurre.
Este hombre mira mi cuerpo con lo que la luz de la luna le deja ver. se muerde los labios y dice:
—Te ves deliciosa. No sabía que tenían a un bizcocho aquí oculto. ¿Es acaso un premio del jefe?
No entendía lo que decía, ¿acaso lo envió ese sujeto?
Intenté forcejear, creía que era fuerte, pero me acababa de dar cuenta que era débil desde que vine aquí.
Este hombre intentó acercar su rostro al mío, casi me desborono allí, fue horrible. Su boca intentó buscar la mía, pero luchaba a pesar de sentir que perdía la fuerza.
Cuando me lanzó en la cama y su pesado cuerpo llegó a estar encima del mío, creí que todo estaba perdido.
Cuando logré apartar su mano un intento de grito aparece.
—¡No! ¡No, por f…!
Su mano regresa a mi boca, esta vez con una fuerza que no podía comparar.
—Así me gustan, pequeña… que sean agresivas, como animales sin domar…
Cerré mis ojos y una lágrima se desbordó, pero llegó un golpe, un golpe seco.
Su mano desaparece de mi boca y el hombre cae de lado contra la pared.
No sabía que pasaba, solo noté que podía abrir mi boca y respirar mejor. cuando entonces, lo vi.
Valen… él estaba aquí. No lo vi entrar. Solo está ahí y su expresión no es preocupación, es furia.
No una furia descontrolada, es algo peor… Es fría.
El hombre intenta levantarse. Pero Valen lo toma del cuello de la camisa y lo estrella contra el marco de la puerta.
—¿Qué estás haciendo? —su voz es baja. Mortal.
—Yo no sabía que había alguien aquí —dice el hombre, aturdido—. Pensé que—
Valen lo golpea otra vez.
—No puedes tocarla.
Cada palabra cae como una sentencia.
—No sabía, jefe—
—No la tocas.
No grita.
No necesita hacerlo.
—Nadie puede tocarla.
Hay algo en su tono que me eriza la piel más que el agarre anterior.
El hombre asiente, asustado ahora. Valen lo suelta como si fuera basura.
—Sal de mi casa —ordena.
No mira si se va. Sabe que lo hará.
El silencio regresa, pero ya no es el mismo.
Estoy temblando, no puedo evitarlo. Las lágrimas ahora sí caen, silenciosas, humillantes. Me llevo las manos al pecho como si pudiera sostener mi propio miedo.
Valen se queda de pie frente a mí, no se acerca, no pregunta si estoy bien.
Solo me observa, como si evaluara daños. Como si comprobara que la mercancía sigue intacta.
Eso duele más de lo que debería.
—Nadie vuelve a entrar aquí sin mi permiso —dice al fin.
No “nadie volverá a tocarte”. No “estás a salvo”.
Es distinto.
Levanto la mirada.
—¿Me ibas a dejar sola con él? —mi voz se quiebra, odio que lo haga.
Sus ojos se endurecen.
—No estaba en el plan.
Eso es todo.
No estaba en el plan, no porque le importara. Porque no encaja en lo que él quiere.
Y eso, de alguna forma, me rompe un poco más.
Valen se da media vuelta y se va. La puerta queda abierta, y yo me deslizo hasta el suelo y lloro.
No por el hombre, sino porque entendí algo. Aquí nadie me protege, solo me preservan.
Respiré profundo, toqué mi pecho y sentía mi corazón latir con fuerza.
Jamás pensé sentirme así, tan pequeña… tan vulnerable.
Mordí mi labio inferior y quise abrazarme a mí misma, me sentía sucia.
Un momento después, la puerta se abre y salto asustada. Pero esta vez es esa misma mujer de siempre.
—La llevaré al baño para que tome una ducha. Aquí tiene ropa limpia para que pueda cambiarse.
Miré sus manos y en efecto, tenía ropa en ellas.
Tragué sonoramente.
—El señor Valen lo ha ordenado.