Narra Elena
Me volví a recostar, mi cuerpo débil me lo pidió… No dormí. O tal vez sí, pero fue uno de esos sueños rotos, llenos de imágenes inconexas, nombres que no quería recordar y rostros que se mezclaban entre sí. Cada vez que cerraba los ojos veía a mi padre con otro nombre. A mi madre con otro vestido casada con alguien que no era mi padre. A Valen… observándome como si supiera exactamente en qué punto iba a quebrarme.
Cuando amaneció —o eso supuse por la luz que se filtraba entre las cortinas—, mi cuerpo estaba agotado, pero mi mente seguía despierta.
La bandeja seguía intacta sobre la mesa, mi estómago despertó y me acerqué despacio, no porque tuviera miedo… sino porque aceptar la comida era aceptar algo más. Mi orgullo me impedía muchas cosas, entre esas… Aceptar que dependía de él incluso para sobrevivir.
Tomé la botella de agua primero. Luego un trozo de pan. Lo hice sin sentarme, como si en cualquier momento todo pudiera desaparecer.
Pensé en mi padre y mi madre, deben estar preocupados. Hasta pensé en el insoportable de mi hermano… mordí el trozo de pan con mala gana.
—No es veneno —dijo una voz detrás de mí.
Me giré de golpe.
Valen estaba sentado en el fondo de la habitación, con una taza de café en la mano. No parecía haber dormido mucho. Tenía el rostro serio, pero no duro. Cansado, quizá.
—No pensé que lo fuera —respondí, aunque mentí.
Se acercó un par de pasos, lo suficiente para que supiera que estaba allí, no lo suficiente para acorralarme.
—Estás jodidamente mal, necesitas comer.
—No me des órdenes.
—No lo hice.
El silencio volvió a instalarse entre nosotros, espeso, incómodo. Me senté finalmente en la butaca junto a la ventana, más por cansancio que por voluntad.
—¿Por qué estoy aquí? —pregunté—. En esta nueva habitación.
Valen apoyó la taza sobre la mesa sin dejar de mirarme.
—Porque anoche casi te desplomas en el jardín. Más bien, te desplomaste.
—Eso no responde nada.
—Responde lo suficiente.
Fruncí el ceño.
—Podrías haberme devuelto a la celda.
—No es una celda.
—Claro —ironicé—. Es solo una habitación cerrada con llave.
No respondió de inmediato. Se acercó a la ventana y corrió apenas una de las cortinas.
—No voy a tenerte encerrada donde no puedas respirar —dijo al fin—. No así.
Ese no así me hizo algo extraño en el pecho.
—¿Y cómo sí? —pregunté.
Me miró.
—Mientras estés aquí, nadie te va a tocar, Elena. Nadie va a presionarte. Nadie va a hacerte daño.
—Tú ya lo hiciste.
No se ofendió. No se justificó.
—Lo sé.
Esa simple admisión me desarmó más que cualquier amenaza.
—¿Por qué te importa? —pregunté, casi sin pensar—. Si soy solo… una rehén, la hija de alguien que odias, solo soy consecuencias.
Valen se quedó quieto. Por un segundo pensé que no respondería.
—Porque no elegiste nacer de ese hombre —dijo—. Y porque tampoco elegiste lo que él hizo.
—Eso no te devuelve nada.
—No —admitió—. Pero tampoco me convierte en él…
¿Acaso tiene compasión de mí?
Nuestros ojos se encontraron. No había deseo en su mirada. Había algo más incómodo. Algo que no supe nombrar.
—¿Qué quieres de mí? —pregunté en voz baja.
Valen dio un paso atrás, como si la pregunta lo hubiera tocado en un punto peligroso.
—Que escuches —respondió—. Que entiendas. Que cuando llegue el momento… no estés viviendo desde la ignorancia y sepas el porqué de cada cosa que pasará.
Tragué aquel bocado como si el pan fuera un pedazo de piedra.
—No estoy… yo… ¿puedes hablar sin rodeos? —cuestioné de forma directa.
Me levanté con el corazón latiéndome con fuerza.
—No confío en ti.
—No te lo pedí.
—Me secuestraste.
—Sí.
—Me mentiste.
—No.
—Me escondes cosas.
—Aún.
El silencio volvió a caer entre nosotros.
—No te odio, sabes… porque no sé qué carajos pudo pasar para que… para que ahora me retengas aquí, es mejor que me dejes ir o que hagas lo que sea que tengas que hacer de una vez —dije de pronto, sorprendida de mis propias palabras.
Valen me miró con intensidad.
—Debería asustarte el no odiarme—dijo—. Es mejor que me odies, en vez de confiar… Porque si empiezas a confiar en mí… ya no habrá marcha atrás.
Se levantó y se giró hacia la puerta.
¿Qué demonios quiere decir eso?
—Descansa. Hoy no vendrá nadie más a verte.
—¿Nadie? ¿ni tú?
Se detuvo sin mirarme.
—Yo nunca estoy lejos.
La puerta se cerró con suavidad, pero no pasó mucho tiempo antes de que la puerta se abriera de nuevo.
Esta vez no fue Valen, eran dos hombres los que entraron sin brusquedad, pero sin opción. Uno de ellos me indicó con la cabeza que me levantara. No me tocaron, aunque caminaron lo suficientemente cerca como para recordarme que no estaba eligiendo.
Atravesamos un pasillo largo, silencioso, hasta que una puerta diferente se abrió frente a mí.
La luz cambió, la habitación en la que entré parecía… normal. Demasiado normal para el lugar donde estaba. Un sofá amplio, una mesa baja, una alfombra clara. Estanterías con libros. Una lámpara encendida, aunque era de día. Parecía la sala de estar de una casa cualquiera. Como si alguien hubiese intentado imitar la idea de hogar.
Y allí estaba Valen… estaba de pie frente al televisor, con el control remoto en la mano.
—Siéntate —dijo, sin mirarme todavía.
Lo hice, pero tomé el lugar más alejado.
En la pantalla corrían las noticias. Noticias comunes. Economía. Política. Clima. Nada que gritara mi nombre. Nada que dijera desaparecida, secuestrada, hija de los Moretti.
Valen señaló la pantalla.
—No hay denuncias ni reportes de una mujer desaparecida en Lugano, mis hombres averiguaron y nada, cero reportes de nada —dijo con calma—. Ni hoy. Ni ayer…
Sentí cómo el aire se me atoraba en el pecho.
—Tu padre sabe que no puede hacer un show mediático —continuó—. No desde que se mudaron allí. Demasiados ojos. Demasiados acuerdos frágiles. Su cara sale a la luz, y él y su familia, ese montaje de personas normales, se les va al carajo.
Soltó una risa baja. Breve. Sin humor.
Yo no dije nada.
Lugano, allí nos mudamos cuando era niña. Mi padre mudó todo, nuestras vidas, su empresa.
El sonido del noticiero se volvió lejano. Sentí el nudo formándose en mi garganta, duro, imposible de tragar. Mi mentón empezó a temblar antes de que pudiera detenerlo. Y entonces… la lágrima cayó. Una sola. Traicionera. Deslizándose por mi mejilla como si mi cuerpo se hubiera rendido antes que yo.
—Eres un hijo de put* —dije, con la voz rota, cargada de rabia.
No grité. No hizo falta.
La expresión de Valen cambió. No fue inmediata, pero fue real. La dureza se le borró del rostro al verla. Sus ojos se oscurecieron, no de ira… sino de algo más profundo. Algo incómodo. Algo que parecía incomodarle.
El hombre apagó el televisor… El silencio cayó como un golpe seco, dejó el control sobre la mesa y se puso de pie. Caminó hacia mí despacio, sin prisa, hasta quedar demasiado cerca. No me tocó. Pero su presencia pesó.
—¿Por qué tienes que llorar? —preguntó en voz baja.
No había burla en su tono. Había enojo. Y algo más peligroso aún… ¿Qué es? ¿Qué es esa mirada? ¿Culpa?