Capítulo 8: Huyendo de la verdad.

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Narra Elena El silencio me estaba volviendo loca, no era el silencio absoluto, sino ese otro, el que deja espacio para pensar. Para recordar, para unir cosas que antes estaban sueltas y ahora… ahora empezaban a doler. Cerré los ojos y, sin querer, los recuerdos llegaron. No eran grandes escenas, no eran gritos ni secretos revelados. Eran detalles, como aquella vez que desperté y mi cuarto ya no era mi cuarto. Tenía ocho años. Me habían dicho que nos mudábamos por el trabajo de papá. Así, de un día para otro. Mi colegio, mis amigas, mis rutinas… todo empacado en cajas sin despedidas largas. Recuerdo a mi madre caminando de un lado a otro con el teléfono en la mano, nerviosa. Recuerdo a mi padre hablando en voz baja en el despacho, con alguien que no veía. —Todo está bajo control —decía—. Nadie va a encontrar nada. Cuando entré sin avisar, se quedó en silencio. Me sonrió. Me preguntó si ya había desayunado. Nunca pregunté qué era ese “nada”. Otro recuerdo se coló detrás. Yo tendría unos diez años. Estaba en la cocina, dibujando, mientras mis padres hablaban en el comedor. Mi madre lloraba. No fuerte. Lloraba como quien no quiere ser escuchada. —Lucien… —dijo ella. Ese nombre me atravesó como una descarga. Papá no se llamaba Lucien, pero recuerdo que, cuando lo escuché, él respondió de inmediato. —No delante de ella. Y entonces me vio. Y mi madre dejó de llorar… Y todo siguió como si nada. Nunca lo cuestioné, porque los niños no dudan de quienes los aman. Abrí los ojos de golpe. El pecho me dolía. Sentía una presión extraña, como si el aire no alcanzara. Tenía que salir, no pensar, no recordar… Salir. Cuando la puerta se abrió y apareció la mujer con la bandeja de comida, algo dentro de mí se rompió. No pensé. No planeé. Solo reaccioné… La empujé, y la bandeja cayó al suelo con estrépito. Ella gritó, intentó sujetarme, pero yo ya estaba corriendo. Corrí por el pasillo, giré a la derecha, luego a la izquierda. Recordaba fragmentos del camino, alfombras, escaleras, una puerta grande. El aire cambió, salí a un jardín, era amplio, verde, cuidado al extremo. Demasiado hermoso para ser una prisión. En mi adrenalina no vi a nadie, no vi obstáculos… Solo corrí más rápido. Sentía el corazón golpeándome las costillas, la garganta cerrada. Me alejé de la casa, miré hacia atrás. Nadie me seguía. Corrí con más fuerza sin mirar hacia delante y ese fue mi error. Choqué contra un cuerpo sólido, duro, inamovible. Unos brazos me sujetaron con fuerza. No para hacerme daño. Para detenerme. Unas manos firmes tomaron mis brazos, luego mi mentón. —¿Qué creías que estabas haciendo? —la voz de Valen era grave, controlada. Lo miré. De verdad lo miré, no vi furia. Vi creo que preocupación contenida. Intenté hablar, pero no pude. El aire no entraba. El pecho me ardía. Las piernas me temblaban. —Respira —ordenó, más bajo—. Elena, respira. Negué con la cabeza. Las lágrimas empezaron a caer sin permiso. Todo me golpeó de una vez, mis padres, las mentiras, las fotos, los nombres, el pasado que no entendía. —No puedo… —logré decir—. No puedo… Valen me sostuvo con más fuerza cuando mis rodillas cedieron. —Mírame —dijo—. No te vas a desmayar. Mírame. Pero ya era tarde. Lo último que sentí fue su mano rodeándome con firmeza, evitando que cayera al suelo. Y una certeza aterradora antes de que todo se volviera n***o, no estaba huyendo de él. Estaba huyendo de la verdad. Desperté despacio, como si saliera de un sueño espeso, de esos que no sabes si fueron pesadilla o recuerdo. Lo primero que noté fue el olor, no era humedad… No era encierro. Olfateaba limpio… a jabón, a telas recién lavadas, a algo suave… Abrí los ojos. El techo no era gris ni áspero. Había una lámpara discreta, luz cálida. Cortinas claras que dejaban pasar una claridad tenue, imposible de ubicar en el tiempo. ¿Mañana? ¿Tarde? ¿Noche? Me incorporé de golpe. La habitación era distinta. Demasiado distinta. La cama era amplia, con sábanas blancas y una manta doblada con cuidado. Había una alfombra bajo mis pies, una butaca junto a la ventana, una mesa pequeña con flores frescas. Nada de paredes desnudas. Nada de frío. Por un segundo pensé que había despertado en otro lugar, o en otra vida. Entonces mi cuerpo recordó antes que mi mente, el jardín, la carrera desesperada… El impacto. Los brazos. Tragué saliva, lo último que recordaba con claridad era eso: los brazos de Valen rodeándome con firmeza, sosteniéndome cuando ya no podía sostenerme sola. Su voz, grave, cerca. Su mano evitando que cayera. El pecho se me apretó, me levanté de la cama de inmediato y caminé hasta la puerta. Giré la manija con brusquedad. Estaba cerrada. —¿Qué…? —susurré. El corazón volvió a acelerarse, pero algo no encajaba. No me sentía amenazada. Me sentía… confundida. Como si alguien hubiera decidido por mí mientras dormía y ahora yo tuviera que aceptar el resultado sin entender las reglas. Miré alrededor de nuevo, con más atención. Sobre la mesa de noche había una botella de agua. Fría. Sellada… Corrí y la tomé, bebí sin respirar, como si el agua pudiera ordenar lo que mi cabeza no lograba. Cuando terminé, me di cuenta de que estaba temblando. Fue entonces cuando la puerta se abrió, me giré de inmediato, preparada para gritar… o huir. Era ella, la mujer a la que había empujado. La que había caído cuando yo escapé. Entró con una bandeja en las manos. Esta vez no había sopa ni comida simple. Había un plato bien servido, cubiertos, pan, fruta cortada. Todo dispuesto con una normalidad casi insultante. No me miró con reproche, no dijo nada. Dejó la bandeja sobre la mesa, acomodó un poco el mantel y se giró para irse, como si yo no acabara de intentar escapar horas antes. —Espera —dije, antes de pensarlo—. ¿Por qué estoy aquí? Ella se detuvo en la puerta. Se giró despacio y me miró por primera vez. No había enojo en su rostro. Tampoco compasión. Solo neutralidad. —El jefe dio la orden de que usted durmiera en esta habitación. Parpadeé. —¿El jefe…? —mi voz salió más baja—. ¿Por qué? —No me corresponde decirlo. Dudó un segundo antes de añadir: —Si desea algo más de comer, algo de tomar, un postre… cualquier cosa en especial, puede pedirlo. Fruncí el ceño. —¿Pedirlo? Asintió. —Eso también fue orden del jefe. La puerta quedó abierta un segundo más antes de cerrarse con suavidad. Me quedé de pie, sola otra vez, mirando la comida que no había pedido y la habitación que no entendía. Nada de esto tenía sentido. Y, sin embargo… alguien había decidido que yo no despertara en una celda. Que no pasara frío, que no estuviera sola en el suelo. Me llevé una mano al pecho, intentando calmar la respiración. No sabía qué estaba pasando, no sabía qué quería Valen. Pero por primera vez desde que llegué a ese lugar, una idea incómoda empezó a tomar forma dentro de mí, tal vez no todo en él estaba hecho para destruirme. Y eso… eso me daba más miedo que el encierro.
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