Narra Elena
No recuerdo en qué momento Valen salió de la habitación. Solo sé que, cuando reaccioné, estaba sola… y el silencio ya no era el mismo.
Ese lugar elegante, con libros que no iba a leer y un minibar que no iba a tocar, dejó de parecer una oficina para convertirse en una jaula con alfombra.
Me quedé sentada, abrazándome el torso, intentando respirar como si el aire no pesara.
El Patrón… Ese nombre seguía resonando dentro de mi cabeza como un eco que no encontraba dónde morir.
Mi padre, mi padre no podía ser ese hombre.
Me levanté y caminé hasta la estantería solo para ocupar mis manos. Pasé los dedos por los lomos de los libros sin leer los títulos. Todo estaba perfectamente ordenado… como si el desorden fuera un pecado en ese mundo.
—Eres su hija.
La frase volvió a golpearme con la misma fuerza que la primera vez.
—No… —susurré, aunque nadie me escuchaba—. No puede ser.
Un ruido suave me hizo girar. La puerta se abrió apenas y el mismo hombre que me había llevado hasta allí asomó la cabeza.
—Sígueme —ordenó.
Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente.
—¿A dónde ahora?
No respondió. Lo seguí porque ya había aprendido algo importante en ese lugar, no seguir órdenes solo traía consecuencias peores.
Caminamos de regreso por los pasillos, pero esta vez los vi distintos. Donde antes solo había humedad y sombras, ahora veía límites. Donde había silencio, ahora había vigilancia.
Entré de nuevo en la habitación donde me tenían encerrada.
Me senté en la cama, con la espalda rígida, el corazón todavía acelerado.
Pensé en mi madre. En su voz. En la forma en que evitaba ciertas preguntas. En las cosas que nunca contó.
¿Lo sabía yo… y no quise verlo? ¿por qué dudo de ellos?
Horas después —o eso creo— la puerta volvió a abrirse. Era Valen… Traía una carpeta marrón bajo el brazo. Gruesa. Pesada.
De esas que no guardan papeles comunes… sino verdades que duelen.
—No voy a contarte nada —dijo mientras cerraba la puerta detrás de él—. vas a ver.
No me pidió que me sentara. No me dio órdenes.
Eso fue lo que más miedo me dio. Dejó la carpeta sobre la mesa pequeña, la abrió con calma y giró el primer documento hacia mí.
Mi respiración se detuvo, era una fotografía.
Un hombre elegante, traje impecable, sonrisa medida. Estaba rodeado de personas, estrechando manos, cámaras captando el momento.
Reconocí ese rostro de inmediato.
—No… —susurré.
—Lucien Moretti —dijo Valen—. CEO de una de las joyerías más importantes de Europa.
Mis dedos temblaron cuando tomé la hoja.
El encabezado hablaba de donaciones, de fundaciones, de ayuda a barrios pobres, de programas educativos financiados por él.
—Este no es mi padre —dije—. Él nunca… él es de una familia humilde.
—Ayudaba a los pobres —continuó Valen—. Financiaba hospitales. Pagaba estudios. Era invitado a galas benéficas y, políticas. Hijo de una familia adinerada. Intachable. Admirado.
Pasó la página.
Otra foto.
Mi padre —mi padre— inaugurando una joyería en París. Sonriendo. Seguro. Vivo… Vi a mis tías con él…
No era posible, ellos no…
Mostró documentos que no entendí, más fotografías, prensa, noticias.
—Todo un ángel —añadió—, Tenía una doble vida, en la sociedad era conocido como un santo, pero en el bajo mundo, era el diablo.
Sentí que algo se rompía dentro de mí.
—Me estás mostrando mentiras bonitas —repliqué—. Esto no prueba nada.
Valen no respondió. Solo pasó la página. Y entonces… la vi a ella.
Mi madre. Joven. Hermosa. Vestida de blanco.
Era una fotografía de boda, mi estómago se hundió.
—Esa no es… —mi voz se quebró—. Esa no es la boda con mi padre.
—No —confirmó Valen—. Es su primera boda. La boda de Camille y Orlov…
—No —negué—. Mi madre no se llamaba así.
—Antes sí.
Las siguientes fotografías eran peores.
Mi madre en eventos elegantes. Mi madre en Zúrich… Zúrich. Ese nombre nunca había existido en mi casa. Vi a mi padre…
Jamás escuché a mis padres mencionarlo.
—Vivieron allí varios años —dijo Valen—. Fue donde todo se consolidó. Luego de que tu padre asesinara a Lev en forma de venganza. Esa noche se llevó a tu madre como si fuera un objeto. Uno que reclamo junto a todo lo que era de Orlov y se convirtió en el maldito líder más poderoso de la época.
—Mi padre sería incapaz de matar a una cucaracha, el no…
Pasó más hojas, hombres. Muchos hombres. Reunidos alrededor de una mesa larga. Todos vestidos de n***o. Todos serios.
Y entonces lo vi, un niño. No tendría más de ocho o nueve años. Estaba de pie, al fondo, observando.
—¿Ese…? —pregunté sin atreverme a terminar la frase.
Valen sostuvo la carpeta.
—Soy yo.
Levanté la mirada de golpe.
—¿Tú?
—Ese grupo no era una familia —continuó—. Era una organización. Y tu padre estaba allí… al igual que el mío.
La siguiente fotografía lo confirmó.
Lucien Moretti, no sonriendo. No dando la mano, sentado. Dominante. Rodeado de los mismos hombres.
El centro de la imagen.
—Esto es montaje —dije, desesperada—. Fotos se pueden alterar.
Valen pasó otra hoja.
Recortes de prensa.
“Muere Camille Montclair en trágico accidente”
“Fallece Lucien Moretti, empresario europeo, en circunstancias aún confusas”
Ambas noticias en tiempos diferentes… Mis manos soltaron la carpeta como si quemara.
—Mi madre… —susurré—. Mi madre no, ella no… en…
—No —corrigió—. Murió oficialmente en Zúrich.
Sentí que me faltaba el aire.
—Y Lucien Moretti —continuó— murió para el mundo… el mismo año en que apareció Lucca.
Las piezas chocaban entre sí dentro de mi cabeza, pero no encajaban.
Nada encajaba.
—Mi padre estaba conmigo —dije—. Vivía conmigo. No murió.
—Lucien Moretti sí —respondió Valen—. Lucca nació de esa muerte. El mismo año que tu naciste.
Me llevé las manos a la cabeza.
—Esto no es real… —murmuré—. No puede ser real.
—Lo fue —dijo—. Cada maldita parte.
Miré las fotografías una vez más.
A mi madre con mirada triste junto a Lev Orlov.
A Lucien construyendo una imagen perfecta… vi una fundación, vi a mi madre, luego ellos juntos… A hombres que parecían sombras…
—¿Por qué nunca nos lo dijeron? —pregunté.
Valen me miró con algo que no supe identificar.
¿Rabia? ¿Lástima?
—Porque este mundo no perdona a quienes intentan salir limpios.
El silencio volvió a envolvernos.
Yo ya no estaba negando. Estaba perdida.
—No sé quién soy —dije al fin.
Valen cerró la carpeta.