Capítulo 6: ¿El patrón?

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Narra Elena Perdí la noción del tiempo, no sabía si era de día o de noche, si habían pasado horas o apenas minutos desde la última vez que Valen salió por esa puerta. En ese lugar el tiempo no avanzaba… se estancaba. Se volvía espeso, como el aire húmedo que se pegaba a la piel y no dejaba respirar con normalidad. Estaba sentada en la cama cuando la puerta se abrió. No fue Valen esta vez, era un hombre alto, de rostro inexpresivo, vestido de n***o. No parecía sorprendido de verme allí, ni curioso, ni incómodo. Solo cumplía una orden. —Ven conmigo —dijo. Lo miré con recelo, sin moverme. —No —respondí—. No voy a ir a ningún lado. El hombre no se alteró. Ni siquiera suspiró. —El jefe mandó a buscarte. Esa palabra me recorrió la espalda como un escalofrío. El jefe. —¿A dónde? —pregunté, incorporándome lentamente—. ¿Dónde me quieren llevar ahora? No respondió. Avanzó un paso más y, antes de que pudiera reaccionar, me tomó del brazo. No fue violento, pero sí firme. Demasiado seguro de que podía hacerlo. —¡Suéltame! —protesté. No dijo nada. Solo me obligó a caminar. El pasillo por el que me llevó era estrecho, oscuro, húmedo. Las paredes parecían sudar. El suelo estaba frío incluso a través de mis zapatos. Cada paso hacía eco, como si ese lugar estuviera vacío… o escondiera cosas que no querían ser vistas. Quise memorizar el camino, contar puertas, giros, cualquier cosa que me ayudara a entender dónde estaba. Pero a medida que avanzábamos, algo empezó a cambiar. El aire dejó de oler a encierro, las paredes ya no eran de concreto desnudo. Aparecieron lámparas, cuadros, alfombras gruesas bajo mis pies. El silencio dejó de ser amenazante y se volvió… controlado. Era como atravesar dos mundos distintos dentro del mismo lugar. Cuando nos detuvimos frente a una puerta de madera oscura, mi corazón latía tan fuerte que sentía que me iba a traicionar. El hombre abrió y una habitación amplia, elegante, apareció ante nosotros. Demasiado elegante, diría yo. Había estanterías llenas de libros, un minibar discreto, un escritorio de madera pulida con papeles perfectamente ordenados, una sola silla frente a él. Todo olía a poder silencioso, a dinero bien administrado, a decisiones que no se discutían. Y allí estaba Valen. De pie, junto al escritorio, con las manos apoyadas sobre la superficie, observándome como si ya supiera exactamente lo que estaba pasando por mi mente. —Aquí está, jefe —dijo el hombre. Valen asintió apenas. El hombre se retiró sin mirarme de nuevo. La puerta se cerró detrás de mí con un clic suave, definitivo. Me quedé de pie, inmóvil. —Ven —dijo Valen—. Toma asiento. No obedecí de inmediato. —¿Por qué carajos hay que repetirte todo? Mis ojos se desviaron hacia el escritorio. Había carpetas, fotografías volteadas, documentos que no alcanzaba a leer desde donde estaba. Sentí una opresión en el pecho. Moví uno de mis pies y avancé al interior. —¿Qué es todo esto? —pregunté. —Primero siéntate. Lo hice, aunque cada músculo de mi cuerpo estaba tenso, listo para huir si fuera posible. Valen tomó uno de los documentos y lo deslizó lentamente hacia mí, sin empujarlo del todo. No lo abrió. No me lo entregó. —¿Sabes quién es? —preguntó. Negué con la cabeza. —No. Pronunció el nombre con calma, como si no fuera una bomba. —Lev Orlov. Fruncí el ceño. —¿Qué…? —murmuré—. ¿Quién es? Valen me sostuvo la mirada. —Fue el primer esposo de tu madre. Sentí como si alguien hubiera apagado el sonido del mundo por un segundo. —Eso es imposible —dije—. Mi madre nunca estuvo casada antes. —Sí lo estuvo. —No —negué con la cabeza, con más fuerza—. Te equivocas. Mi madre conoció a mi padre joven. Siempre fue así… ellos se… —Fue su segundo matrimonio —continuó, implacable—. Lev Orlov fue su primer esposo. —¿Por qué me dices esto? —pregunté, sintiendo cómo la rabia empezaba a mezclarse con algo más peligroso—. ¿Qué tiene que ver conmigo? Primero hablas de mi padre ya ahora vienes a difamar a mi madre. No me digas que tampoco es su nombre el que conozco. Valen apoyó ambas manos en el escritorio y se inclinó apenas hacia mí. —Lev Orlov fue un líder mafioso del sur de Europa. Uno de los más peligrosos y más importantes. Las palabras tardaron en acomodarse dentro de mi cabeza. —¿Qué estás dicien…? —Que tu madre no fue una joven ingenua que se enamoró en un viaje —respondió—. Vivía dentro de ese mundo cuando conoció a tu padre. Negué de nuevo, pero esta vez el gesto fue débil. —Estás inventando esto. —De ahí se conocieron —añadió—. Tu padre y tu madre. No en una conferencia. No en un café. No en cualquier cosa cursi que te hayan mencionado. Me levanté de golpe. —¡Basta! —exclamé—. No sigas. Valen no se movió. —No te estoy pidiendo que me creas —dijo—. Solo que empieces a aceptar que hay cosas que nunca te contaron. Mi respiración se volvió irregular. Miré los libros, el escritorio, los documentos. Todo ese lujo ya no me parecía elegante… me parecía peligroso. —Mi madre no es así —susurré—. Ella no… —Sobrevivió —me interrumpió—. Eso es lo que hizo… Mi padre estuvo en esa boda, habló de ella, de su rostro… Dijo que tu madre tenía uno de los rostros más hermosos que jamás había visto antes. Por eso tu padre la llevó con él. El silencio cayó entre nosotros como una losa. Yo no sabía qué pensar. No quería pensar. Cada palabra suya chocaba contra la imagen que tenía de mi familia, resquebrajándola de a poco. Valen me observó durante unos segundos largos. —No quiero escuchar más. —Esto apenas empieza, Elena —dijo—. Y necesito que entiendas quiénes fueron antes de que descubras quién eres tú. Necesito hacer algo mientras pasa el tiempo… Sentí un frío extraño en el pecho, no quería escucharlo. Pero tampoco podía dejar de hacerlo. —Estás mintiendo —dije al fin, aunque mi voz ya no sonaba segura—. Todo esto es una locura. Valen no respondió de inmediato. Se movió hacia el escritorio, abrió una de las carpetas y sacó una fotografía. No me la mostró. Solo la sostuvo entre sus dedos, como si pesara más de lo que parecía. —Lev Orlov fue solo una parte de la historia —dijo—. Importante, sí. Pero no la más peligrosa. Mi estómago se contrajo. —¿Qué estás insinuando ahora? Levantó la mirada y se puso de pie, rodeo el escritorio y se detuvo cerca de mí. —Que tu madre no salió de ese mundo por amor —respondió—. Salió porque pasó de un hombre peligroso… a otro aún peor. Sentí un golpe seco en el pecho. —No hables de mi padre así. Valen dejó la fotografía sobre el escritorio y, esta vez sí, la deslizó hacia mí. No la tomé. No pude. —Lucien Moretti, a quien conoces como Lucca —dijo. Fruncí el ceño. —Ese no es su nombre. —Lo fue —corrigió—. Durante muchos años. —Mi padre se llama Lucca —repliqué—. Lucca… —¡No, carajo! —gritó lanzándose sobre mí y tomando mi mentón. Su agarre fue firme, hizo que mis ojos enfocaran los suyos. —Lucca fue el nombre que eligió cuando decidió desaparecer —me interrumpió—. Lucien Moretti fue el nombre que temían. Intenté negar con la cabeza, una y otra vez. —No… no es verdad. —Lucien Moretti era uno de los líderes mafiosos más temidos de su época —continuó, sin elevar la voz—. Controlaba rutas, acuerdos, silencios. No necesitaba ensuciarse las manos para que las cosas ocurrieran. Cada palabra era una presión nueva sobre mi pecho. —Estás hablando de otra persona —susurré—. De alguien que se parece, tal vez. No de mi padre. Valen me observó con una paciencia cruel. —Lo llamaban el Patrón. Ese nombre… Ese nombre hizo algo extraño dentro de mí. Él miró mi cara, sus ojos me recorrieron hasta que soltó su agarre. —Fue un hijo de perr* traicionero. No lo recordaba. No podía. Pero una sensación incómoda se instaló en mi nuca, como si mi cuerpo reaccionara antes que mi mente. —No —dije, casi suplicando—. Mi padre no era un criminal. —Tu padre no era solo un criminal —corrigió—. Era un estratega. Un hombre que construyó un imperio desde las sombras, cobró con sangre a todo aquel que lo traicionara, y luego lo abandonó como si pudiera borrar su propia huella. Me llevé una mano al pecho. —Mi padre me llevaba a la escuela —dije—. Me enseñó a andar en bicicleta. Me leía cuentos antes de dormir. Conozco bien al hombre que me ha criado y no es lo que tú dices. Valen no se burló. No sonrió. —Eso no lo absuelve. —¡Cállate! —grité—. ¡No tienes derecho a hablar de él! El silencio que siguió fue pesado. Valen me sostuvo la mirada sin parpadear. —Lucien Moretti decidió desaparecer cuando entendió que su nombre ya no protegía a quienes amaba —dijo—. Cambió de identidad. De país. De vida. Pero el pasado no se borra, Elena. Solo se queda esperando. Sentí que las piernas me fallaban y volví a sentarme en la silla, sin fuerzas. —¿Por qué me dices esto? —pregunté, con la voz rota—. ¿Por qué ahora? Valen apoyó las manos en el respaldo de la silla frente a mí, sin tocarme. —Porque hay gente que aún pronuncia su nombre con odio —respondió—. Y tú eres lo único que no pudo esconder. —Yo no tengo nada que ver con eso —susurré. —Tienes todo que ver —replicó—. Eres su hija. El mundo pareció inclinarse. —No —dije—. No… esto no puede ser real. Valen se enderezó y dio un paso atrás. —No espero que lo aceptes hoy —añadió—. Solo que empieces a entender por qué estás aquí. —¿Y tú? —pregunté, levantando la mirada—. ¿Qué lugar ocupas tú en todo esto? Sus ojos se oscurecieron apenas. —Yo soy parte de las consecuencias… hago parte de lo que se jodió por culpa de tu padre. La mirada del hombre cambió, vi odio en sus ojos, uno que me hizo sentir miedo.
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