Capítulo 5: La duda se ha sembrado en mí.

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Narra Elena El silencio se volvió insoportable… —Mi padre es un hombre honesto —dije, sintiendo cómo la voz me temblaba—. Un empresario respetado, un buen padre. Todo lo que quizás tú no eres. Valen no reaccionó como esperaba. No se molestó. No se defendió… solo levantó su mirada y sonrió apenas. —Ese es el problema —dijo—. Te contaron solo la versión que podían permitirte conocer. La versión que una niña de casa y de buena familia debería tener de lo que cree una familia perfecta. Negué con la cabeza. —Estás mintiendo. —¿Sabes cuál era el verdadero nombre de tu padre antes de cambiarlo? El silencio se me clavó en el estómago. —Claro que lo sé. —Dímelo. No entendí por qué dudé. Yo sabía el nombre de mi padre. Lo había dicho toda la vida. Lo había escrito en formularios, lo había escuchado en reuniones familiares, lo había pronunciado con orgullo. —Lucca —dije al fin—. Ese es el nombre de mi padre. Pero ya debes saberlo, ¿no? Para secuestrarme, seguirme, investigar mi vida… debiste averiguar todo sobre mi familia. Valen sonrió de nuevo. Esta vez negó con la cabeza lentamente. Ese gesto me irritó más de lo que esperaba. —¿Qué es lo que te causa gracia? —espeté—. Esto es absurdo. Nunca antes había dudado de algo tan básico. Jamás me había cuestionado de dónde venía realmente. Simplemente… siempre había confiado. —No conoces el nombre real de la persona a la que llamas “papá” —dijo con calma—. No sabes de dónde vienes, Elena. Pero yo puedo ayudarte con eso. Solté una risa corta, nerviosa, casi histérica. —¿Ayudarme? ¿Esperas que te crea solo porque lo dices con seguridad? Tus palabras no prueban nada. —¿Sabes en qué ciudad vivió antes de conocer a tu madre? —Claro que lo sé —respondí de inmediato, demasiado rápido—. ¿Cómo no lo sabría? —Dime. Lo miré fijamente. De pronto entendí el juego. Todo encajó con una claridad que me hizo hervir la sangre. —Ah… ya entiendo —dije, cruzándome de brazos—. Esperas que yo te dé información de mi familia para luego llamar a mi padre y extorsionarlo, ¿no es así? ¿Dinero? ¿Un rescate más grande? ¿Quieres que crea todo este drama para que te sea más fácil? Valen no respondió enseguida. Se levantó de la silla con un movimiento lento, calculado. Caminó unos pasos por la habitación, como si necesitara espacio para pensar… o para medir cada palabra que iba a decir. —Si quisiera dinero —dijo al fin, sin mirarme—, ya lo tendría. —Eso es lo que diría alguien que quiere hacerlo. Se giró hacia mí. Su expresión había cambiado. Ya no había ironía. Tampoco paciencia. —Tu familia no es tan intocable como crees. Sentí un nudo en el estómago. —No hables de ellos como si los conocieras. —Los conozco —respondió—. Mucho más de lo que tú conoces a tu propio padre. —¡Basta! —di un paso atrás—. No voy a decirte nada. No voy a ayudarte a sacarles dinero. Valen se acercó. No invadió mi espacio, pero su presencia volvió a ser asfixiante. —No necesito que me ayudes —dijo en voz baja—. Y no necesito información que ya tengo. —Entonces déjame ir. Sus ojos se clavaron en los míos con una intensidad que me hizo estremecer. —No puedo. —¿Por qué? —pregunté, con rabia—. ¿Qué te debo yo? —Nada —respondió—. Y ese es el problema. —No voy a traicionar a mi familia —dije, más para convencerme a mí misma que a él. El hombre desliza su mano por su mentón y me mira con su ceño fruncido. —El lugar de donde viene tu padre, de ese lugar… solo vienen las ratas. En esa porquería conocía a tu madre. —No, mi padre viajó mucho. Y en uno de sus viajes, conoció a mi madre. Lo dije sin darme cuenta que estaba diciendo lo que quizás no debería, pero odiaba la forma en que acusaba a mi padre. —No. Vivió escondido. Mis uñas se clavaron en las palmas de mis manos. —Mi madre me contó su historia. —Te contó la versión que podía contar sin destruirte. —¡Cállate! —grité—. No hables de ella. Valen se puso de pie despacio. Su presencia volvió a llenar la habitación. —Tu padre no era un simple empresario, Elena. Fue un hombre poderoso. Peligroso. Uno de esos que toman decisiones que manchan todo lo que tocan. Mi corazón latía tan fuerte que me mareó. —No —susurré—. No es verdad. —¿Alguna vez te preguntaste por qué tenían guardaespaldas discretos cuando eras niña? Eso… Eso sí lo recordaba. Pero mi madre decía que era para estar seguros… de repente pensé en esos días, era muy pequeña, pero recuerdo a esos hombres, recuerdo… recuerdo eso con claridad, pero eso no me hará dudar. Razones debió tener, estoy segura. Razones alejadas de todo eso que este tipo menciona. —¿Por qué crees que cambiaron de país más de una vez? ¿Lo sabes? Tus padres vivieron en diferentes lugares. —Por trabajo —respondí, pero ya no sonaba convencida. —¿Por qué crees que nunca hubo fotos de su juventud? Mi respiración se volvió irregular. —Estás intentando confundirme. —Estoy intentando aclarar tu mente. Lo miré con rabia, con miedo, con algo más que no quise nombrar. —Si no es dinero ¿Qué quieres? ¿Qué ganas con todo esto? —pregunté—. ¿Venganza? Algo cruzó su rostro. Rápido. Oscuro. —Justicia. —¿A costa mía? —A costa de la mentira. Se acercó un paso más. —No voy a decirte todo hoy —añadió—. No estás lista. Sus ojos repasaron todo mi cuerpo. —No decidas eso por mí. —Lo haré mientras estés aquí. —¿Y si no quiero escuchar nada de ti? Valen me sostuvo la mirada. —Entonces seguirás viviendo en una fantasía… hasta que alguien menos paciente que yo venga y te obligue a escuchar. Un escalofrío me recorrió la espalda. —¿Hay más personas que me quieren hacer daño? —pregunté en voz baja. No respondió de inmediato. Eso fue suficiente. —Descansa —dijo finalmente—. Mañana te mostraré algo. Míralo como un detalle de mi parte. —¿Qué tipo de detalle? —Una que no podrás ignorar. Se dio la vuelta y caminó hacia la puerta. Antes de salir, se detuvo. —Elena… —dijo sin mirarme—. Recuerda que nada de esto es culpa tuya. La puerta se cerró y yo me quedé sola, con el corazón desbocado, comprendiendo algo que me aterrorizó más que el secuestro. Por primera vez en mi vida… no estaba segura de conocer al hombre que llamaba papá. No es porque dudara de él, es… es algo dentro de mi pecho, algo que me hacía sentir que ese hombre podría tener esa maldita boca llena de verdad.
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