Capítulo 4: ¿Quién es mi padre?

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Narra Elena El nombre no dejó de resonar en mi mente. Valen Kovács. No sabía quién era, pero mi cuerpo reaccionó como si lo supiera. Como si ese nombre perteneciera a una historia que me habían escondido toda la vida. Me quedé sola en la habitación, mirando el desastre que había causado. La bandeja en el suelo, el agua formando un charco que reflejaba la luz blanca del techo. Me sentía infantil, ridícula… pero también desesperada. Nadie vino a limpiar. Nadie vino a decirme nada… Eso fue peor. El tiempo pasó lento, como si alguien hubiera detenido el mundo solo para mí. Me senté en la cama, abrazando mis rodillas, intentando ordenar mis pensamientos. Mis padres, la universidad, mi casa. Todo parecía tan lejano, como si perteneciera a otra vida. La puerta se abrió sin previo aviso. Levanté la mirada, preparada para gritar otra vez, pero no salió ninguna palabra. Era él. No estaba furioso como antes. Tampoco tranquilo. Había algo distinto en su expresión, algo más contenido, como si hubiera decidido ponerse una máscara. —No vuelvas a hacer eso —dijo, mirando la comida en el suelo. —No soy tu mascota —respondí, sin levantarme—. No puedes decirme qué hacer. Se acercó y se inclinó para recoger la bandeja. Sus movimientos eran precisos, calculados. Nada en él parecía impulsivo. —Podría obligarte —dijo—. Pero no quiero. —¿Entonces qué quieres? —pregunté. Se detuvo. Sus ojos se clavaron en los míos con una intensidad que me hizo contener la respiración. —Que entiendas. Solté una risa amarga. —¿Entender qué? ¿Por qué me secuestraste? ¿Por qué me drogaste? ¿Por qué me trajiste a este lugar? Me levanté, caminando hacia él sin pensar. —¡Explícamelo! Porque hasta ahora solo pareces un psicópata con mucho dinero. Sus labios se tensaron, pero no se enfadó. —Tu vida es una mentira —dijo. Sentí como si me hubieran lanzado agua helada en el rostro. —No sabes nada de mi vida. —Sé más de lo que crees. Quise responder, pero mi voz se quedó atrapada en mi garganta. —Mis padres… —murmuré—. Ellos me están buscando. Valen me observó en silencio durante varios segundos. —Tus padres te han mentido desde que naciste. Mi corazón dio un salto. —No digas eso. —Es la verdad. —¡No! —mi voz se quebró—. Mi madre jamás me mentiría. Mi padre tampoco. Él ladeó la cabeza, como si me analizara. —¿Qué sabes de tu padre, Elena? La pregunta me dejó sin palabras. —Lo suficiente —respondí, aunque sonó más a duda que a certeza. —No sabes quién fue. No sabes qué hizo. No sabes por qué hay personas que quieren verte muerta solo por ser su hija. El aire se me fue de los pulmones. —¿Qué? Valen se acercó más, invadiendo mi espacio personal. No me tocó, pero su presencia era asfixiante. —No te traje aquí porque te odio —dijo—. Te traje porque tengo asuntos que resolver… —Eso es una amenaza. —Es una advertencia. Lo miré, buscando mentira en su rostro, exageración, locura. Pero no encontré nada. Solo una convicción peligrosa. —¿Quién eres realmente? —pregunté en voz baja. —Pronto me conocerás, Elena. Mi estómago se revolvió. —Ya, dime que mierd* quieres. —Tengo cosas pendientes con tu padre, es eso. Lo entendí rápidamente. —¿Me estás culpando por algo que hicieron mis padres? —No —respondió—. Estoy culpando al mundo que crearon. Hubo un silencio pesado entre nosotros. —¿Puedo irme? —pregunté, aunque sabía la respuesta. —No. —¿Por cuánto tiempo? —El tiempo que sea necesario. Mis manos comenzaron a temblar. —No puedes retenerme así. Esto es ilegal. —La legalidad no existe en nuestro mundo. Esa frase me heló la sangre… Nuestro mundo. —Yo no pertenezco a tu mundo —susurré. Valen me miró con algo que no supe interpretar. —Todavía no lo sabes. Se dio la vuelta para irse, pero se detuvo en la puerta. —Descansa —dijo—. Mañana hablaremos de tu padre. La puerta se cerró. Y yo me quedé allí, con una palabra clavada en la mente, padre. Desperté antes de que la puerta se abriera. No porque hubiera dormido bien, sino porque mi mente no dejó de girar en toda la noche. Cada vez que cerraba los ojos, veía el rostro de Valen, escuchaba sus palabras, sentía ese peso extraño en el pecho. El sonido del picaporte me hizo incorporarme de inmediato. No estaba preparada para gritar, ni para llorar. Estaba cansada de eso. Pero algo dentro de mí se tensó, como si mi cuerpo hubiera aprendido a anticipar peligro. La puerta se abrió y entró la misma mujer del día anterior. Llevaba otra bandeja con desayuno. Café, pan, frutas. Todo tan normal que resultaba cruel. Mi primer impulso fue levantarme y tirarlo todo otra vez. Pero entonces lo vi… Detrás de ella, apoyado en el marco de la puerta, estaba Valen observando. Inmóvil. Silencioso. Su sola presencia era suficiente para detenerme. No porque quisiera obedecerlo, sino porque sabía que no tenía poder real sobre la situación. No estaba en casa. No estaba con mis padres. Estaba en su territorio. La mujer dejó la bandeja sobre la pequeña mesa, sin mirarme. Luego salió sin decir nada, como si no quisiera estar en medio de nosotros. Valen cerró la puerta y avanzó hacia una silla frente a la cama. Se sentó con calma, como si aquello fuera una rutina diaria. Como si yo no fuera una secuestrada, sino una invitada incómoda. Me senté en el borde de la cama, con las manos sobre mis muslos. Lo miré sin decir nada. Él me miró de vuelta, sin parpadear. —Come. Su voz era baja, sin emoción. No me moví. Lo desafié con la mirada, aunque sabía que era un desafío inútil. No quería darle la satisfacción de verme obedecer como una niña asustada. Su expresión se endureció. Sentí un temblor recorrerme la espalda. No gritó. No se levantó. No hizo nada dramático. Solo me miró. Y esa mirada fue peor que cualquier amenaza. —Te dije que comas. Tragué saliva con fuerza. Mis dedos se cerraron en un puño, pero finalmente me levanté y tomé la bandeja. Mis movimientos eran torpes, como si alguien más estuviera controlando mi cuerpo. Me senté otra vez en la cama y empecé a comer. No tenía hambre, pero el café caliente me hizo sentir más despierta, más consciente del lugar donde estaba. Cada bocado era una mezcla de humillación y supervivencia. Sabía que resistirme no me llevaría a nada. Y eso me enfurecía conmigo misma. Valen no dejó de mirarme ni un segundo. Como si estuviera estudiándome. Como si yo fuera una ecuación que necesitaba resolver. Cuando terminé, dejé la bandeja a un lado, sin mirarlo. —Listo. Él se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas. —Hoy te contaré quién es realmente tu padre. El aire se me quedó atrapado en los pulmones. No era una amenaza, no era una provocación. Era una promesa. Lo miré, y por primera vez desde que me había traído aquí, sentí algo más fuerte que el miedo. Curiosidad, y una sensación aterradora de que, después de hoy, jamás volvería a ver a mis padres de la misma manera.
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