Capítulo 9. El veneno que se volvió fuego
Las clases con Madame Nadia se habían convertido en un campo de batalla silencioso. La mujer no permitía un solo error. Sus ojos grises, severos y sin rastro de compasión, me obligaban a mirar las letras cirílicas hasta que mis ojos ardían.
- Yazyk — eto tvoya bronya, Laura (El idioma es tu armadura, Laura) – me repetía cada vez que mis dedos temblaban al escribir el alfabeto cirílico.
- Si no hablas, eres invisible. Y, a los invisibles la sociedad los aplasta jovencita –
Después de lidiar cinco horas seguidas con ella, entendí que Madame Nadia no era mi enemiga, al contrario... después de mi esposo, y de contarle lo que ocurrió con mis padres, ella era la única que me estaba dando una espada de plata en un mundo de lobos.
Durante el día, apenas comí.
Me la pasé estudiando hasta que las letras bailaban en mi cabeza. Mi mente estaba al borde del colapso, estudiar un idioma tan complejo bajo la presión de ser expulsada si no avanzaba era una tortura.
Pero sabía que Nicolás tenía razón... en esta casa, el silencio era una sentencia de muerte.
Pero mientras yo me hundía en los libros, Tania Petrovsky se paseaba por los pasillos como si fuera la dueña, hablando en ruso con los criados, dándoles órdenes, burlándose de mi incapacidad para entender las tareas más simples. Su presencia era un recordatorio constante de que yo era la intrusa, la "huérfana latina" que ocupaba un lugar que ella consideraba suyo por derecho de sangre.
Luego me enteré mientras caminaba por el jardín que el día que me desmayé ella se ofreció a cuidarme, pero en realidad lo que quería era ver si Nicolas y yo dormíamos sobre el mismo colchón.
Esa tarde, el ambiente se volvió aún más denso, el abuelo de Nicolas había anunciado que pasaría la noche en la ciudad para una reunión de la vieja guardia.
La mansión se quedó bajo el mando silencioso de Nicolás, no había visto a Tania durante gran parte de la tarde, pero tampoco había visto a Nicolas. Cuando finalmente escuché el motor de su coche, mi corazón dio un vuelco. Era la primera vez que regresó tan tarde. Pero al verlo volver sentí una mezcla de alivio y un miedo electrizante que no lograba dominar.
El reloj de mi muñeca marcaba las 9 de la noche cuando Nicolás ingreso por la puerta principal de la casa, tenía el rostro cansado y la corbata floja, ese aspecto de guerrero moderno que desde que estamos acá me acelera el pulso.
- Llegas tarde – le dije como algo suelto. Él me miró con el ceño fruncido y luego asintió.
- Estuve presente en la reunión del consejo, es solo que decidí volver antes de que mi abuelo comience a molestar – lo entendí a la perfección.
De pronto escuchamos un ruido en el comedor. Pensé que ya no quedaba nadie en casa, pero me equivoqué. Es más, no tengo idea de en qué momento volvió Tania, pero ella apareció aquí.
- He preparado una cena ligera para los tres – nos dijo y caminó hacia nosotros con un vestido de seda rojo que más parecía una ropa interior, por la forma como se le pegaba a su piel.
- Nico, te ves agotado – le dijo Tania en un español fluido, aunque con esa cadencia rusa que siempre me hacía sentir alerta.
- He preparado algo para que todos nos relajemos. Una noche sin Vladimir merece un brindis, ¿no crees? –
Nicolás se quitó la chaqueta y la lanzó sobre el sofá. Sus ojos buscaron los míos en la penumbra. Había un cansancio profundo en su mirada, pero también ese fuego posesivo que me hacía temblar.
- No tengo humor para tus brindis, Tania – le respondió él con voz ronca.
- No seas asi Nico... necesitas una copa de este coñac reserva. Y para nuestra pequeña Laura, una copa con té de hierbas especiales para que deje de temblar cada vez que alguien abre la boca en ruso. Además, dice que es bastante relajante. Estás tan pálida de tanto estudiar... –
Vi la mirada de Tania, cuando me entrego la copa.
Era una mirada de triunfo anticipado. Era verdad que Nicolás se veía cansado, demasiado para pelear, pero yo estaba atenta a todo, sobre todo cuando aceptó la copa de buena gana...¿acaso se olvidó que detesta a esa mujer? Me pregunté.
Pero, recordando la advertencia de mi esposo de no beber nada que no pasara primero por él, esperé a que esa mujercita se distrajera. Y cuando Tania se giró para servirle más licor intercambié mi copa de té de hiervas con la copa de agua saborizada de ella, que estaba a medio llenar.
Tania se sentó, observándome con una sonrisa felina mientras yo fingía dar un sorbo a mi bebida.
- Priyatnogo appetita“ (Buen provecho) – nos dijo ella en ruso, levantando la copa para brindar, pero Nicolás se detuvo un segundo.
- Ya no esta mi abuelo acá Tania, no necesitas seguir hablando así. Si quieres comenzar bien tu estadía con nosotros, entonces habla español... al menos hasta que se cumpla el mes –
- ¿hasta qué se cumple el mes? – me pregunte en silencio. No podía creer que esa mujercita se fuera a quedar en esta casa, el mismo tiempo que yo.
Comenzamos a cenar en un silencio tenso, no voy a negar la comida estuvo exquisita, aunque me molesto demasiado ver como Nicolas disfrutaba de cada plato. Luego bebió su coñac de un trago, necesitando el golpe del alcohol.
Yo fingí beber mi té, observando a Tania por encima del borde de la porcelana. Ella bebió su agua saborizada satisfecha.
No pasaron ni diez minutos cuando el efecto comenzó. Tania empezó a parpadear con fuerza. Su rostro empezó a verse pesado, sus ojos de parpadear con frenetismo comenzaron a hacerlo con lentitud y su cabeza comenzó a caer ligeramente hacia un lado.
Sus manos, antes elegantes, se volvieron torpes. El sedante que ella había destinado para dejarme inconsciente y tener el camino libre con Nicolás estaba ahora recorriendo sus venas.
- Me siento... extraña – murmuró ella en ruso, intentando ponerse en pie.
- Mne nuzhno lech'... (Necesito acostarme...) – dijo.
Se tambaleó hacia las escaleras, desapareciendo en la oscuridad del segundo piso antes de caer desplomada en la habitación de invitados. Pero el verdadero problema estaba sentado frente a mí.
Nicolás no estaba sedado. Nicolás estaba ardiendo.
El coñac que Tania le había servido en su vaso no era un sedante. Era un afrodisíaco potente, una mezcla que los Petrovsky usaban para asegurar matrimonios cuando la voluntad del hombre fallaba, una mezcla diseñada para que él perdiera el juicio y la buscara a ella, confundido por la droga y el deseo en la habitación de invitados, al notar que yo estaba dormida gracias al te especial de la víbora.
Tania lo había planeado muy bien, pero nunca esperó que yo sea más inteligente que ella... quería dejarme dormida en la mesa y llevarse a un Nicolás ebrio y necesitado a su cama.
- ¡Ja! – sonreí al verla desaparecer en la escalera.
- Laura... – la voz de Nicolás salió como un rugido contenido. Se puso de pie y la silla voló hacia atrás, impactando contra el suelo.
Su rostro estaba rojo, sus ojos eran dos pozos de tormenta, las pupilas tan dilatadas que el azul de su iris era apenas un hilo y tenían un brillo extraño y su voz sonaba como un rugido ronco.
- ¿Qué me dio esa mujer? –
Me acerqué a él, con el corazón martilleando contra mis costillas.
- Lau... – volvió a llamarme.
- Tania intentó jugar sucio, Nicolás. Pero le salió mal –
Sus manos apretaron el borde de la mesa de caoba. Vi cómo las venas de su cuello se marcaban y un sudor fino comenzó a cubrir su frente.
- ¿Nicolás? – lo llamé asustada. Pero cuando él me tomó por los hombros. Su piel quemaba a través de la fina tela de mi vestido.
Sentí su fuerza, una potencia física que me intimidaba y me atraía en partes iguales. Su respiración era pesada, caliente contra mi frente. Me jalo hacia él y cubrió todo mi cuerpo con el suyo.
- No otra vez – pensé. Pero cuando me disponía a zafarme y salir huyendo él susurró.
- Mi sangre... parece que se ha convertido en fuego vivo – gruño él, apretándome más contra su cuerpo.
- Nicolas, no estas bien – le dije, pero el no me escuchaba.
- Ella quería que perdiera la cabeza. Quería que no supiera a quién estaba tocando –
- Lo sé – le dije. En el momento que sentí como me levantaba en sus brazos.
- Nicolas – susurré.
- Vámonos a la habitación –ordenó tambaleándose ligeramente, pero su fuerza seguía siendo imponente mientras caminaba hacia la escalera, yo cerré mis brazos alrededor de su cuello y sus labios se apoderaron de mi cuello, parecía un vampiro sediento.
Miré hacia el lugar donde Tania había desaparecido, y la pude ver sobre la alfombra en el otro extremo de la mansión..., la mujer estaba prácticamente inconsciente. Ella había querido jugar con nosotros y su plan fallo.
Cuando estábamos arriba Nicolas me bajo. Su mano no se separaba de la mia, podía sentir el calor rozando mi cuerpo. Todo el quemaba y yo todavía estaba convaleciente.
Me llevó por el pasillo corriendo. En cuanto entramos en nuestra habitación y cerró la puerta con llave, me empujó suavemente contra la madera.
- Ella quería esto – me dijo él, pegando su frente a la mía. Su respiración era errática, cargada de un deseo salvaje, mucho más fuerte que él.
- Quería que la buscara a ella. Pensó que con este veneno en mi sangre yo no sabría quién es quién – repitió.
Escucharlo me emocionó. Pensé que un hombre en ese estado terminaría satisfaciendo su necesidad con cualquiera, pero al parecer Nicolas no era así.
- Nicolás – susurré otra vez, y ese susurró me provoco una corriente eléctrica en el cuerpo.
- Estás bajo el efecto de lo que sea que ella puso en esa copa –
- Lo sé – susurró ahora él, mi propio cuerpo estaba respondiendo a su cercanía, a ese aroma a peligro y el deseo que brotaba de él.
- No, no lo sabes – volví a susurrar.
- Sé exactamente quién eres, Laura – gruñó él, hundiendo su rostro en mi cuello, soltando un gemido de pura necesidad, aspirando mi aroma con una desesperación que me hizo temblar, mientras su lengua recorría cada centímetro de mí.
- No es el elixir de mi abuelo, ni los engaños de Miguel. Eres tú Laura. Eres mi esposa por contrato, pero no tienes idea de cuanto te deseo –
- Dime que me vaya Laura y me iré – susurró.
- Dímelo ahora, porque si no... – no pudo seguir.
Sus labios capturaron los míos con una pasión que me dejó sin aliento.
- Ya khochu tebya (Te quiero a ti) – susurró.