Definiendo un nosotros

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— Entonces —recapitulo—, ¿primero a la izquierda y luego a la derecha? El conserje me mira con cierta lástima, seguramente es la mirada que reservaba para aquellos que parecen no entender las indicaciones luego de tres veces. — ¿Es tu primera vez aquí? —inquiere. Miré hacia los lados y luego le vi con extrañeza. Por supuesto que es mi primer día, hoy es el primer día de clases. — Dieron recorridos a las instalaciones hace una semana. Casi me doy un fuerte golpe con el árbol más cercano. Me había perdido el recorrido de hoy, era aceptable, ¡¿pero perderme también el de hace una semana?! Agradezco al conserje y me retiro en un estado que oscila entre el mal humor y la tristeza. Green Woods en lugar de enviarme correos de descuentos o promociones debería enviarme comunicados como estos a tiempo. Tomo una bocanada de aire y me adentro entre los pasillos de la enorme construcción que albergaba las aulas principales. A través de los altos arcos de granito que daban a verdes jardines interiores se podían ver varios grupos de ruidosos estudiantes poniéndose al tanto de sus vacaciones; las losas eran marmoleadas, bien pulidas, y agradecí de todo corazón que el espacio fuera abundante ya que la cantidad de alumnos dirigiéndose a sus clases no era poca. Ver tantas personas me sorprendió ligeramente, sobre todo porque yo solía estudiar en Saint Claire, la segunda mejor institución del país; más pequeña, un poco menos eficiente, sin tantos estudiantes pero a menos de la mitad de la cuota de Green Woods. Toda una oferta. — Lo siento —me disculpé por quinta vez al chocar nuevamente con otro hombro al tratar de leer las placas en las puertas de las aulas en busca de la mía. Planeaba detenerme frente a otra cuando ante mi rostro aparece un afiche color rosa intenso que ponía: ¡Únete a nuestro club de fotografía! Lo tomo luego de un momento y así dejó al descubierto el sonriente rostro tras de él. — ¡Hola! ¿Has considerado unirte a un club? ¡El mejor club es el de fotografía! Mientras se presentaba no dejaba de repartir a todos los transeúntes su correspondiente afiche, no permitiéndose distraerse ni por un segundo. — Sinceramente, estoy buscando mi aula ahora mismo. La sonrisa no desapareció de su rostro. — No hay problema, ¿eres nueva aquí? —uno de quienes pasaban se va sin su afiche y ella se apresura a alcanzarlo y entregárselo, para luego regresar— Si eres nueva puedo ayudarte a buscarla, en el camino puedo hablarte más de nuestro club. — Me acabo de transferir, estoy buscando el aula H-5 —comento, mostrándole mi horario, el que llevaba impreso en papel. Deja de repartir afiches y se inclina sobre él frunciendo sus cejas rojas como el fuego, del mismo color que su cabello atado en dos cortas trenzas que caían sobre sus hombros. — ¿H-5? ¿Te toca historia? —asiento ante su pregunta y de inmediato su rostro se ilumina, agrandando su par de ojos verdes mientras su sonrisa se amplía aún más— ¡Estoy en esa clase! Da un par de saltos de felicidad y se vuelve hacia la otra persona que repartía afiches, un alto chico un poco encorvado con el cabello hecho un lío. — ¡Jason, Jason! —llama, antes de darle su parte de los afiches— Continúa con esto por mí, debo ir a clases ahora. Recoge su bolsa que descansaba de manera descuidada en el suelo y se la cuelga en el hombro para regresar a mi lado con la misma emoción con que se fue. — Esto es fantástico —suelta—, vamos a sentarnos juntas y te contaré todos los chismes de los maestros, haremos las actividades en la casa de la otra y... «¿Con qué clase de persona acabo de relacionarme?» pensé, con un poco de sorpresa durante todo el recorrido que pasó enumerando una a una las cosas que haríamos juntas. Era una chica un poco más baja que yo pero con la energía para alimentar dos ciudades sin ningún problema, llevaba pantalones holgados y un suéter de lana rosa que portaba la insignia, en sus manos resaltaban al menos cinco pulseras de gomas para el cabello y, aunque llevaba maquillaje ligero, sus párpados lucían coloridos en amarillo y rosa. Pronto descubrí que no era una mala chica, era más como alguien que no puede permanecer quieta ni un segundo por lo que la dejé hablar a su antojo. Nunca fui buena tratando con extrovertidos. — Oh, no me había presentado formalmente —recuerda, parando de golpe su lista. Estira su mano en mi dirección y me sonríe cuando ya hemos llegado al aula—. Mi nombre es Lana Morgan, presidenta del club de fotografía. Tomo su mano y trato de devolverle la sonrisa. — Carrie Caste...—mi presentación queda enmudecida al ver sobre el hombro de Lana como alguien se detiene frente a nosotras. — Buen día, ¿puedo pasar? —pregunta, al notar que obstruimos la puerta. De inmediato nos movemos, ganándonos una sonrisa de su parte— Gracias. Entra, dejándonos nuevamente paradas a la entrada pero rápidamente Lana se pega a mi brazo y se asoma con sigilo por el marco de la puerta, viendo a la persona que acababa de ingresar al aula. — ¿Lo conoces? —inquiero, al ver su intención de apuntarle con la cámara que colgaba de su cuello. Se incorpora y niega con efusividad. — Esta es tu primera lección como nuevo integrante del club de fotografía —empieza, bajando repentinamente la voz y dejándome desconcertada al no recordar haber aceptado unirme, pero poco le importó a Lana, quien ajustaba su lente—: nosotros vivimos de chicos guapos, Carrie, chicos como Alexander, el de ahí, o sus dos hermanos. Sus fotos son muy cotizadas, asegúrate de sacar buenos ángulos. Lana saca una fotografía de forma diligente y mis cejas se alzan. Estaba segura que eso estaba descrito como algo ilegal en alguna parte de la constitución, pero yo no estaba aquí como consejera, ahora estaba segura de que esta era el aula que estaba buscando. Ambas estábamos tan concentradas, cada una en su asunto que, cuando de repente el rubio subió su mirada y enfocó la cámara, Lana trató de incorporarse con tal violencia que su cabeza dio contra mi frente, haciéndome caer de trasero al suelo. — ¡Auch! —me quejé, pero de pronto sentí que no había caído en el suelo sino sobre los zapatos de alguien. Subí la mirada y vi un par de ojos verdes mirarme desde arriba. — ¡Carrie! —exclamó Lan, inclinándose para levantarme e ignorando por completo al individuo frente a ella. Yo traté de detenerla al tener un mal presentimiento pero ya era demasiado tarde. Le dio en las bolas con la cabeza. Los verdes ojos Lana se abrieron tanto como los de aquel chico al ser golpeado; ella se llevó las manos a la boca y él a su ingle mientras maldecía. — ¡Dios! ¿Estás bien?! —exclamó, acudiendo a su ayuda— Déjame ver, déjame ver. No pude evitar que se me escapara una sonrisa desde el suelo al ver la hilarante situación, misma que desde mi posición solo se veía peor. — Sí, muéstraselo —alenté. Los ojos de aquel chico me miraron molestos desde la pared en que se había apoyado pero volvió a preocuparse por la pelirroja que trataba de ver el estado de su entrepierna. — Estoy bien, Lana, aléjate de mí. Con una mano cubriendo su lesión y la otra apartando a Lana, entró al aula con el ceño fruncido. Me pongo de pie viendo por dónde se había marchado con cierto mal humor y me giro hacia la pelirroja, buscando alentarle luego de lo ocurrido. — No fue mi intención golpeárselas —murmura, con las mejillas sonrojadas de la vergüenza. Hice mi mejor intento por reprimir una risa al ver su condición y en lugar de eso palmeé su hombro. — No creo que sea el prospecto de alguien chocar con un lugar tan feo —comento, fingiendo un escalofrío al recoger mi mochila. — ¿Feo? ¿Viste su cara? Ryder las debe tener muy bonitas, como copitos de nieve. Mi cara se deforma en una mueca de asco y suelta una carcajada divertida enganchando su brazo con el mío. Estaba completamente embobada, pude notarlo. — ¿Te gusta ese tipo desagradable o es solo porque también pagan bien por sus fotos? —solté, incrédula. Su rostro se vuelve rojo como una manzana, delatándola, pero aún así alza su mentón con orgullo y niega. — Soy una persona profesional, mi cámara es pública, no hay espacio para la parcialidad cuando hay dinero de por medio. Recuerda eso. Ya no pude añadir nada más, tuvimos que entrar antes de ocasionar otro accidente. El espacio del aula estaba dividido en cuatro líneas de mesas dobles que daban al escritorio del docente, la iluminación era buena gracias a ventanales con blancas persianas que daban al campus aunque el salón ya de por si contaba con aire acondicionado, algo que seguramente era muy apreciado durante los calurosos veranos en Mount Lake. Me adentré tratando de pasar desapercibida lo mejor que pude pero mi cuerpo y mi cerebro casi nunca están sincronizados. No tardé en arrastrar una de las mesas delanteras provocando un molesto sonido que llamó la atención de todos, incluso la del profesor, quien paró en seco de ordenar sus folios para mirarme. «Yo debería venir con una etiqueta de advertencia.» — Bienvenida —habló, con un poco de burla en su voz, aumentando mi vergüenza—. Eres la nueva, ¿no? Firma esta hoja de acá —voltea hacia la pelirroja a mi lado—. Tú, ve a sentarte. Ella me miró y le miró a él, entrando en un debate. Sus sueños de sentarnos juntas y cuchichear estaban siendo amenazados, todos estaban entrando y los asientos se agotaban. El maestro le miró sobre sus gafas gruesas con una ceja alzada. — ¿Gustas que te lleve al asiento, linda? A sentarte —añadió. Lana no pudo evitar ceder, de mala gana pero ceder. Con un suspiro firmé y llené con mi nombre las demás hojas que lo requerían. — Estos son parte del papeleo para completar la inscripción, cuídalos —indica—. Deberías pedir asesoría con el presidente del consejo estudiantil, él te ayudará. Maldije el riguroso proceso de transferencia de Green Woods desde el fondo de mi corazón antes de mirar y ver que los asientos estaban ya en su mayoría ocupados. Volteé a la cara del profesor y este solo se encogió de hombros. Quería estrangularlo. — Hay un asiento libre hasta atrás, ve ahí —indica, pero claramente podía ver desde mi distancia que había una mochila. — Está ocupado —señalé. — Yo no veo a nadie ahí. Una cabeza rubia saltó de entre dos chicos y alzó su mano. — Yo me siento ahí, ese es mi lugar —habló con una sonrisa. — Oh...—empezó el profesor, apoyándose en el escritorio con una nueva sonrisa, sin dejar de ver al chico que se había sentado en la banca de adelante entre la persona a la que Lana golpeó y otra más— Yo te veo muy cómodo ahí, ¿no es ese tu lugar? — Solo estoy contándoles como cacé una abeja en el comedor, nada ilegal —responde, alzando un pequeño frasco para mostrarla—. La llamé Bruno, como usted. La sonrisa del profesor Bruno titubeaba ante el enojo y con la mano un poco rígida me señala aquel asiento solo. — Tome asiento, señorita Castellan, el joven O'donnell tendrá una mesa para tres. La cara de impacto de los dos chicos al lado del rubio fue impresionante, aún así y un poco incómoda, caminé hacia mi nuevo asiento donde en el otro lado también había una mochila ocupando la silla a la que no le di demasiada importancia. Me senté y le pasé la correspondiente mochila al rubio del frente, el mismo al que Lana veía hace un rato y quien me sonrió a pesar del malestar de sus amigos. — Cuida a Kai por mí —susurra, para luego girarse y acomodarse más. Era un chico delgado y no muy alto por lo que encajaba perfectamente. Me ahorré la pregunta de quién era Kai, no me interesaba mucho de todas formas. La clase dio inicio sin más preámbulos, nadie aquí era nuevo a excepción mía por lo que no se detuvieron en las presentaciones sino que avanzó rápidamente en un resumen vago de los temas que veríamos y el número de pruebas, algo a lo que no presté tanta atención debido a que estaba muy ocupada ideando un plan para completar mi registro cuanto antes. Para lograr que mi trasero se posara en una de estas bancas había tenido que ganar una semi beca en un sorteo, pero la reducción del pago solo estaba en vigor luego de que mi solicitud se hubiese aprobado; mientras tanto, debía costear la mensualidad completa. No podía permitirme tocino para mis huevos, ¿cómo diablos me permitiré una cuota completa en esta cuna de ricos? Cuando la clase finalizó, Lana no tardó en llamarme a su lado con el fin de cumplir su misión de ponerme al tanto de los chismes más calientes del grupo. — ¿Ves a la chica de jeans altos de allá? —susurró con discreción— Ella es Sara, no te metas con ella o el maestro de lengua va a bajar tus notas. — ¿Por qué? —pregunté curiosa. — Nadie se mete con su terroncito. Alcé ambas cejas al comprender. — Ahora —prosigue—, ¿ves a aquel chico de... — Lana, tus cuchicheos no están salvando especies en el Amazonas —interrumpe un hombre alto y delgado como un palillo mientras entra al aula cargando varías jaulas en sus brazos. La pelirroja cerró su boca y se acomodó—. Es hora de la clase, tomen sus asientos. Uno a uno entraron todos nuevamente y tuve que volver a mi asiento. Saqué tranquilamente mi libreta y lápices, dispuesta a prestar toda mi atención a esta nueva clase hasta que, de manera inesperada, la silla a mi lado se corrió y arrastró a mi nariz un agradable aroma fresco. Ahora sí, el dueño de la mochila a mi lado por fin había llegado a reclamar su sitio y yo no pude evitar dirigir con curiosidad mis ojos hacia él.
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