Donovan observó con pesar el rostro pálido de Meredith, estaba muriendo y lo hacía tan lentamente que verla le causaba un gran dolor. Habían pasado tres meses más en la clínica sin ninguna mejoría, tanto que el día anterior Meredith había solicitado ser trasladada a casa de sus padres para pasar sus últimos días con su familia.
—Por favor Don, no quiero dejarla sola ¿podrías ocupar mi lugar solo esta vez? —preguntó el señor Lowell con el rostro abatido.
Donovan asintió, no podía negarse. Ni siquiera podía imaginarse el dolor por el cual él estaba pasando al ver a su hija apagarse tan lentamente y de aquella manera.
—Iré en tu lugar, solo necesito toda la información. Negociaré en tu nombre y apenas tenga los contratos firmados volveré —prometió.
—No tenía derecho a pedirte que la hicieras feliz, no sabía que estabas enamorado de otra mujer hasta que ella me lo dijo; lo siento mucho Donovan, pero te agradezco esto que haces por ella y por mí; cuando tengas hijos serás capaz de comprenderme —dijo con lágrimas en los ojos, mientras miraba a su hija mayor dormir.
—No tienes nada que agradecer. Soy yo quien lamenta no haber sido capaz de cumplirte —dijo con pesar.
—Ven vamos a la biblioteca para que pueda enseñarte los contratos, si ves algún error o necesitas cambiar algo, no te detengas hazlo con confianza.
—Los revisaré a conciencia ¿Cuándo esperas que me reúna con Cooper? —preguntó echándole una ojeada a los documentos.
—La reunión fue programada para dentro de dos días, pero tomando en cuenta que prácticamente tendrás que atravesar el país de punta a punta, puedes salir mañana, descansar un poco y sentirte relajado. Sebastián Cooper es un tiburón para los negocios y su reciente fusión con Enterprise Airplane le hace un socio que todos queremos tener como amigo y si podemos conseguir una franquicia sería más que perfecto —explicó.
—Comprendo, estudiaré estos contratos hoy mismo y mañana saldré a San Francisco, deja todo en mis manos, te prometo que no voy a defraudarte —le aseguró. Al menos pensaba cumplirle en algo. Había fallado estrepitosamente con Meredith, podía al menos compensarlo con trabajo.
Donovan cogió los documentos y salió con rumbo a la casa Montgomery donde Louisa esperaba. Los últimos tres meses había pasado entre el hospital, su casa y la oficina. Esperaba tener noticias de Charlotte, pero habían pasado siete largos y eternos meses desde la última vez que la había visto. Se preguntaba constantemente lo que era de su vida, ¿Lo habría olvidado? ¿Lo recordaba, aunque fuera para maldecirlo? Quería creer que sí, quería tener una esperanza por muy pequeña que fuera, deseaba que de vez en cuando ella pensara en él.
«Eres un idiota, ¿después de todo lo que le hiciste en verdad esperas que ella te recuerde? Lo más seguro es que haya encontrado un hombre que la valorara, que creyera en ella ciegamente y no un tonto bipolar e inmaduro como tú» le recriminó sin piedad su conciencia y es que no había día ni hora que no se lamentara por su decisión. No tener a Charlotte era como morir en vida.
Pero la idea de que ella estuviera con otro hombre, que tuviera otro amor, lo atormentaba, porque él no dejaba de pensarla, de extrañarla, de sentirla en su cuerpo y en su piel.
—Terminaré por volverme loco —susurró bajando del auto. Estaba cansado de todo y de todos.
Pero no se dejaría vencer, no hasta volver a verla, aunque fuera una sola vez en la vida, estaba seguro que volverían a encontrarse.
—¿Don?
Louisa estaba preocupada por la situación de su hermano, había empezado a trabajar de lleno en el bufet para ayudar a Donovan con los clientes de la firma, por supuesto ella no podía compararse con Harry, pero lo intentaba todos los días.
—Tengo que salir a San Francisco, Lowell necesita que me haga cargo de algunos asuntos en la ciudad —dijo a modo de respuesta.
—¿Quieres que te acompañe? —preguntó, la idea de quedarse sola le aterraba, sobre todo porque los recuerdos de las cosas que le había dicho y hecho a Harry le atormentaban constantemente.
—Me encantaría, pero te necesito al frente del bufete sin Harry y sin uno de nosotros se volvería un caos, además apenas estamos recuperando clientes y no quiero darles motivos para volver a desconfiar de nosotros —le explicó y ella aceptó a raja dientes que llevaba la razón.
—Está bien, te prepararé el equipaje —dijo caminando hacia las escaleras. Quería preguntarle por las investigaciones, pero no tuvo el valor, podía preguntarle por Charlotte, pero eso sería meterle el dedo a la herida, porque ella había desdeñado a la castaña sin problemas, así que no podía fingir que ahora estaba interesada.
Donovan la miró alejarse, hasta ese momento no se había fijado en su hermana verdaderamente, se veía un poco más delgada, con ojeras y tristeza en la mirada. Quizás debía hablar con ella al volver, no quería ser descuidado dos veces.
Con aquel pensamiento se encerró en la biblioteca para estudiar los contratos que negociaría con Cooper.
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—¡Deja de grabar Charlotte, no soy tu payaso! —dijo Harry con seriedad.
—Nadie dijo que lo eras, pero es que te ves tan tierno arreglando la habitación de los gemelos, quiero inmortalizar este momento, mis hijos tendrán mucho que agradecerte cuando sean mayores —dijo bajando la cámara. —Te prometo que nadie más sabrá esto, no voy a enviárselos a Mía, ¿esto te complace? —preguntó haciendo un ligero puchero, como si la hubieran regañado.
—No te creo, todo lo que grabas terminas enviándolo a Nueva York y luego termino siendo la burla de Mía y Angelo hasta que se te ocurre mandar algo nuevo —se quejó.
La realidad era que Harry estaba más que encantado de ser no solo el mejor amigo de Charlotte, sino también de disfrutar hasta el mínimo detalle de su embarazo. El día de ayer habían visitado la clínica para saber el sexo de los bebés. Charlotte había querido esperar hasta estar completamente segura para iniciar con la compra de muebles y decoración de la habitación y fue su momento de grabar tan bello acontecimiento.
—Te quejas mucho, pero te veo disfrutando conmigo de lo contrario estarías a miles de kilómetros de aquí, ¿rechazaste la oferta de King por mí? —preguntó. Su ex jefe se había contactado con Harry el mes pasado para ofrecerle un trabajo fuera del país, pero él simplemente lo había rechazado y ella se sintió tranquila, su vida sería monótona y aburrida sin Harry…
—Deja que me ría pequeña bruja. No te hagas ilusiones si me quedé fue por mis sobrinos —dijo en tono burlón.
—Te creo, sobre todo porque tus sobrinos aquí dentro —dijo señalando su enorme vientre—. Son quienes te preparan los desayunos más deliciosos de la historia, un delicioso café al estilo parisino. Te trato como rey y sin cobrarte —dijo sonriendo mientras Harry se sonrojaba.
—Tú ganas, eres peor que Mía Black. Tu eres una bruja auténtica, una bruja en todo el sentido de la palabra —dijo golpeando de nuevo la pared, necesitaba colgar la lámpara en el techo.
A la mañana siguiente salieron con destino al pequeño café del cual eran dueños, se habían hecho de varios clientes fieles que pasaban todos los días a tomarse un café y a comerse un rico y recién horneado pan francés. Charlotte había decidido poner en práctica sus dotes culinarias y en pocas semanas su café se volvió técnicamente famoso en la zona. Disfrutaba ver a sus clientes complacidos y marcharse más que satisfechos.
—¿Vendrás conmigo a elegir las cunas? —preguntó Charlotte, mientras limpiaba una de las mesas y Harry levantaba las tazas de otra.
—Solo si prometes no grabar, en realidad te has obsesionado con el tema —dijo Harry.
—Te lo prometo, no puedes culparme Harry, soy intensa y quiero grabar todo pequeño detalle que tenga que ver con mis pequeños, quiero que un día vean con qué ilusión y amor fueron esperados —dijo con sinceridad. Aunque en el fondo ella sabía que esa no era toda la verdad, tenía una copia de cada video enviado a Mía, guardada en una caja bajo la cama para no ser descubierta, quizás muy en el fondo esperaba enseñarlos a Donovan, era una idea tonta y estúpida, sin embargo, no podía evitar pensar de vez en cuando en ese patán.
—Solo por esa razón dejaré que me sigas grabando, aunque corra el riesgo de desgastarme —dijo con una hermosa sonrisa.
Charlotte pensó en lo fácil que sería enamorarse de él, pero no se engañaba su corazón era necio y seguía enamorado de Don, ese hombre inmaduro la había arruinado totalmente para otro hombre.
—Entonces… ¿Vienes? —preguntó elevando una ceja.
—¡Por supuesto que vamos! ¿Tú solo dime la hora y el día? —exclamó emocionado.
—Mañana al mediodía, no lo olvides —amenazó con un dedo hacia Harry.
—Vivimos juntos, no podría olvidarlo.
—Juntos, pero no revueltos —respondió ella con su característico humor.
Charlotte sonrió, rogaba porque Harry encontrara una buena mujer y no sufriera mucho por amor, la tonta de Louisa Montgomery no lo merecía, Harry era mucho hombre, mucho buen ser humano para alguien tan superficial como lo era Montgomery.
Esa misma noche el vuelo privado de Donovan aterrizó en San Francisco, había tenido un retraso con la hora de salida, debido a Meredith, la pobre había sido ingresada de urgencia nuevamente al hospital, lastimosamente él no podía hacerle compañía, debía primero resolver el asunto con Sebastián tal como se lo había pedido su suegro.
Media hora después se registró en uno de los hoteles de la cadena O´Connor en esa ciudad, Angelo estaba expandiéndose como la pólvora en el ámbito empresarial y eso le alegraba profundamente, al menos uno de los tres tenía la vida que había soñado. Sonrió involuntariamente al pensar que el diablo finalmente se había enamorado y de qué manera.
Donovan se metió a la cama, mañana tendría un día largo por delante y quería volver a Nueva York después de cerrar el contrato que lo había traído hasta esa ciudad.
A la mañana siguiente tenía un auto a su entera disposición cortesía de Enterprise Rent-Cars con chofer incluido.
—Buenos días señor, soy Ramiro su chofer —se presentó el hombre correctamente vestido.
—Gracias Ramiro, podrías llevarme a tomar un café, no puedo pensar si no tengo cafeína en mi sistema —dijo en tono amable.
—Sería un gusto, conozco una pequeña Cafetería no muy lejos de aquí, sirven el mejor café, incluso usted puede llegar a pensar que está en París —respondió con una amable sonrisa.
Donovan asintió incapaz de responder, pensar en París, era pensar en Charlotte, suspiró con resignación y subió al auto.
Ramiro condujo por las calles de San Francisco, nada en el lugar llamaba su atención, sus pensamientos estaban divididos nuevamente, entre su esposa y el amor de su vida. Solo fue consciente de haber llegado al sitio porque Ramiro se lo hizo saber.
—¿Quiere tomar el café dentro del local o prefiere que se lo pida para llevar? —preguntó el hombre.
Donovan pareció dudarlo por unos breves minutos antes de responder.
—Para llevar, tengo una cita muy importante y no puedo retrasarme —respondió.
—Como usted guste señor.
El chofer bajó del auto y se encaminó al interior del café donde Charlotte atendía a sus clientes con una hermosa sonrisa. Donovan tontamente había desperdiciado la mejor oportunidad de su vida, nunca había estado tan cerca y tan lejos a la vez.