—Bonjour, bienvenue au Café Parisino*—saludó Charlotte con una hermosa sonrisa.
—Buenos días, me gustaría tener dos cafés y cuatro croissants franceses, dos de chocolate y dos de mantequilla recién horneados —pidió el hombre con amabilidad.
—¿Para llevar?
—Por favor —respondió Ramiro, mirando rápidamente hacia el auto, temiendo demorarse más de lo necesario y terminar regañado e incluso despedido, su jefe no era conocido por ser un buen hombre incluso trataba mal a su cuñado cuando se ponía difícil.
—Enseguida se lo preparo, le aseguro que su jefe no tendrá quejas y pueda que le mejore el humor —dijo Charlotte mientras preparaba el pedido con prisa.
—No es mi jefe, pero si un posible socio de mi jefe —respondió Ramiro, no era esta la primera vez que compraba en la Cafetería de hecho él era uno de esos clientes fieles que atraen más clientes.
—Espero que no sea un idiota con usted o yo misma me haré cargo de él —soltó Charlotte sin pensar y era tarde para retractarse.
—Creo que más bien no le agrada la ciudad, ni siquiera quiso bajarse del auto —confesó Ramiro mientras cogía la bolsa con los croissants y la bandeja con los cafés.
—Bueno él se lo pierde —le guiñó un ojo. —Que tenga un buen día —añadió con una amplia sonrisa.
—Buen día para usted también —respondió Ramiro antes de salir de la cafetería y volver al auto, donde Donovan esperaba impaciente.
—Lamento la demora señor, pero es un lugar bastante concurrido —se disculpó mientras le entregaba el pedido y tomaba el suyo.
—Vamos cortos de tiempo, por favor diríjase directamente a la oficina del señor Cooper, no quiero perder más tiempo —dijo con seriedad, acababa de cortar la llamada con Louisa y el pronóstico de Meredith era terriblemente desalentador e incluso corría el riesgo de no lograr verla con vida al volver.
—Sí señor —dijo el hombre mientras pensaba en las palabras de la dueña del Café, ese hombre realmente necesitaba algo bueno en su vida, parecía amargado y…
—¿Podría ir más rápido? —le urgió y Ramiro dejó de pensar para concentrarse en la carretera.
Donovan aspiró el olor del café y el pan recién horneado, su mente le llevó a muchos muchos meses atrás exactamente cuando había sorprendido a Charlotte en su cocina y la había tratado mal al pensar que solo quería impresionarlo.
Llevó el pico del vaso desechable hasta sus labios y su paladar probó el más exquisito sabor, era tal cual ella lo preparaba, se atrevió a coger un croissant y con manos temblorosas lo probó. Gimió, al sentir el delicioso sabor del chocolate extenderse por su paladar. Cerró los ojos y disfrutó de aquel pequeño pedazo de cielo.
Ramiro lo observó por el espejo retrovisor y ahogó una pequeña risa.
—¿Cómo estar en París? —se atrevió a preguntar.
Donovan abrió los ojos y le dedicó una ligera sonrisa antes de responder:
—Mejor que estar en París, ¿Puede llevarme de nuevo a esa cafetería cuándo termine mi reunión con el señor Cooper? —preguntó, algo dentro de su corazón le gritaba que debía ver el lugar con sus propios ojos.
—¡Por supuesto! Solo le advierto, la dueña es una mujer de cuidado, dice lo que piensa y le importa un pepino si eso va o no a molestar, pero es una buena persona, todos regresan luego de probar su cocina —dijo Ramiro con una amplia sonrisa.
—¿La conoces muy bien? —preguntó sin poder evitarlo. Esa descripción le hizo pensar en Charlotte, así era ella, dura y directa en cuanto a sus pensamientos.
—La Cafetería no tiene mucho tiempo, la descubrí por casualidad, pero los dueños son personas muy amables. Ella trabaja a pesar de estar embarazada, la pareja se ve que es feliz —respondió.
Todas las esperanzas de que esa mujer fuera Charlotte murieron en ese preciso momento, de hecho, era una locura pensar que se trataba de ella, lo más probable es que ella estuviera en Francia o algún otro país en el mundo viviendo con una identidad falsa, es lo que hacía el gobierno para proteger a sus agentes.
—Hemos llegado —anunció Ramiro sacándolo de sus pensamientos. Guardó el resto del croissant en la bolsa ya podría disfrutarlo más tarde, aunque cada bocado significaba pensar en ella.
Donovan observó el impresionante edificio el Salesforce Tower, era considerado el segundo edificio más grande de los Estados Unidos, era lógico pensar que albergara las oficinas principales de Enterprise Rent-cars y Airplane.
—El señor Sebastián lo espera en el último piso de este edificio, su asistente podrá conducirlo hasta él, yo esperaré para llevarlo de regreso a su hotel —le indicó Ramiro.
Donovan asintió le dio las gracias y caminó hacia el ascensor, apretó el botón del último piso y respiró profundamente, miró una vez más los documentos en las manos, solo esperaba que aquel largo viaje fuera fructífero para los negocios de su suegro, era lo mínimo que podía hacer por él a estas alturas.
El sonido de las puertas abrirse le hizo cuadrarse, acomodarse el traje y salir con paso seguro. Él era uno de los mejores abogados de Nueva York, no iba a irse con las manos vacías.
—Buenos días señor Montgomery, el señor Cooper lo espera —dijo el hombre rubio con amabilidad. Donovan lo miró dos segundos más de lo necesario antes de asentir.
—¿Podría llevarme a él?
—Por supuesto, por aquí por favor —le indicó con una mano, mientras tomaba una libreta de apuntes y caminaba por delante.
—¿Hace mucho que trabaja con el señor Cooper? —preguntó tratando de averiguar un poco más de aquel enigmático empresario.
—Hace unas pocas semanas, mi nombre es Oliver Campbell —dijo el hombre con evidente molestia en su voz.
—¿Campbell? —preguntó Donovan, hasta donde sabía los Campbell eran los dueños de Enterprise Airplane antes de que Sebastián Cooper se casara con la hija mayor de la familia y se convirtiera en el CEO de ambas compañías.
—¿Hay algún problema? —preguntó Oliver con el ceño fruncido.
—¿Qué clase de pregunta es esa Oliver? —preguntó con seriedad el hombre detrás del escritorio, su semblante era frío y duro, era más que evidente que la relación con su asistente no era cordial.
—Lo siento señor Montgomery —se disculpó. —Si necesitas mis servicios solo tienes que llamar —dijo con seriedad antes de salir de la oficina, mientras el hombre pelinegro gruñía.
—Lo siento, por favor tome asiento —se disculpó rápidamente al darse cuenta de su tonta reacción.
—Muchas gracias, Donovan Montgomery, estoy en representación de mi suegro el señor Lowell —se apresuró a aclarar.
—Ya él me había hablado de usted, lamento mucho lo que sucede con su esposa, Lowell se ha visto afectado con todo esto, pero lamentablemente los negocios no pueden esperar —dijo adoptando ahora un aire profesional.
—Es así, el señor Lowell está interesado en invertir y adquirir una franquicia de Enterprise Rent-cars y establecer una sucursal en Nueva York —explicó Donovan tratando de dejar claro todos los puntos legales y otros asuntos que incluían los contratos.
Sebastián escuchó la explicación del abogado por varios minutos, pero él era un hombre de negocios y difícilmente cedería a vender una franquicia de su empresa.
—Creo que el señor Lowell no comprendió mi negativa, lamento que su viaje sea en vano señor Montgomery —dijo con seriedad.
—¿Qué es lo que quiere decir? —preguntó Don sin comprender.
—Fui claro con el señor Lowell desde un principio, no quiero repartir el nombre de mi empresa como si fuera porciones de pizza, le ofrecí una sociedad, ser mi representante en la ciudad de Nueva York con una participación del treinta por ciento de las acciones y es todo lo que puedo ofrecer, si él no está de acuerdo, lamento decirle que no habrá nada que firmar por este día —dijo con simpleza.
—He atravesado el país…
—Y no ha sido culpa mía señor Montgomery —le interrumpió el hombre con frialdad. —Pero puede hablarlo con su suegro, si él está tan interesado en invertir un treinta por cierto es mejor que nada, si no es él será cualquier otro socio en la ciudad de Nueva York, ¿le suena el nombre de Raffaele Marinetti? —preguntó.
Donovan conocía al hombre, era el llamado “Tiburón” de los bienes raíces en Nueva York y era conocido por aprovechar las oportunidades en los negocios, era así cómo había construido su imperio millonario siendo solo un inmigrante italiano.
—Hablaré con el señor Lowell, estaremos en contacto —dijo Donovan poniéndose de pie.
—No dispongo de mucho tiempo, cuando tenga una respuesta a la oferta le agradecería hacerla de mi conocimiento —dijo extendiendo su mano para despedirlo.
Donovan estrechó la mano del hombre y salió de la oficina, se sentía burlado, el viaje había sido un verdadero fiasco, una pérdida de tiempo. Tiempo que pudo utilizar para buscar a su francesa.
—Que tenga un buen día —escuchó al asistente hablar, pero se sentía muy enfadado para ser cortés.
Esperó con impaciencia el ascensor y una vez que las puertas se abrieron subió y marcó el número del estacionamiento, golpeó varias veces la carpeta contra su pierna un signo de evidente frustración.
Mientras tanto a unos pocos kilómetros del edificio Salesforce Tower, Charlotte y Harry se preparaban para salir al centro comercial, ese día comprarían todo lo que faltaba para decorar la habitación de los gemelos.
—¿Estás lista para gastar todos mis ahorros? —preguntó Harry cogiendo las llaves del auto.
—Más que lista y para que veas que hablo en serio, hoy vamos sin cámara. No quiero que mis hijos aprendan cómo gastar el dinero a ciegas —respondió dejando la cámara en una de las gavetas de la caja.
—Eso es bueno, dos versiones tuyas en miniatura me llevarían a la quiebra en menos de lo que canta un gallo —dijo con una sonrisa en los labios.
—Puedes volver a ejercer como abogado de esa manera no te sentirás estafado todo el tiempo —Charlotte le guiñó un ojo mientras subía al auto.
Sabía que para Harry era difícil acostumbrarse a no pelear por una causa justa en alguna corte del país, pero era por su seguridad, sus nombres habían sido conservados, ellos fingían ser una pareja de esposos de cara al mundo y era lógico que Volkova no tuviese idea que seguían en los Estados Unidos cuando su boleto de avión estaba sellado con rumbo a España, específicamente a Marruecos.
Minutos más tarde bajaron del auto, para ir por los muebles para los gemelos. Tenía mucha ilusión por la llegada de sus gemelos, eran la única luz en su vida ya que el amor parecía estar negado para ella, disfrutaría de la dicha de ser madre.
Pensó en Donovan y en todo lo que se estaba perdiendo, por un momento se sintió una mala persona por no decirle la verdad, pero ¿Qué futuro les esperaba a sus hijos estando él casado con otra mujer? La falta de respuesta a esa pregunta fue lo que le frenó de decirle que sería padre, quizá un día si el destino quería que se volvieran a encontrar las cosas fueran distintas, y tanto él como sus hijos tuvieran una oportunidad de conocerse.
—¡Detén el auto! —gritó Donovan a Ramiro. Él no podía creer lo que sus ojos estaban viendo, esa mujer era Charlotte ¡Su Charlotte! ¡Su francesa!
*Traducción: Hola, bienvenidos a Café Parisino.