El sol de ese domingo por la mañana se filtraba a través de las cortinas, tiñendo la habitación de un dorado suave, casi como un sueño. Las piernas de Victoria seguían entrelazadas a las de Liam, su piel aún sensible al roce de sus manos seguía ardiendo, pidiendo más de esa dulce e intensa sensación. Con sus ojos cerrados mientras los labios de Liam esbozaban una sonrisa contra los suyos, Victoria seguía viviendo el momento sin desear levantarse de la cama. Liam la miraba con devoción, con la respiración acompasada y los músculos relajados, como si, por primera vez en su vida, hubiera encontrado la paz absoluta. En su mundo de negocios despiadados y relaciones fugaces, Liam nunca había tenido un verdadero hogar. Pero allí, en la cama de Victoria, con ella en sus brazos Liam lo ten

