[CLAIRE] El reloj marca las diecisiete y doce cuando el hospital vuelve a llamar. Estoy en el laboratorio, con una tira olfativa entre los dedos y la concentración fingida sobre un informe que ya he leído dos veces. La voz al otro lado es amable, profesional, incluso comprensiva, pero el mensaje no cambia: el pago debe registrarse antes de las dieciocho horas para que la sesión del martes no sea pospuesta. No hay amenaza en el tono, solo procedimiento. Y el procedimiento no espera a nadie. Cuelgo y miro el reloj otra vez. Cuarenta y ocho minutos. Es esa cifra fue la que me empujo a salir del laboratorio, cruzar el pasillo y subir al último piso sin cita previa. No lo hice por valentía ni por fantasía. Lo hice porque no tuve margen. Desde ese momento intente volver a la normalidad, pero

