[CLAIRE] Esa noche casi no duermo. No por miedo, ni por arrepentimiento, sino por la sensación extraña de haber desplazado el eje de mi vida sin haberlo consultado con nadie. Mi padre duerme en su habitación con la puerta entreabierta, la luz del pasillo filtrándose en una franja tibia sobre el suelo. Lo observo unos segundos antes de acostarme, como si necesitara confirmar que sigue ahí, que todo lo que hice tiene un sentido tangible. No le digo nada. No le diré nada todavía. Me tumbo en la cama y repaso mentalmente las palabras del contrato, las fechas, la convivencia, los dos años. Intento sentir algo concreto —miedo, entusiasmo, vértigo—, pero lo único que aparece es una especie de claridad fría. He tomado una decisión. Ahora debo sostenerla. A la mañana siguiente preparo el desa

