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1835 คำ
Habían transcurrido dos semanas desde que Massiel había descubierto el secreto de Inés. Desde aquel día, las cosas se habían vuelto mucho más tensas entre ambas, que compartían miradas que decían demasiado y a la vez, nada. Palabras amenazantes que Massiel no se molestaba en recordar, pero que aparecían de repente en los pasadizos de su cabeza. "No tienes idea de lo fácil que sería para mí acabar contigo. No importa lo que digas, Emiliano jamás va a creer en las palabras de su empleada por encima de las de su futura esposa". Massiel caminaba hacia la oficina de Emiliano con unos papeles entre sus manos. Tragó saliva con dificultad, había evitado a su jefe por dos semanas, dedicándole rostros fríos y palabras cortantes. Debía de mantener lo más alejada de él, una sola palabra de advertencia no había salido de sus labios, que pronto estallarían entre gritos de impotencia. Tocó la puerta antes de entrar, empujándola cuando escuchó la palabra "pasa". —Buenos días, señor —saludó, con una sonrisa casi sin nula. No solo se encontraba preocupada por él, sino también por sí misma, por las amenazas que había recibido por parte de Inés, que atentaban más allá de solo perder su puesto—. Tengo aquí los papeles que me pidió. Los colocó en la mesa, caminando de manera veloz hacia la puerta. —Espera, Massiel. Los pasos de la rubia se frenaron con lentitud. —¿Sí, señor? —Quiero hacerte una propuesta. Massiel ensanchó sus ojos, sintiendo como un aire gélido le cubría cada margen del cuerpo. —¿Una p-propuesta? —Sí, una propuesta. Toma asiento, por favor. Así ella lo hizo, quedando frente a Emiliano. —¿Cuál propuesta, señor? —En mi casa, este sábado se organizará una fiesta. —Fue solo necesario escuchar una palabra para presagiar lo que él diría más adelante—. Me gustaría que acudieras a ella. Ella pasó saliva. —¿Una fiesta de empleados? —No, de hecho, es una cena. —¿Pero habrán empleados? —No. Massiel se inquietó todavía más. —P-pero… si no habrán empleados… ¿por qué tengo que ir? Aquella pregunta, ocasionó que Emiliano empezara a reflexionar: ¿quién en su sano juicio invitaba a su secretaria a una cena familiar? Las palabras se apretaron en los labios de Emiliano. Aquella propuesta había sonado bien en su cabeza, solo allí. Anhelaba pasar más tiempo con ella, pero sus posibilidades se encontraban estancadas. Había una brusca presión social que los distanciaba. —Lo lamento, olvídalo. —El hombre dejó caer su mirada, antes de que la tensión fuera tanta que terminara asfixiándolos, él cambió de tema—. Necesito tu opinión en algo, Massiel. Alejando la duda de hace unos instantes, los ojos de Emiliano se cubrieron de un aire casi infantil. —¿Cuál crees que es el mejor regalo de cumpleaños para una mujer? —Depende de la clase de mujer de la que hablemos. No le regalaría lo mismo a su madre que a su esposa… a su esposa lo mismo que a su empleada. —En los ojos de Massiel se vio una repentina tristeza, una que no pasó para nada desapercibida para él, que decidió no comentar nada. Tantos silencios un día estallarían como un brutal grito. —Lo entiendo, pero necesito algunas ideas, Massiel. —Necesitaría saber para q-quien sería el regalo. —Inés, aquel nombre resonaba en su cabeza. Nada era tan amargo como el miedo a perder algo que jamás se había tenido—. Usted debe conocerla mejor que yo… Emiliano sonrió de lado, cerrando los ojos por un instante, en un gesto que Massiel no terminó de comprender. —Lo dudo. —P-pero si usted no la conoce… ¿cómo yo la voy a conocer? —Solo necesito ideas. No es para mi madre, tampoco para alguien de la alta sociedad, es para una amiga muy importante. Massiel asintió, ella en su cumpleaños amaría recibir joyas, así que aquello fue lo único que se le ocurrió decir. —Un collar de diamantes. —Dudó muy poco al dar aquella respuesta—. Todos amarían un collar de diamantes. —Así que un collar de diamantes —murmuró Emiliano, asintiendo, como si hiciera una nota mental de sus palabras—. Muchas gracias, Massiel. —Es un placer, señor. Ella se colocó de pie. En los ojos de Emiliano veía una expresión extraña, y una vez más, era incapaz de identificarla. ¿Qué era aquello que escondían sus ojos? *** El silencio de la casa era uno absoluto, que se hallaba roto únicamente por el sonido parsimonioso de su voz. —Setenta y cinco mil dólares, señor Emiliano, ese es el precio. Es un collar entretejido con diamantes, talla marquesa en oro blanco, de catorce quilates. —Lo quiero. —Se entregará a usted lo más rápido pos… —Lo quiero para hoy, antes de las doce. —Eso le costará un poco más, ya que tendríamos que… —No me importa, pagaré lo necesario, pero lo quiero hoy, quiero que sea envuelto en la caja más preciosa, quiero un trozo elegante de papel adjunto. —Lo comprendo, señor. —Nadie tiene que enterarse de esta compra. —Claro, señor. Emiliano colgó con una sonrisa entre sus labios. Anhelaba poder ver su rostro cuando aquello le llegara. *** Había apagado su teléfono, no quería recibir llamadas explosivas una vez el reloj marcara las doce. Odiaba los días de su cumpleaños, odiaba que todos mostraran en ella un falso interés, especialmente cuando incluso sus padres la habían abandonado en sus momentos más oscuros. Lo único bueno que habían hecho los padres de Massiel, era ayudarla a conseguir un trabajo como secretaria en la empresa de Emiliano, pero el dolor de su corazón la había orillado a preguntarse si aquello en realidad había sido algo bueno. La rubia tomó asiento en el sofá, pero antes de conseguir acomodarse, alguien tocó la puerta. Miró el reloj. —Las once cincuenta y nueve —murmuró para sí misma, frunciendo su entrecejo, sabía que aquel día era su cumpleaños, pero nadie jamás se tomaba el detalle de ir a visitarla a aquella hora, lo cual la llenó de un indescriptible miedo—. ¿Quién está ahí? —Tengo un paquete para usted, señorita. —Yo no ordené ningún paquete, se equivocó de persona. —¿Es usted la señorita Massiel Moore? —Lo soy —murmuró ella, dudando que la otra persona lo haya escuchado—. Pero no ordené nada. —Lo que traigo es un regalo que alguien le envió. Aquella la hizo vacilar, ¿alguien enviándole un regalo? ¿Alguien tomándose el detalle de enviarle un regalo justo antes de las doce? Sin decir alguna palabra, Massiel corrió hasta su bolso en donde tenía un gas pimienta que no dudaría en arrojar a los ojos de aquella mujer que decía tener un paquete para ella. —Señorita, ¿continúa ahí? —Massiel abrió la puerta con duda, una elegante caja descansaba entre las manos de aquella mujer—. Firme aquí, por favor —Entre dudas, Massiel lo hizo—. Aquí está su regalo. —¿Quién me envió esto? Ver la marca “shimmering” en la caja, la llenó de una perplejidad tan profunda que por un instante, olvidó como era el proceso normal de respiración. Aquella era una marca muy costosa de joyas. —La persona que lo envió decidió mantenerlo anónimo. Con intenciones de retirarse, la mujer dijo aquello, pero fue sostenida por Massiel, quien no la dejó ir. —Señorita, dígame quien me envió esto… —No tengo permitido decirlo. —Yo necesito saber quien fue. Juro que nadie se enterará, solo deme un nombre, aunque sea una inicial, por favor… La mujer rompió el agarre con Massiel. —La persona que le envió esto, me aclaró que le diera la siguiente instrucción: no abra el regalo hasta no leer la carta. —Massiel tembló sin razón, la mujer sonrió—. Es ustedes una mujer afortunadísima. Y se retiró. La perplejidad acompañó a Massiel por los diez minutos que permaneció parada en la puerta, observando hacia la más profunda nada. Los pensamientos llegaron como una ola violeta. ¿Qué estaba sucediendo? ¿Por qué entre sus manos se encontraba aquella caja con el nombre de un sitio en donde solo se vendía costosas joyas? ¿Quién le había enviado aquella caja? ¿Por qué se había esforzado en hacerlo? ¿Ella era acaso importante para alguien? El flujo de ansiedad le rompió la razón. Empezó a buscar la supuesta carta entre la bolsa. La duda y el miedo repentino se mezclaban en su corazón. La idea absurda de que alguien la estaba acosando, inundó los márgenes de su cabeza, pero batallando contra aquellos pensamientos, ella dio con la carta, no perdiendo un instante antes de leer aquellas letras que, tenía el presentimiento de que le robarían el aliento. "Siempre ha resultado interesante para mí, mirarte cuando ni siquiera te percatas, porque tus gestos me generan curiosidad, al igual que tu persona. En estos instantes, sé que la duda viaja por tus suaves ojos, te preguntas quien fue el autor de esto, pero creo que el bienestar de ambos requiere que no lo sepas. Eres misterio, me contagiaste un poco de él, aunque creo que solo es necesario un poco de reflexión para saber quién ha sido el autor de este regalo. No quiero que digas nada cuando te percates, no tengo la suficiente valentía para afrontarlo. La cobardía me ha condenado a la infelicidad, así que, en este acto más de cobardía, ocultándome, me permito decirte que eres para mí, alguien muy especial. Feliz cumpleaños, Massiel Moore, anhelaría poder estar contigo en estos instantes. Anhelaría no estar encarcelado entre fortunas y oro. Anhelaría poder ir por ti, pero supongo que lo que sea que experimenta mi pecho, está destinado a la desgracia". La perplejidad le arrancó el aire. Entre trémulos movimientos, la carta cayó de los dedos de Massiel. Las manos de la rubia se condujeron a la caja de regalo, abriéndola. Se perdió a sí misma en el relieve de aquella cadena reluciente. El aire la abandonó, la sensatez también. Llevó las manos hacia sus labios, emitiendo un grito que solo ella fue capaz de escuchar. Levantó la carta del suelo, dedicándole una leída más. Los ojos se le destruyeron en lágrimas, el cuerpo se le encogió. El nombre de una sola persona llegaba a su mente, era incapaz de creerlo. Sin algún vigor en las piernas, se situó de pie. La cadena fue colocada en su cuello por sus propios dedos pálidos. Relució como una antorcha entre la oscuridad. Y mientras se contemplaba en el espejo, Massiel no dudó un solo instante en que el autor de aquel regalo, había sido su propio jefe. Y aquello solo podía significar una cosa: él tenía sentimientos por ella.
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