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1622 คำ
Unas enormes bolsas negras adornaban de manera tétrica el rostro escuálido de la rubia, que bebía de manera insistente café, para así evitar caer rendida antes las garras vigorosas de un sueño profundo. La reflexión de si, en realidad él sentía por ella algo, y no todo se trataban de cavilaciones de su parte, no le había permitido concebir un instante de sueño la noche anterior. Massiel maldijo en voz baja, recostando la cabeza de su escritorio, pero poco duró aquel intento de descanso, pues la puerta fue abierta por una persona. La mujer se acomodó en su asiento con apenas fuerza cuando vio a Emiliano entrar. El brillo del collar de diamantes que ella había decidido usar, le robó la mirada por más de un instante a su jefe. El hombre no le ofreció ni siquiera una oportunidad para hablar. —Feliz cumpleaños, Massiel. La sonrisa de Emiliano la transportó a un universo paralelo, en donde ambos eran los protagonistas de una historia de amor, una no turbulenta como la que les deparaba. —Muchas g-gracias, señor… significa mucho viniendo de usted… Él apenas fue capaz de someter el impulso de abrazarla, de envolverla entre sus brazos hasta erradicar aquel miedo grabado en sus pupilas. Dio un paso hacia la cumpleañera, que se situó de pie. Emiliano se rindió ante sus impulsos, se enredó con ella en un abrazo frágil, sintiendo su tacto cálido, oliendo su cabello de rosas. Empleó poca fuerza, solo diez segundos perduró aquel abrazo que eternamente marcaría la piel de Massiel. "Felicidades, Massiel Moore", le deseó una vez más en el oído, despertando en ella, un fuerte escalofrío. Aquel abrazo se rompió, ella también. Necesitaba su tacto para siempre. Jamás se había sentido tan a salvo hasta que los brazos de él la habían envuelto. —Es una preciosa joya esa, Massiel. Ella no pudo dominar un temblor cuando lo escuchó decir aquello. Reunió en su corazón vigor, atreviéndose a mirarlo a los ojos con firmeza. —Lo es. —¿Regalo de tu novio? Massiel mordió discretamente sus labios. —No conozco a quien me lo regaló. —¿No lo conoces? Emiliano paseó sus ojos por el collar; una parte de él, quizás buscaba ser descubierto, pero existía otra, que necesitaba mantener las apariencias y casarse con una mujer a la que no podía amar menos, pues no podía permitir que su enfermo padre muriera sin antes haber cumplido su anhelo de darle un nieto. —Fue un… regalo anónimo. Ambos se retaron sutilmente con miradas. Emiliano pocas veces se había dejado vencer por sus impulsos, hasta que la había conocido, hasta que se había percatado que sus labios parecían poseer vigor propio cuando se trataba de halagar a Massiel. —Es una joya preciosa. —Los intensos ojos de Emiliano parecían al borde de estallar de sus concavidades; poco pudo contenerse—. Preciosa, como la dueña. Tras decir aquello, sabiendo que era incorrecto, él salió de la oficina de Massiel. *** Las palabras de Emiliano vivían en su cabeza, reproduciéndose de manera reiterada como un disco que alguien había olvidado apagar. "Es una joya preciosa, como la dueña". El corazón se le deshizo al recordar aquellas dulces palabras. Las suposiciones empezaban a nublarle la razón. No sabía a cual voz seguir. Las señales eran contradictorias y ella estaba exhausta de seguirlas. «Todo esto es tu culpa». La voz de su cabeza careció de misericordia al reprocharla. «Si hubieses renunciado antes, él no te hubiese regalado aquel collar, tampoco te hubiese dicho aquellas palabras y no te encontrarías así». Acostada en su cama, observando la oscuridad que se presentaba en la ventana, con el estómago vacío y los ojos enrojecidos, Massiel sonrió torpemente al recordar el desconcierto en las palabras de Cristal al ver la joya preciosa en su cuello. "No, aún no sé quién me la ha regalado", le había respondido Massiel ante la pregunta de su amiga, pero en su cabeza, el nombre de su propio jefe retumbaba. Él le había regalado una joya en su cumpleaños, él le había dicho que era bella, él la llenaba de tanta ira y confusión, que la mente de Massiel se colmó de una descabellada idea: acostarse con los suficientes hombres como para que la imagen de Emiliano saliera de su cabeza para siempre. Pero no existió necesidad de ejecutar aquel plan para percatarse de que los resultados serían desfavorecedores para ella. Nunca podría sacarlo de su corazón, ni aunque se fuera para siempre de aquella empresa, precisamente eso era lo que le dolía. Massiel observó el collar, anhelando poder encontrar en su vida, a un hombre que entorpeciera sus pensamientos con Emiliano. Pero algunos anhelos, pueden transformarse en pesadillas. Massiel tendría que aprender aquello de la peor forma. *** Los días se volvían más agotantes, su alma se volvía cada vez más frágil. Los murmullos crecían a sus espaldas cada vez que pasaba cerca de alguno de sus compañeros. "La zorra del jefe" tenía unos setenta mil dólares colgándole del cuello, murmuraban todos. La resistencia de Massiel se extinguía, el valor para decirle a su jefe que renunciaría, aún no había sido encontrado en su interior. Por los pasillos de su mente viajó la memoria de Emiliano encontrándola en su oficina, sofocada en lágrimas. "¿Por qué lloras?", le había preguntado. «Lloraba porque te amo, porque no sé qué pensar, no sé a cual pensamiento debería escuchar, no sé en cual de mis suposiciones debería creer, fuiste tú quien me regaló ese collar de diamantes, ¿acaso sientes algo por mí? ¿Por qué estás a punto de casarte con otra mujer entonces?». Ella jamás tendría el valor suficiente para revelar la vulnerabilidad de su propio corazón. La mirada perdida de la mujer se elevó cuando Emiliano pasó por allí, ella dejó caer de nuevo su rostro, sumergiéndose en su miseria. Emiliano lamió de manera suave sus labios. La ansiedad había tomado mando de su cuerpo. Massiel había estado evitándolo desde el día en el que él le había dicho que era hermosa como su collar; para el hombre, era dificultoso lidiar con el rechazo de un alma tan dulce, con el rechazo de aquellos ojos que quería que le miraran por siempre. Fue extraído bruscamente de sus cavilaciones cuando un fornido cuerpo masculino se aproximó al suyo. Timothy Wagner paseó por aquella empresa como si le perteneciera. Una sonrisa reluciente se le dejó ver, a medida que se aproximaba a su socio, cuyo rostro empezó a decaer, hasta mostrar un deje de rechazo. —Timothy. —Emiliano. Un estrechón de mano selló el saludo entre ambos hombres. Emiliano intentó recordar cuando lo había invitado a su empresa, pero no lo consiguió, por lo que no había una razón válida para que él se encontrara allí. —¿Qué te trae por aquí, Timothy? Una expresión socarrona viajó por el rostro del ruso. —Me encuentro aquí por razones ajenas a negocios. Emiliano enarcó una ceja, si se encontraba allí por razones ajenas a negocios, ¿por qué ir justo a empresa? —¿Puedo saber cuales asuntos? Tienen que ver conmigo, supongo. —Lamento decirte que te equivocas. Él había ido a su empresa por algo ajeno a negocios, y no se trataba de nada que tuviera que ver con Emiliano, entonces ¿a qué había ido? —He venido a hablar con tu secretaria, Emiliano. Por eso estoy aquí. Emiliano sintió una ráfaga de cólera aposada en su pecho. —¿A hablar sobre qué? Timothy rió una vez más. —No tienes que saberlo, ¿en dónde puedo encontrarla? —En su oficina. Wagner asintió, pretendiendo dirigir sus pasos hacia la oficina de Massiel, pero la mano de Emiliano sobre su hombro, lo frenó. —¿Puedo saber para qué vas a ir a donde ella? —¿Por qué te interesa tanto? —No sé, tal vez porque es mi empleada. —Descuida, no te la robaré ni la convenceré de irse a mi empresa, aunque me la robaría si pudiera. La risa de Timothy rompió los oídos de Emiliano. El empresario sabía que no podía creerse dueño de Massiel, aún así, las punzadas de celos seguían quemándole el corazón. Echando a un lado lo miserable que se sentía, le indicó a Timothy en donde se encontraba la oficina de Massiel, viendo como iban a conquistar a la mujer a la que él amaba y terminaría perdiendo por cobardía. La mirada de Massiel se elevó nuevamente cuando escuchó la puerta de su oficina siendo abierta. Esperó encontrarse con cualquier otra persona, menos con Timothy Wagner. La oscuridad de aquellos ojos la envolvió. Ella acomodó su espalda, sin comprender el motivo de su presencia. Aquel hombre marcaría su vida, pero ella ni siquiera estaba al tanto de eso. —Massiel. Ella carraspeó de manera suave su garganta. —Señor Wagner, ¿desea algo? —A ti. Le tomó unos instantes procesarlo. —¿Perdón? ¿Requiere de algún servicio de mi parte? Timothy rió. —Requiero tu tiempo, Massiel. —Perdóneme, pero no creo comprenderlo, señor Wagner. —¿Estás libre mañana en la noche, Massiel? —¿Por qué? —¿Lo tienes libre? —indagó él, obviando la duda de Massiel, ella parecía querer dar un «sí», pero dudaba—. Con libre, me refiero a completamente libre. —No entiendo que significa “completamente libre”, señor Wagner. —Significa que si tienes tiempo libre y tú en sí, estás libre, libre de alguien. Massiel ladeó su cabeza una vez comprendidas aquellas palabras. ¿Aquello era una invitación a salir? No le dio algún crédito, ¿un hombre de la alta sociedad invitándola a salir?
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