—Estaré algo ocupada —mintió.
Aquel hombre no le generaba alguna confianza.
—Puedes posponerlo, pues tengo una propuesta para ti, Massiel.
—¿Qué clase de propuesta, señor Wagner?
—Quiero que salgas conmigo. —Massiel no contó con oportunidad de responder—. Saldrás conmigo.
La sonrisa de Timothy despertó en Massiel un cúmulo de indescriptibles sensaciones que solo el tiempo y las circunstancias podrían revelar.
Ella se sumergió en sus reflexiones: era incapaz de comprender como entre todas, él había decidido escogerla a ella. ¿Debería de aceptar? Timothy Wagner, era un atractivo y codiciado hombre, ella, una mujer desesperada por olvidarse de su jefe, echando a un lado la desconfianza que su sola mirada le generaba, ¿qué era lo peor que podría ocurrir su ella aceptaba salir con Wagner?
Solo el tiempo sería capaz de cederle una respuesta.
—Necesito una respuesta, Massiel.
Los impulsos corrieron por la cabeza de la rubia. Siempre se había dejado vencer por ellos, recordaba los constantes reproches de su padre cuando esta actuaba desde los impulsos; se la había clasificado desde siempre como una persona impulsiva, pero a ella le importaba muy poco alejar aquella etiqueta de sí misma.
—Acepto.
Al instante en el que aquellas palabras fueron pronunciadas, ella se arrepintió.
Una sonrisa más se aposó en los sensuales labios de aquel hombre.
—¿A dónde pasaré a buscar a la dama?
—Cerca de aquí.
—¿Y por qué no tu casa?
«Porque ni siquiera te conozco», pensó.
«Pues si no lo conocías, no tenías que aceptar salir con él —le reprochó una voz en su cabeza—. Pero ya aceptaste, y no puedes negarte».
—Me es más cómodo reunirme con usted en un lugar cerca de la empresa.
Timothy rió.
—¿Tan paranoica eres, que crees que si me das tu dirección, algo malo sucederá? —Como parecía ser usual en el hombre, él no le cedió oportunidad de respuesta—. Dame tu número, yo te llamaré para avisarte la hora.
¿Por qué simplemente no le daba una hora en aquel preciso momento?, se preguntó ella, anotando su número en un trozo de papel.
—Mañana será la mejor noche de tu vida, Massiel.
Tras esto, él se desvaneció por la salida.
Una vez lo vio irse, Massiel solo pudo pensar en una sola cosa: había cometido un error al aceptar aquella cita.
Timothy salió con una sonrisa victoriosa entre sus labios. Aquel había sido el inicio de un cúmulo de acciones que lo sumergirían a todos en una espiral de desorden, sufrimiento y angustia.
***
Massiel había recibido una llamada de Timothy, o como lo llamaba en su cabeza "El señor Wagner", en la que este le indicaba que la esperaría afuera de la empresa en unos cuarenta y cinco minutos.
También, el hombre había adjuntado un mensaje que de manera socarrona decía "pude haberte ido a buscar a tu casa, y así te hubiese ahorrado tener que tomar un taxi", Massiel se había tenido que contener para evitar decirle que él era un completo extraño, especialmente, porque cada vez que lo hacía, su cabeza le reprochaba porque había aceptado una cita con él.
Un vestido amarillo chillón adornaba su cuerpo delgado. En su cabeza, habían mil excusas, mil razones para no ir a aquella cita, pero la voz diciéndole que salir con Wagner le ayudaría a sacarse del corazón a Emiliano, era muy poderosa, lo suficiente como para que ella le diera atención y actuara impulsada por ella.
Massiel elevó su teléfono, observando otro mensaje de Wagner, insistente por conocer su dirección.
Ella cayó rendida ante la presión. Los tacones que usaba, le quemaban lo suficiente como para que caminar un centímetro supusiera un infierno; no podía imaginarse a sí misma caminando cinco minutos hacia un taxi.
Entre dudas e inseguridades, Massiel accedió a darle su dirección a Timothy, sumergiéndose a sí misma en un infierno.
***
Le resultaba imposible ver algo de bondad en los ojos de aquel ruso, aquel era el pensamiento que la acompañaba a medida que él caminaba hacia ella.
—Luces preciosa —la halagó el hombre, dedicándole una sofocante mirada una vez se encontró frente a ella—. Vámonos, Massiel.
Ella aceptó con inseguridad su mano.
—Gracias, señor Wagner.
Él no podía evitar sonreír de manera socarrona cada vez que ella le decía "señor Wagner". Empezaba a gustarle que le llamaran de aquella manera.
Ambos caminaron hacia el carro de Timothy.
Aquel sujeto solo quería follarle e irse, ella lo sabía. Una repentina voz en su cabeza dijo: "¿Y qué hay de malo en eso?". No le resultaba desconocida aquella voz, mucho menos aquella promiscuidad. Massiel siempre había sido una muchacha liberal, promiscua en su adolescencia, se había acostado con más hombres de los que era capaz de recordar, todo aquello había culminado cuando había conocido a su antiguo novio, pero en aquellos instantes, no tenía alguna cadena que frenara sus impulsos, sus malas decisiones, además, su corazón estaba adolorido, necesitaba olvidar, ¿qué era lo peor que podía ocurrir si aceptaba con él hacer cualquier cosa?
Aquella duda la condenó.
***
Massiel peinó hacia una esquina su cabello. Aquella había sido, por mucho, la cena más incómoda que había tenido en su vida, su única dicha, era que había concluido. No podía llenarse los labios diciendo que había sido una mala cita, pero las miradas lascivas de Timothy, aún estaban marcadas en su piel.
Ella se acomodó en el asiento de copiloto de aquel costoso auto, preparada para regresar a su casa y sumergirse en su miseria. No había podido sacarse de la cabeza a Emiliano, ni siquiera las provocaciones de Wagner habían servido demasiado. Estaba al tanto de que, regresar a la promiscuidad de sus años de adolescencia, era una decisión incorrecta, pero no había opinado así antes de aceptar aquella incómoda cita.
—¿Qué tanto te gusta la diversión, Massiel?
Ella elevó sus vertiginosos ojos hacía él ante aquella pregunta. No cedió alguna respuesta.
—Me gustaría que me llevara a mi casa, en realidad. Si quiere, puede dejarme en la parada de taxis.
—¿Y si no quiero llevarte a tu casa, Massiel?
—¿A dónde más me llevaría?
—Podría llevarte a muchos lugares, a un mundo de placer, por ejemplo.
Ella pasó saliva ante aquella insinuación.
—No quiero ir a ese lugar, señor Wagner. Le agradecería que...
—Ambos sabemos que el motivo de esta cita no fue nada romántico.
—Por eso mismo, lo mejor es que me vaya entonces a…
Todo ocurrió con la velocidad del mismo aire.
Timothy le robó un descarado beso a Massiel.
Jugó con la lengua de ella con una velocidad que le imposibilitó a la mujer reaccionar de inmediato.
Cuando Massiel quiso romper el beso, él estiró sus manos para evitarlo; su lengua recorrió toda la boca de la mujer sin su consentimiento, y solo cuando él decidió que era suficiente, el beso terminó.
Massiel estalló como un trueno.
—¡Me iré de aquí!
Limpiando sus labios, una furiosa Massiel se designó a salir de aquel auto, pero las palabras del ruso a su lado, representaron para ella, un impedimento.
—Una muchacha joven y bonita con un vestido ajustado, caminando sola por estos oscuros alrededores, ¿cómo te imaginas que esto puede terminar, Massiel?
Ella mordió sus labios, cargada de impotencia porque él tenía razón. No sabía en donde podía encontrar a un taxi, no tenía ni siquiera el suficiente dinero para pagar uno, además, no podía aventurarse a recorrer aquella oscuridad sola. Se encontraba a la merced de aquel sujeto de ojos lóbregos.
Desistió, soltando la puerta que quiso abrir con anterioridad. La mirada de la mujer no quiso encontrarse con la de Timothy. Los reproches llovían en su cabeza, no podía creer que más temprano, había pensado que aquello era una buena idea, no podía creer que había pensado que no representaba algún problema el hecho de que él quisiera follarle e irse.
«No puedo quedarme aquí a su merced», pensó, rebelde.
Llevó las manos hacia la puerta, una vez más, pero un escalofrío se adueñó de cada una de sus extremidades al percatarse de que la puerta se encontraba con seguro.
Los ojos trémulos de Massiel recorrieron a Timothy, casi con imploración.
—No tienes que mirarme así, no te haré algún daño —le aseguró, pero ella no creía en una sola de sus palabras—. Ambos podemos divertirnos, pero eso depende de que tan dispuesta estés. —Él se aproximó más a Massiel, intimidándola—. Pero de lo que sí estoy seguro, es que no puedo dejarte ir sin recibir nada a cambio.
—Yo no t-tengo nada p-para…
—¿Nada para darme? —El hombre quebró la distancia entre ambos, aún más—. Tienes demasiado para darme, Massiel. —Los labios de Massiel fueron una vez más poseídos por los del ruso, que le robó el aliento. Massiel se resistió, echándose hacia atrás—. ¿Acaso no te gusta? —Mentiría si le diera una respuesta negativa, pero incluso entre su mente promiscua, ella sabía que no era una buena idea acostarse con él, incluso aunque había una voz traicionera que le decía que nada malo sucedería.
—Señor Wagner…
La tensión rompió los hombros de Massiel. La mano de Timothy se coló entre sus piernas, el acuoso sonido de sus besos no se hizo esperar. Un escalofrío la acompañó: ella tenía que buscar la manera de darle un freno a aquello antes de que se saliera de control, pero sentir como la lengua del hombre ocasionaba estragos en su boca, le hizo saber que quizás, no debía demasiado por hacer para detenerle.
—Esto no… no es correcto…
—Esto no tiene nada de incorrecto, Massiel. —La cintura fina de la mujer fue apretada, ella ahogó un grito—. ¿Por qué simplemente no te dejas llevar?
Un juego de agitadas respiraciones tuvo lugar en aquel silencioso auto. La noche parecía muerta, el cielo carecía de estrellas, así como ella carecía de una oportunidad de salir de aquella situación, especialmente cuando cada vez caía más rendida ante aquel toque. "Emiliano se acuesta con Inés, seguro siempre. Él no te tiene en mente, ¿te estás reservado por él?", la voz en su cabeza, era tan ajena, que ella no descartó la posibilidad de que Timothy se había sumergido en ella, susurrándole cosas que solo le resultarían de beneficio a él.
—Déjate llevar —le susurró el ruso, ante la casi nula resistencia de una confundida e indecisa Massiel—. Te llevaré al cielo, Кукла.
Timothy la sujetó por la cintura con suavidad, acercándola más a él. Massiel vio como el hombre se desabrochó el cinturón con rapidez. "¿En realidad vas a permitir que esto suceda?", le reprochó la voz de su cabeza, pero la rubia pasó por alto las advertencias de su propia intuición, haciendo lo que él le había pedido: dejándose llevar.
Le arrancó el vestido, los tacones. La desnudó contemplando el cielo, y en un suspiro, se sumergió entre sus piernas.
—Massiel —jadeó su nombre antes de penetrarla con vigor, desconcertando por un instante a la mujer.
De aquellos labios rosáceos emergió un fuerte gemido; una mezcla de sorpresa, placer y arrepentimiento.
Massiel estaba al tanto de que tras aquello, se sentiría como una zorra, pero las profundas embestidas que se enterraban en ella, apenas le permitieron pensar en las consecuencias que traería aquella decisión.
La penetró con tanta profundidad que el aire emergió con dificultad de los labios tensos de la mujer, que había elegido cerrar sus ojos, poseída por el placer, la vergüenza y la humillación. «Te estás acostando con un hombre que no conoces, solo para sacar de tu cabeza a alguien que no te piensa».
Massiel colocó las manos en el pecho de Timothy, que se había posicionado sobre sus pequeños pechos desnudos. Antes de poder pronunciar una sola palabra, ella sintió como él le comió los labios, embistiéndola con la suficiente rapidez como para que ella perdiera la razón sobre lo que permitía sobre sí misma.
—Muñeca, preciosa… —jadeó, sujetándola por las mejillas enrojecidas. El hombre empezó a murmurar unas palabras en ruso, unas que resultaron incomprensibles para ella.
Massiel colocó sus manos una vez más sobre el pecho de Timothy; la sensación, era celestial, pero debía de frenar antes de que aquello se saliera mucho más de control. Debía ir a casa, dormir, olvidarse de lo que había sucedido. Una vez más, intentó decir algo, pero las vigorosas embestidas, apenas le permitieron pronunciar un par de trémulas palabras. Ella terminó dejándose vencer por el placer.
Perdió en absoluto la noción del tiempo, de la realidad. Él tomó su cuerpo de mil formas, ella lo permitió sin detenerse a pensar.
La burbuja de placer en la que ambos estaban sumergidos, fue rota por el sonido de alguien tocando el vidrio del carro en donde ella se entregaba a un millonario desconocido.
Ambos lo pasaron por alto, hasta que la persona continuó insistiendo.
—¡Maldita sea!
Timothy se vio en la obligación de salir del interior de Massiel, que sintió una repentina vergüenza al encontrarse desnuda allí, con un hombre del cual conocía apenas apellido. Aquello la llevó a cubrirse con el vestido, cerrando sus piernas y tragando saliva; un tercer toque por parte de quien fuese que estuviese allí afuera se escuchó, Massiel estaba muy ocupada intentando cubrir su desnudez como para percatarse de quien era la persona que de manera casi desesperada los había interrumpido.
Timothy suspiró, estirando su mano hacia atrás y entregándole un abrigo a Massiel, con el propósito de que la muchacha se cubriera, ya que quien fuera la persona que estuviera tocando, lo hacía desde la ventana de Massiel, que en ningún momento elevó la cabeza, solo se colocó el abrigo, viendo como Timothy se vestía a medias y bajaba el vidrio a regañadientes, completamente furioso porque uno de sus mejores momentos de placer había sido interrumpido.
—Usted estacionó mal. —Fue lo primero que dijo el hombre que tocaba la ventanilla de Massiel, sus palabras iban dirigidas hacia Timothy—. Usted se…
Aquella voz paralizó todos los sentidos de Massiel, quien sintió como un estallido tuvo lugar en su cuerpo.
Ella elevó su cabeza, el mundo se le convirtió en cenizas al percatarse que quien se encontraba allí, era nada más y nada menos que Emiliano, su jefe.