Tiana Morgan se estaba preparando para una nueva sesión de grabaciones. Quería contarle a su hija otra de sus primeras experiencias trabajando para Spy Cam; sin embargo muchas cosas ocurrieron durante una misma semana, o incluso un mismo día. Tiana se debatía de qué forma debería narrarle todo esto a su hija, sin generar confusiones. Mientras ordenaba sus pensamientos preparó un té verde y luego se sentó frente a la cámara. Dio un par de sorbos al té, y como si se tratase de una poción mágica para pensar con mayor claridad, la mente de Tiana se aclaró.
—Hola Amelia —saludó a la cámara—. Sé que todavía no empezaste a mirar estas grabaciones; pero te prometo que te las voy a dar cuando me sienta lista para hacerlo. Quiero contarte otra de mis anécdotas, pero entenderás que yo pasaba muchas horas trabajando, vigilando esas cámaras. Hubo situaciones particulares que se dieron incluso en un mismo día; pero para no marearte tanto con detalles, prefiero ir centrándome en cada una de esas pequeñas historias, por separado. —Hizo una pausa para tomar otro sorbo de té, y prosiguió—. Voy a contarte
* * *
Durante las primeras semanas me vi envuelta en una feroz lucha entre la culpa y la tentación. Seguía pensando que las cámaras ocultas no deberían existir, hasta se me hacía terrorífica la idea de que alguien me espiara todo el tiempo, aunque yo no supiera nada. Si una persona está en su casa, espera tener al menos un poco de privacidad. Pero en este complejo de edificios nada era privado para la persona que ocupaba el puesto del vigía; esa era yo. Sin embargo la culpa se vio vencida en más de una ocasión por la maldita tentación. En mi interior latía una vena voyeurista que me pedía seguir mirando esas cámaras.
Una de las cosas que descubrí es que algunos inquilinos habían sido marcados como “Personas de Interés”. Al parecer el finado Reynaldo Noriega no quería perder el tiempo con personas que llevaran una vida demasiado simple y aburrida. Y sí, debo admitir que, con el tiempo, empecé a marcar mis propias personas de interés.
En aquel entonces una mujer que marcó Reynaldo captó mi atención; pero no porque llevara una vida s****l loca y desenfrenada, sino porque había espiado su vida durante varios días y no vi absolutamente nada fuera de lo normal. Entonces la mujer pasó a ser interesante… justamente porque no lo era. Es decir, quería descubrir por qué Reynaldo la consideraba “de interés”.
Esta mujer se llamaba Mariela Rufino, era una solterona de unos cuarenta y ocho años. Vivía sola. Muy sola. En los días que la espié (y fueron más de diez) no la visitó ni una sola persona.
Empecé a sospechar que Reynaldo se sintió atraído por Mariela y por eso la etiquetó. No puedo culparlo, se trata de una mujer muy bonita. Algo entrada en kilos, pero esto le da un aspecto aún más atractivo y curvas más prominentes. Se tiñe el cabello de color caoba y lo usa corto, con un peinado un tanto antiguo. Parece una mujer salida de los años setenta, incluso su forma de vestir está desfasada. Usa vestidos con estampados pasados de moda y se maquilla como si viviera en los años cincuenta. Me partió el alma verla sola, maquillándose, para que nadie la viera. Pero casi todos los días dedicaba una hora completa a darle color a su cara, de facciones redondas.
Si Reynaldo se sintió atraído hacia ella, seguramente disfrutó al ver lo que hacía Mariela en su dormitorio, minutos antes de dormirse. La primera vez no quise verlo, apagué la pantalla y me puse a leer un libro; pero no pude concentrarme en la lectura. Mi cerebro no dejaba de recordarme lo que Mariela estaba haciendo. Descubrí que lo hacía con bastante frecuencia y yo, que aún tenía ciertos valores éticos, procuraba darle privacidad en ese momento. Sin embargo, un día no pude resistirme. Dejé que la imagen corriera a sus anchas en la pantalla y vi cómo Mariela Rufino se desvestía completamente y comenzaba a masajear sus grandes tetas (eran casi del mismo tamaño que las mías). Lo que me sorprendió fue que, para ser una mujer chapada a la antigua, tenía la concha completamente depilada. Tal vez eso formara parte de su ritual solitario para mejorar su imagen. Una de las tantas cámaras ocultas de la habitación estaba ubicada justo delante de la cama, por lo que pude ver perfectamente cómo Mariela abría sus piernas, para mostrarme sus carnosos labios vaginales, y empezaba a acariciarlos.
Dicen que si un mono ve a otro masturbándose, le darán ganas de hacer lo mismo. Bueno, yo debo ser un poquito mona, porque cuando vi a Mariela haciéndose la paja, inmediatamente me quité el pantalón y la tanga. Me masturbé viendo cómo ella lo hacía e incluso intenté imitar sus movimientos, para saber qué estaba sintiendo. Mi pecho latió a toda potencia y yo sabía que lo más interesante de todo el asunto era estar espiando a alguien. Eso era lo que realmente me daba morbo… aunque en aquel momento no lo hubiera admitido ni aunque me sometieran a tortura.
A pesar de que estaba sola, al menos podía afirmar que Mariela pasaba un buen momento durante casi todas las noches, se daba unas frotadas de concha espectaculares, que incluían eróticos gemidos, sacudidas en la cama y momentos de clímax con dedos entrando y saliendo de su húmedo agujero a toda velocidad.
Después de haberla espiado un poco más de diez días, ocurrió algo inesperado con la computadora que usaba para controlar todo. El programa que diseñó Reynaldo volvió a encenderse automáticamente y, en un video, este señor barbudo de voz grave me explicó que si yo mostraba interés en la vida privada de los inquilinos, entonces podía acceder al archivo que él mismo había guardado. Horas y horas de grabaciones con excelente calidad de imágen. Y aquí fue cuando la situación empezó a parecerse a un juego, más que nunca. Descubrí que otra de las grandes aficiones de Reynaldo (además de espiar gente), era diseñar videojuegos. Incluso encontré algún jueguito independiente diseñado por él, que logró ser un éxito de ventas. Programar estas funciones para él habrá sido una tarea sencilla, y adictiva… lo sé porque me ocurre lo mismo al pintar cuadros y al dibujar. Es apasionante dedicar tiempo a una tarea que te gusta tanto. Reynaldo diseñó este programa como si fuera un videojuego y, como ya había superado la fase del Tutorial, el juego empezó su primera fase real.
No quiero extenderme demasiado en explicar todas las aristas de este juego ahora mismo, te iré diciendo lo que es importante cuando llegue su momento. Lo que sí puedo destacar ahora es que el juego se basa en un sistema de puntos. Resulta que cada vez que dedico tiempo a meterme en la vida privada de los inquilinos, ganaba puntos. Sí, así como suena. Se me otorgaban puntos por hacer algo poco ético. Pero repito: para Reynaldo Noriega ésto era su pasión.
¿Y para qué servían estos puntos?, te estarás preguntando. Servían para muchas cosas, lo importante ahora mismo es que sepas que con estos puntos podía “desbloquear” archivos grabados por Reynaldo (cuando él estaba vivo, por supuesto). Esto me permitía espiar el pasado de los inquilinos de cada edificio.
¡Ay, Amelia! Esta fue mi perdición. Sí, reconozco que espiar gente me genera un morbo inmenso, y que tenía la mejor tecnología para hacerlo. Pero lo que realmente hizo que esto se volviera una adicción, fue el juego que Reynaldo Noriega decidió llamar: “Paraíso Voyeur”. Un título muy apropiado, dadas las circunstancias.
A mí se me pagaba por las tareas de vigilancia en el edificio, lo de espiar gente se podría considerar un “bonus”. Pero desde ese momento este “bonus” empezó a generarme beneficios que iban más allá del propio placer de espiar gente: ¡Ganaba puntos!
Sé que te gustan los videojuegos, Amelia. Te pasás muchas horas al día con ellos, y también sé que te volviste un poquito adicta a algunos de ellos. Bueno, imagino que eso lo sacaste de tu madre. Ya sabrás cómo me sentí. Ese sistema de puntos que podía cambiar por recompensas, se volvió una droga para mí.
Con los pocos puntos que obtuve durante mis primeros días de trabajo, desbloqueé un video de Mariela Rufino. Tenía unos cuatro años de antigüedad. Lo más interesante de estos videos es que a pesar de haber sido grabados tiempo atrás, me permiten seleccionar la cámara que yo prefiera, para ver la acción. Siempre y cuando esa cámara haya captado algo, de lo contrario no puedo verla. Imagino que esa era la forma que tenía Reynaldo de ahorrar espacio de almacenamiento. Si las cámaras no captan movimiento, ni siquiera se encienden, por eso en lo departamentos vacíos no puedo ver nada.
Al ver el video descubrí por qué Reynaldo la había marcado como “Persona de interés”. La situación transcurrió durante una tarde en la que Mariela recibió una visita de un plomero-gasista. Al parecer su cocina no estaba funcionando bien, lo cual era cierto, porque ni siquiera el propio gasista logró encenderla. Se trataba de un tipo regordete, con ropa de trabajo gris, pero bastante pulcra, para tratarse de un oficio donde una persona se ensucia mucho. El sujeto debía tener más o menos la edad de Mariela y nunca llegué a escuchar su nombre. Así que lo llamaré simplemente “El Gasista”.
Desde el comienzo esta situación me resultó peculiar. Mariela estaba despeinada y tenía puesto un camisón blanco que transparentaba un poco. Sus pezones se traslucían y era evidente que debajo solo tenía puesta una tanga pequeña. Ella le pidió perdón al Gasista por atenderlo en ese estado, dijo que se quedó dormida más tiempo del que tenía previsto. No podía demostrar si eso era verdad o no, porque no podía ver más atrás en el video. Pero imagino que era cierto, se me hace muy raro que una mujer que dedica tanto tiempo a ponerse coqueta, aunque nadie la vea, decida abrirle la puerta a un desconocido con el pelo enmarañado y la cara sin lavar.
Mientras el Gasista trabajaba ella se arregló un poco la cara y el cabello; pero no cambió de ropa.
Fue hasta la cocina y allí el hombre le explicó que no entendía cuál era el desperfecto. En un momento él agarró uno de las tapas de los quemadores y ésta se escapó de sus manos, rodó por el piso y cayó a apenas un metro de donde estaba Mariela. Ella, sin dudarlo, se agachó para juntarla. Ese fue un gran error. Tal vez olvidó que solo llevaba puesto un corto camisón. Pude ver, desde otra cámara, el ángulo perfecto de Mariela agachándose. Sus grandes y blancas nalgas parecían una luna llena dividida a la mitad por una ajustada tanga… que ya se le estaba metiendo entre los labios de la concha. Por supuesto, el Gasista no perdió la oportunidad de admirarla. El tipo sonrió con picardía, como si no fuera la primera vez que ve a una ama de casa haciendo algo así.
—Linda tanga —dijo el tipo.