Tentaciones

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Mariela se enderezó como una regla plástica después de ser doblada, lo hizo tan rápido que sus tetas saltaron. Eso solo lo pude ver yo, con la cámara que estaba frente a ella, es una lástima que el Gasista se lo hubiera perdido. —¡Ay, por favor! —dijo ella; estaba roja como un tomate—. No me di cuenta… ¡qué vergüenza! —Por el tono de su voz, supuse que estaba aterrada de verdad. Esto no era un juego para ella. Había sido un error genuino—. Es que… no tuve tiempo para cambiarme… ¡qué horror! Mejor voy a ponerme algo más discreto. —Si es por mí, se puede quedar así. Esta es su casa, usted tiene derecho a estar cómoda. Ella hizo un amague para salir de la cocina, pero el Gasista, hábilmente, la retuvo explicándole detalles técnicos sobre qué podía estar ocurriendo con los quemadores, que no encendían. Al desviar el tema de conversación, consiguió que Mariela se relajara un poco. El Gasista aseguró que el arreglo de la cocina sería costoso, porque al parecer había que hacerle una limpieza completa. Él tendría que llevársela a su taller y trabajar en ella. —¿Va a ser muy caro? —Preguntó Mariela, preocupada. Aquí es cuando las cosas empezaron a tomar otro rumbo… el Gasista se colocó detrás de la mujer y la tomó por la cintura, le habló al oído como si fuera un viejo amante. Me sorprendió que el tipo fuera tan atrevido, pero más me sorprendió que Mariela se quedara allí, bien quietecita, recibiendo un buen arrimón en las nalgas. La cara se le puso de todos los colores. —No creo que una mujer que vive en este edificio deba preocuparse por el dinero —dijo el Gasista. —No se crea —Mariela habló con naturalidad, como si el sujeto no le estuviera acariciando el estómago, acercándose peligrosamente a sus tetas—. Este departamento me lo consiguió un familiar, él paga las expensas. Yo vivo gracias a la pensión que me dejó mi difunto marido… y no es mucho. Así descubrí que Mariela no era solterona, sino viuda. —Bueno, pero si es el dinero lo que le preocupa, siempre podemos llegar a un acuerdo. El Gasista le dio un arrimón tan potente que obligó a Mariela a apoyar las manos sobre la mesada de la cocina. El tipo logró aferrarse a esas grandes tetas. —Mire, no sé qué tiene en mente —dijo Mariela—; pero creo que se hizo una imagen errada de mí. Yo no pretendía… —Señora… si le contara la cantidad de veces que vi amas de casa haciendo el mismo jueguito, para conseguir un buen pedazo de pija, se quedaría helada. —Pero yo no estoy haciendo ningún jueguito —el tipo estaba moviéndose detrás de ella como si la estuviera cogiendo, sé que no hubo penetración porque él tenía el pantalón puesto; pero seguramente ella sintió muy bien ese pene erecto contra su concha—. Yo soy una mujer “bien”. —¿Bien qué? ¿Bien puta? —¡No, claro que no! —se la vio claramente ofendida—. Yo no soy ninguna puta. Voy a tener que pedirle que se vaya… —Vamos, señora, ya somos grandes. No hace falta que le demos vueltas al asunto. ¿Usted quiere chupar pija un rato? Le puedo ofrecer la mía. Seguramente debe ser de las que se tragan toda la leche… —¡Para nada! Jamás haría algo así… yo no ando chupando… esas cosas. —¿Me va a decir que en todos sus años nunca se comió una buena pija? —Nunca. —¿Y nunca fantaseó con hacerlo? —Mariela se quedó muda—. Ah, me parece que sí… —el Gasista se abrió la bragueta y dejó salir su v***a ya bien erecta, comenzó a frotarla entre los labios vaginales de la mujer, mientras con otra mano le sobaba una teta—. Señora, admita que usted está re caliente y que se muere de ganas de probar una buena v***a. No se haga la difícil, esto queda entre usted y yo. Se lo prometo. Abra la piernas, déjese coger un rato, pásela bien… y yo le arreglo la cocina gratis. ¿Qué le parece? Mariela dudó durante unos segundos. Debió ser un momento muy duro para ella, yo sí creía que ella era una mujer “bien”, una mujer que no suele andar acostándose con extraño y, mucho menos, chupándoles la v***a. Sin embargo algo habrá provocado el Gasista en ella; tal vez fue que le hubiera prometido que todo quedaría en secreto; o bien porque el arreglo de la cocina sería gratis; yo me inclino a pensar que fue porque Mariela se sentía muy sola. Ella cerró los ojos y se mordió el labio inferior, fue como si estuviera diciendo: “Sé que hacer esto está mal; pero no lo puedo evitar”. Bajó su tanga lo justo y suficiente como para que ésta cayera al piso, separó las piernas y apoyó otra vez las manos sobre la mesada. No dijo nada, no era necesario hacerlo. El Gasista acomodó su grueso y venoso m*****o entre los labios de Graciela. Por suerte había una cámara que me permitía ver todo esto bastante bien, aunque no tan bien como me hubiera gustado. Pero esto es parte del voyeurismo, una debe adaptarse a lo que consigue espiar, y en ese asunto me considero una privilegiada. Por supuesto que acompañé el momento haciéndome una buena paja… esa es otra las bases del voyeurismo. Hasta ahora no conocí ninguno que no se masturbara al conseguir espiar a otras personas teniendo sexo, si la situación se lo permite. Mariela soltó un potente gemido cuando esa v***a entró por primera vez en su concha. Fue un sonido que simbolizó el alivio de la energía s****l acumulada por años. Imagino que ella se habrá sentido de maravilla al ser penetrada de esa manera. Como el Gasista era un tipo poco sutil, no anduvo con vueltas. Se aferró a las grandes tetas de la mujer y empezó a darle duras embestidas, haciendo que el carnoso cuerpo de Mariela temblara con cada penetración. Ella comenzó a gemir como una actriz porno y estoy segura de que lo hizo porque lo sentía. Probablemente habían pasado años desde su última actividad s****l con otra persona y el Gasista le estaba dando una cogida maravillosa. Esto siguió durante unos minutos y de pronto el tipo se detuvo, con la v***a aún dura. —Bueno, tengo que irme. Después pasaré a buscar la cocina.
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