Narra Emma
—Este lugar es muy exclusivo ¿lo sabías?
—Pues…
—De seguro es la primera vez que vienes aquí —comenta el “caballero” que mi madre pintó como un buen tipo para mí—. Es normal que te sientas asombrada por traerte aquí, de ser tú también lo estaría.
—En realidad vengo con cierta frecuencia, es que trabajo para…
—¿Te gusta la langosta?
Asentí mordiendo mis labios, no me deja hablar. Albert es un parlanchín que no sabe escuchar.
—La ultima vez que estuve en Dubái comí la langosta en su mejor presentación. Desde entonces, tengo los estándares tan altos que nada supera aquel exquisito sabor.
—Me imagino.
Meneaba mi copa de vino deseando que el tiempo se pasara rápido. No puedo creer que esté en esta situación cuando tengo cosas más importantes que hacer en mi casa. Por esto me enoja que mi madre siga haciendo estas cosas, no sabe en los aprietos que me pone por su constante insistencia de que me comprometa.
Miraba de reojo a la mesa del vecino y charlaba plácidamente con sus amigos. Este sonreía y brindaba con las personas que se había reunido.
Pedí unas pastas napolitanas clásicas, le daba vueltas a mi tenedor y me tomaba mi tiempo para llevar las pastas a mi boca. Casi que estoy jugando con la comida.
—Estás muy callada, no sé nada de ti.
—Es que no me has dejado hablar —dije de forma directa.
—¿Disculpa?
—Desde que pasaste a recogerme no has dejado de mencionar tu interesante vida, tu genial empleo y tus ingresos que te permiten viajar a comer langosta a Dubái.
Él se torna incómodo ante mis palabras.
—Vaya, no quiero que lo malentiendas, es que… bueno, soy muy conversador; casi que ni me doy cuenta de lo mucho que puedo decir, pero no creas que soy de esos tipos egocéntricos, para nada. En realidad, soy bastante humilde, pero bueno eso lo descubrirás más adelante.
¿Cuál más adelante? Esta es la primera y la última vez que nos veremos —pensé mientras lo observaba como mi boca fruncida.
—Háblame de ti.
—Nah, mi vida no es tan interesante. No quiero aburrirte.
Tener una cita con una persona que no es compatible en absolutamente nada, se siente igual que una tortura.
La cena termina y mis oídos ardían, Albert no se cansa de presumir.
—Tengo en mi apartamento una botella de vino Cabernet Sauvignon, ¿Quieres acompañarme?
—No.
—Pensé que podemos charlar un poco más, quizás conocer un poco más de ti. Si me voy, créeme que estaré intrigado al punto de no poder dormir.
—Lo siento, eres muy amable, pero no puedo.
—Es una lástima, pensé que esta noche podríamos…
—¿Ya nos vamos? Se hace tarde, ¿no crees?
Miraba la hora para que vieran mi afán.
Albert no parecía muy contento, sin embargo, levanta su mano para que el mesero le dé la cuenta. Mientras él sacaba el dinero de su cartera, vi que Benjamín se levantaba de la mesa con sus amigos, desde su lugar me observa y levanta su mano en señal de despedida.
Mi tortura no terminaba, todo lo contrario; apenas estaba comenzando.
De regreso al edificio, Albert insistía en que era una maravillosa idea ir a su casa a tomar vino.
—La verdad estoy interesado en conocerte, me resultaste más hermosa de lo que esperaba. Mi abuela me habló tanto de ti, que empecé a creer que eras irreal, pero eres muy hermosa; Emma.
Rodé mis ojos y miré por la ventanilla para ver qué tan lejos estaba.
—¿Qué harás mañana?
—Tengo que trabajar.
No le daba oportunidad para un próximo encuentro si eso es lo que espera.
—Pero no creo que trabajes todo el día, ¿Qué harás por la noche?
—Trabajar, trabajar y más tarde… Oh, trabajar.
—¿No duermes?
—No.
Me crucé de brazos y no me volteé a verlo, ya me estaba sintiendo irritada. Antes de llegar al edificio el auto empieza a bajar la velocidad y su insistencia no para.
—Emma, no quiero que acabe la noche.
Su mano llega a mi pierna y tan pronto sentí la calidez de su tacto, abrí la puerta del vehículo y lo forcé a detenerlo para bajar.
—Muchas gracias por todo, Albert. La cena estuvo deliciosa. Vuelve con cuidado a tu casa.
Bajé de su auto y caminé a toda prisa, pero al no escuchar que continua su camino, me detengo y volteo hacia atrás.
—Espera, Emma. No tenemos que despedirnos tan pronto. Si no quieres ir a mi departamento, quizás yo pueda ir al tuyo, charlar y tomarnos algo ¿Qué dices? La vista desde tu balcón debe ser muy bonita.
—Lo siento, es que comparto el apartamento con alguien más y no quiero incomodar. Ya es muy tarde ¿no deberías irte?
Di un paso atrás, pero Albert me detiene de la muñeca.
—Espera, Emma, no te vayas aún… creo que al menos merezco una despedida mejor ¿no crees?
Él se acerca más de lo que debe e intenta besarme, pero esquivo mi rostro.
—¿Qué haces?
—Es solo un beso, no tienes que alarmarte, creo que al menos eso merezco por invitarte a un lugar como ese a cenar. Con eso me conformo.
—¿Qué?
¿El muy idiota pensaba cobrarme la invitación pasando la noche con él y por eso se conformaba con un beso?
—¿Me estás cobrando la invitación? Porque de ser así, puedo devolverte lo que costó mi plato y algo más por la gasolina.
Tomé mi cartera para sacar dinero, pero este parece avergonzado.
—No, como crees. Solo intento irme con un beso, vamos, no es para tanto.
Él intenta acercarse una vez más y estaba dispuesta a darle una bofetada, pero no fue necesario.
—¿Hay algún problema? —pregunta el vecino apareciendo de repente.
—No, ninguno que te incumba.
Albert mira a Benjamín de pies a cabeza.
—¿Estás bien? —me pregunta el vecino mirándome a mí.
Asentí y bajé la cabeza.
—La señorita ya quiere entrar a su departamento, creo que deberías retirarte.
—¿Por qué te estás involucrando en donde no te han llamado?
—Estás acosando a una mujer en medio de la noche, así que tengo que involucrarme. Ya la oíste, no quiere nada contigo; así que fuera de aquí.
—¿Me estás corriendo?
—Sí, así es. Largo de aquí.
—¿Quién te crees para correrme? ¡¿Eh?! Yo me voy cuando quiera, más bien, tu largo de aquí, nadie te ha llamado.
En el momento que Albert sube el volumen de su voz, me empecé a preocupar.
—Soy el dueño del edificio y el espacio donde estás, me pertenece. Fuera de aquí o llamaré a seguridad.
Albert parece enojado, pero, aun así, él intenta acercarse a mí. Benjamín toma mi mano y me hace tras él evitando que Albert me toque.
—Me voy, está bien, pero no lo haré porque tú lo pides. Te llamaré Emma.
Benjamín es un hombro fornido, creo que un golpe suyo debe doler.
Albert se retira y Benjamín no se aparta de mí hasta asegurarse que el hombre sube a su auto y se aleja.
—Espero que no le contestes si llama, que poco hombre —dice el vecino en voz baja.
Una vez más, él salvándome de situaciones incomodas.
—Siento mucho esto, no tenía idea que era un cretino.
—Parece que mi misión en este edificio es salvarte el pellejo ¿no?
—Gracias, por… esto es vergonzoso.
—No, está bien. Mejor déjame acompañarte a tu apartamento, no sea que te topes otro acosador por el camino.
Me reí de su comentario y volví a agradecer.
—Lo manejaste bien, sonó real eso de “Soy el dueño del edificio” —intenté remedarlo con una sonrisa forzada que oculta la vergüenza.
—Eso no es una mentira, en teoría lo soy. Bueno, son de mi familia, pero pronto seré el CEO de los edificios y hoteles Russell.
Abrí mi boca en forma de O por el asombro.
—¿De verdad? Vaya, yo…
Lo miré y eso tenía sentido para mí, por eso todos estaban como locos por su mudanza.
—Por lo que vi, tu cena fue un fracaso.
—En general todo lo fue, debo ser sincera.
—Debes ser más cuidadosa, no siempre puedo estar cerca para destrancar puertas y salvarte de hombres.
Lo miré con seriedad y él se ríe.
—Es broma, pero sí, sé más cuidadosa.
Llegamos a nuestro pasillo y cada quien iba en dirección a su apartamento.
—Bueno, ya debo entrar. Una vez más, muchas gracias.
Él me sonríe y al tiempo entramos a nuestros apartamentos.
No sé si el mal rato me quitó el sueño, pero no quería ir a la cama. Así que fui directo al balcón para ver la vista, la luna se ve bien esta noche.
—¿Tampoco tienes sueño? —lo escucho una vez más.
Benjamín estaba en su balcón tomando una cerveza.
—No, aún no.
—¿Quieres una cerveza? Quizás charlar un poco nos ayude dormir ¿Qué dices? Una cerveza mientras me cuentas de donde sacaste al galán de esta noche ¿Qué te parece?
Contuve una sonrisa y asentí.
—Me parece un pésimo tema de conversación, pero sí, aceptaré esa cerveza.