Capítulo 5: No me desagrada

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Narra Emma —¿Por qué tu madre te busca un esposo? —Cree que el tren se me está pasando. —No te ves tan vieja, ¿Cuántos años tienes? —Veintiocho años, estoy en la flor de mi juventud —dije dándole un trago a mi cerveza. —Tú madre tiene razón. Enchiné mis ojos y lo miré rayada. —Es broma. En realidad, estás en una edad prudente para muchas cosas, pero si no deseas un compromiso, está bien. Seguro tus razones son válidas. —Lo son, en este momento de mi vida no tengo tiempo para el amor. Con el tiempo me di cuenta lo valioso que es un segundo de mi vida y me prometí no desperdiciarlo nunca más en hombres que no me aportarán más que intranquilidades. Ahora solo quiero ser ascendida en mi empleo. —Bien, esperemos que así sea. ¡Salud por eso! Levanté mi botella y volví a darle un trago. —Oye, ¿tú tienes novia o estás comprometido? Él niega con su cabeza. —Es lo que mi padre quiere, pero no, aún estoy soltero. La diferencia es que él no me presiona al punto de buscarme citas con mujeres desconocidas. Creo que muy en el fondo sabe que es complejo para mí, normalmente estoy viajando de un lugar a otro ocupándome de sus negocios. Veía ante mis ojos a un hombre de buena familia que no tenía preocupaciones. —¿Cuánto llevas aquí? Estuve el año pasado como una semana y no te vi. Me quedo siempre en este mismo lugar y estaba alguien más. —Llevo ocho meses, antes vivía en un sector menos agradable. —¿Por qué? —Porque los seres humanos que no somos de linaje como tú, debemos trabajar como mulas para pagar deudas, ahorrar y luego es que podemos escoger donde estar. Este edificio estaba en la lista de las cosas que quería, pero tuve que pagar mi auto y eso me tomo un tiempo, y ahora aquí estoy. —¿A qué te dedicas? —Soy diseñadora de modas. —Oh, interesante. —¿Dónde trabajas? —Trabajo para… Mi móvil empezó a sonar y tuve que pausar la conversación. —Dame un segundo —dije volviendo al interior de mi apartamento. —¿Bueno? —Emma, lo he estado pensando y tienes razón. —Olivia, ¿pasó algo? Es casi media noche. —Lo sé, pero estado pensándolo y hasta ahora me decido. Tú tienes razón. —Estoy perdida, ¿Razón en qué? —Sobre Coco, tienes razón en eso de dar el primer paso. Lo he pensado todo el día y ya lo decidí, el fin de semana le pediré que nos veamos. —Excelente, no pierdes nada. Con mi móvil pegado a mi oreja me asomé al balcón para asegurarme de que el vecino siga ahí. —Me quiero ver sexy, hermosa, quiero que me vea como antes. Quiero tener suerte; quizás darle un beso o como tú dijiste, quizás pueda despertar en su casa. Las preocupaciones de Oli son muy diferentes a la mía, lo que es tener la vida resuelta. —Sí, justo así. Pero igual no te pongas en una bandeja para él, espera a sus señales y cuando te de oportunidad le dices. Sé que todo te saldrá bien. —Gracias, Emma. Sabía que podías escucharme. Corté la llamada y acomodé mi cabello para volver al balcón. —Era una amiga, siempre llama a contarme sus crisis. Benjamín se levanta de su asiento y se inclina hacia mi lado del balcón para darme otra cerveza. —¿Arreglaron tu puerta? —No, en realidad está igual. Le pedí al administrador, pero en realidad no es el más eficiente. —Así es mi tío Roberto, es un bastante perezoso. Mi padre intentó ayudarle, lo dejó a cargo de otros empleos, pero fue un desastre; donde mejorcito le ha ido es aquí y sin embargo mira. Espero no haber expresado mal del administrador antes, no tenía idea que eran familia. —Pero es buena persona, la verdad. —Déjame ayudarte con lo de la puerta, vivir solo me obligó a aprender muchas cosas. Voy por mis herramientas y te ayudo con eso. No esperó una respuesta, solo se levantó de su asiento y entró por lo que dijo. —No es… ¿Benjamín? Un minuto después, sale al balcón con una pequeña caja. —Sostén esto. —No, ¿Qué haces? No pensarás cruzar por… El sube al barandal y salta a mi balcón, morí por un momento ante el nervio que sentí. —¿Cómo haces eso? Es muy peligroso, ¿sabes cuantos metros de alturas hay? Si hubieses caído… —Pero no me caí. Él toma la caja de herramientas y entra a mi apartamento. —¿De verdad lo puedes arreglar? —No lo dudes. Benjamín abre su caja de herramientas y saca un par de destornilladores, se agacha frente a la cerradura y empieza a soltarla. Me hice a un lado para observarlo y por un momento dejé de ver lo importante para enfocarme en sus brazos. Podía ver sus músculos por la fuerza que estaba ejerciendo. Ventilé mi rostro porque empecé a sentir calor. No sabía que un hombre se veía tan… tan varonil arreglando una puerta. Tragué sonoramente y enfoqué su rostro, los gestos que hacía; como mordía sus labios cuando… —¿Me puedes pasar ese tornillo? —¿Eh? Salí de mi trance y traté de enfocarme en el mundo real. —Ese tornillo, ¿puedes pasármelo? Me acerqué me incliné a un lado de él y tuve sus brazos blancos y musculosos frente a mi rostro. Tomé el tornillo, lo puse en su mano y rápidamente di varios pasos hacia atrás. —Oh, creo que la cerveza me dio calor. Esto de estar en abstinencia empieza a pasarme factura. —Listo, ya quedó. Benjamín abrió y cerró la puerta un par de veces y sí, la pudo arreglar; la verdad no le tenía fe. —Gracias, te debo una más. Él sonríe y recoge sus cosas. —Bien, si necesitas algo más puedes avisarme. De verdad sé de todo un poco. Asentí con una sonrisa tonta en mi rostro. En el momento que lo vi marcharse, pensé que debía agradecerle con algo, era lo más correcto. —Oye, ¿mañana te gustaría desayunar conmigo? Bueno, aquí. Es que mi madre me trajo mucha comida y sería triste que se dañe y deba tirarla a la basura. Okey, no soy la mejor en estas cosas, pero tampoco que me quiero mostrar tan obvia. —Sí, claro que sí. —Y por favor, entras por la puerta principal. No quisiera tener tu muerte en mi conciencia si llegas a resbalar y caer al vacío. Benjamín se ríe de mi comentario y asiente. —Bien, así será. Bien, ya no me desagrada. Sí, no nos conocimos de la mejor forma, pero es un buen vecino. Creo que me cae bien. La mañana siguiente desperté más temprano para hacer el desayuno, inicié con un poco de café, eso no falta en un desayuno parisino; hice jalea para las tostadas y tomé unos cruasanes que me dio mi madre, con las naranjas que también me trajo ella, hice un poco de zumo e improvisé con un poco de fruta picada. Saqué algunos quesillos y jamones e hice una tabla para que se viera todo más bonito. Escucho la tostadora y me doy la vuelta para sacar las rebanadas de pan. —Huele bien —escucho de repente. —¡Carajo! —solté espantada al ver a Benjamín aparecer en mi cocina—. Casi me matas del susto, ¿Cuándo entraste? —Acabo de llegar, vi que la puerta del balcón estaba abierta y quise ahorrar tiempo. Solté un suspiro y negué con mi cabeza. —¿Necesitas ayuda? —Sí, ayúdame a poner la mesa. Él todo voluntario, toma los platos que ya estaban listos y los va llevando a la sala. Buscaba un vaso más porque como estoy aquí todo el tiempo sola, uso una sola cosa de todo, un vaso, un tenedor u cuchillo, etc. Abrí mi gaveta y me hice en puntas de pie para alcanzar otro vaso más, pero por más que esforzaba, solo podía rozar el cristal con la punta de mis dedos. —Déjame ayudarte. Vi el brazo de Benjamín aparecer por un lado y sobre pasar mi mano, juro que sentí en mi espalda el calor de su pecho. —Aquí tienes —dice como si nada mientras que yo me he quedado sin aliento.
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