El frío pareció contar con intenciones de romperle los huesos, aún así, elegía estar allí, en las afueras de aquel club de strippers, que seguir mortificándose por la hora en su interior. Solo tras revisar su bolso con cuidado, se percató de que tenía su celular allí, apagado. No podía imaginarse la cantidad de llamadas que había recibido de su madre.
Lorena mordió sus labios al tropezar con el largo de su propia falda. Odiaba vestir así. Odiaba que su padre le obligase a recoger su cabello, obligaba tener que usar aquella ropa tan holgada.
Odiaba tener veinticinco años y encontrarse al borde de un colapso nervioso porque sus religiosos padres la castigaría duramente al darse cuenta de que se encontraba en un club de strippers en lugar de preparándose para su futuro como monja.
Lorena se abrazó a sí misma, permitiéndose llorar bajo el crudo manto de la soledad. Aquel sería el peor día de su vida, pensó, pero desconocía las propias intenciones del destino.
***
Los labios de Thiago envolvieron con desesperación el cigarro.
La angustia crecía en su pecho, no se permitía disimularla de alguna forma. No tenía algún deseo de ir a frotar su cuerpo contra ninguna mujer. De la única mujer de la que quería estar cerca, era de su madre.
Thiago apretó los dientes al pensar en ella. Un ángel que había caído en las garras de un demonio. Una mujer que había permitido que mancillaran su belleza. Una familia rota por el alcohol y los vicios. Un padre en prisión. Un muchacho que se había refugiado en las calles y la violencia.
Aquella era su vida.
Thiago era uno de los strippers más seductores de aquel famoso club, pero aquel día no tenía algún vigor para fingir. Su padre había sido liberado tras haber pasado casi veinte años en prisión. Él iría tras su madre, de nuevo. Por más que Thiago tratase de protegerla, su padre iría por ella cuando más vulnerable se encontrara. Aquella era la raíz de su frustración. Una infancia rota. Un padre maltratador. El pequeño que siempre se juró proteger a su madre no podía permitirse romper su promesa, aunque los años hubiesen transcurrido y él fuera un adulto que treinta años que se suponía debía de hacer su vida.
Thiago arrojó el cigarrillo al suelo, pisándolo.
Las once y veinte, marcó el reloj. Su turno no se había acabado aún, pero se iría de allí. Tenía que idear una manera de salvar a su madre de la oscuridad que sabía que se avecinaba. Tenía que ser la antorcha para que la negrura no los sofocara de nuevo. Tomar un préstamo e irse lejos era una idea tentadora, especialmente cuando él no tenía nada que lo aferrara a aquella ciudad, ni mujer, mucho menos hijos. Él había tomado la decisión de jamás tener hijos, porque no podía permitirse ser como su padre.
El cabello oscuro del hombre se agitó a medida que caminaba con rapidez hacia la salida.
Los dedos suaves de una habitual clienta del lugar lo frenaron.
—¿A dónde vas, mi precioso?
La fría mirada de Thiago se posó en ella.
—Me iré de aquí. Mi turno ha terminado.
—Tu turno acaba a las una de la mañana, ¿por qué te vas? ¿Sabes que puedo delatarte?
El aroma a licor que emanaban los labios de aquella clienta asqueó al hombre. La paciencia lo abandonó.
—Haz lo que quieras.
A peso pesado caminó hacia la salida, sus ojos se postraron en su motocicleta, la cual estuvo a punto de prender, hasta que una voz femenina capturó su atención.
—No, no… no sé en donde estoy, Virginia. Tampoco s-sé como llegar… por el cielo… mamá me matará, cree que estoy contigo… no… por supuesto que no… solo vine aquí a celebrar la despedida de soltera de Vilma, pero… ella está ebria y… mi Dios. Dios. Dios. No sé que hacer, no sé como llegaré a casa, si no aparezco hoy, papá será el que mate… sí, sí, fui a donde ella a decirle que me lleve, dos veces, pero está ebria… no sé que… —Thiago observó como la muchacha alejó el teléfono de su oreja, mascullando algo que él no consiguió entender desde la distancia que los separaba, la cual no era demasiada—. ¡Mi Dios! ¡Misericordia!
La voz de la muchacha se quebró. El sonido de llamada sonó. Los ojos de ella se cubrieron de espanto. Ignoró la llamada, era de su madre. Era la llamada número cuarenta de la noche. Sabía que estaba en demasiados problemas.
Thiago se plegó de hombros, decidiendo restarle importancia, pero justo cuando se pretendía ir, observó como alguien empezó a aproximarse por la espalda hacia aquella muchacha de falda inexplicablemente larga y apariencia inusual para alguien que frecuentara sitios así.
El hombre liberó un exhausto suspiro. Aquella muchacha debía ser nueva por allí, porque solo eso explicaría el hecho de que no supiera lo peligroso que era sacar un celular a aquellas horas, en un lugar como aquel.
Thiago apretó sus puños. No era tan hijo de p uta para dejar que le robaran, aunque no la conocía, no haría aquello con nadie.
Solo fue necesario el sonido de los pesados pasos del hombre, para ahuyentar rápidamente al ladrón, así como para causar un respingo en la muchacha.
Thiago se percató de que aquella era la misma con la que había tropezado hace poco.
Liberó un sutil suspiro. La tensión se reveló en los ojos del hombre.
—No puedes tomarte la libertad de sacar un teléfono a estas horas —le advirtió—. Mucho menos aquí, sola. Harán más que robarte, créeme. Mucho más. Este es un sitio de mujeres solitarias, no para ellas. No sé si me entiendas. No tendrás dicha para la próxima.
Sin permitirle alguna respuesta, él empezó a alejarse hacia su moto, dejándola pasmada allí.
Viéndolo alejarse, ella mordió sus labios. No tenía dinero para irse de aquel club. Sus "amigas" estaban lo suficiente ebrias como para no llevarla a su vivienda, y si quería sobrevivir a la golpiza que le darían sus padres, debía de llegar a su casa, aquel día. De aparecerse en la mañana, no habría nada que la salvase.
Así que, orillada, nerviosa e impulsiva, Lorena ejecutó algo que jamás imaginó.
—¡Espera! —Thiago se frenó cuando escuchó la voz de la muchacha; ella empezó a correr hacia él—. Por favor, espera…
—¿Qué es lo que quieres, muchacha?
Thiago posicionó su tatuada mano en la motocicleta, ansioso de irse de allí.
Lorena se llenó de aire. Apretó sus puños, masticó sus labios. Era aquello, o nada.
—¿A dónde vives?
Él enarcó una ceja. Ella quiso arrancarse los labios por lo que estaba haciendo.
—¿Por qué te diría eso?
—Por favor… solo dime… por favor…
Irónicamente, aquel desconocido stripper era la única alternativa de aquella futura monja.
—En el centro de la ciudad —se limitó a decir, observando un brillo nacer en los ojos de la muchacha—. ¿Me conoces de algún lado? —Ella negó de manera trémula—. ¿Entonces por qué hablas conmigo? ¿Para qué quieres saber en dónde vivo? ¿Acaso el bastardo de mi padre te envió? Dile que tenga las malditas pelotas de preguntarme por sí mismo. Estúpido imbécil.
—¿Qué? No… no me envió… tu padre… es s-solo q-que… solo… —Ella carraspeó su garganta—. ¿Podrías llevarme contigo en tu motocicleta al centro de la ciudad?