Inmediatamente pronunció aquellas palabras, anheló poder cortar su propia lengua.
Jamás se había visto a sí misma con el valor —ni la locura— de pedirle a un completo desconocido que la llevara en su motocicleta, pero se encontraba privada de alternativas, así que había tenido que recurrir a medidas desesperadas que la llenaban de vergüenza. Era en el centro de la ciudad en donde ella vivía, una vez allí, sabría manejarse, pero no podría llegar sino sabía cómo, y aunque supiese cómo, no sabría quien podría llevarla.
—¿Disculpa? —preguntó él, mirándole una vez más desde los pies a la cabeza; aquella muchacha de aspecto religioso, no parecía la clase de mujer que anduviera pidiendo aventones, al contrario, parecía el tipo de persona que lo juzgaría hasta el cansancio por la manera en la que se ganaba la vida—. ¿Llevarte en mi moto?
En realidad, él no tenía algún problema con llevarla, el único inconveniente, era que una sensación en su pecho, le indicaba que aquellos ojos femeninos, aunque preciosos, estaban cargados de juicios. Él odiaba los juicios, siempre era víctima de ellos.
—Por favor, juro que jamás volveremos a vernos en nuestra vida… s-si quieres te pago, pero… debo llegar a mi casa, no tengo un centavo encima… yo… yo podría… no lo sé… —Ella se ofuscó, imaginar el castigo que le esperaba, resultó aterrador—. Yo solo necesito llegar a casa… por favor… por favor, yo… —Lorena empezó a morderse las uñas; la última vez que había desobedecido a sus padres, habían marcado en ella tantas heridas que, aunque habían transcurrido tres semanas, estas aún seguían visibles. La voz de la futura monja empezó a romperse, sus ojos empezaron a bañarse de lágrimas y Thiago aún no terminaba de comprender exactamente qué sucedía—. Por favor, señor…
—Está bien, está bien —aceptó él, elevando las manos en señal de derrota; no recordaba la última vez que había llevado a alguien en su moto, jamás imaginó que la primera sería una muchacha con aspecto de monja que no parecía contar con la capacidad de dejar de llorar—. Súbete, rápido.
—Dios lo b-bendiga… —masculló ella, intentando regular el volumen de su agitada respiración; el nudo en la garganta apenas le permitió hablar—. Por favor, arranque… por favor…
Gritos. Plegarias. Dolor.
Aquellas tres palabras describía el futuro de ella, y Lorena estaba al tanto de eso. Un amargo presentimiento le decía que el castigo que recibiría aquella noche, sería el peor de todos.
—Póntelo.
Thiago le entregó un casco. Él aún no renunciaba a la idea de que todo aquello algo tenía que ver con su padre, pese a esto, era estúpidamente sensible, aunque nadie lo supiera. Ni siquiera era capaz de ver a una persona llorando.
El hombre situó sus dos enormes manos en el volante de la moto, encendiéndola con vigor.
Un grito se desprendió de los labios de Lorena, que fue tomada por sorpresa por el violento sonido.
Cuando Thiago giró, se encontró con la trémula muchacha dedicándole una aterrada mirada. Jamás en su vida se había subido a una motocicleta. Conocía el nombre y apariencia, por una revista que había leído una vez sin la autorización de sus padres.
—¿Sucede algo? —preguntó él, ocultando de manera perfecta lo hilarante que le resultaba el hecho de que ella luciera aterrada.
—N-no… no p-pasa nada… —masculló—. Vámonos, p-por favor.
Thiago giró su cuello, regresándolo a donde se suponía era el camino.
La moto del hombre rugió una vez más, pero al arrancarla, el sonido de algo cayéndose lo frenó.
Volvió su cuello, encontrándose con la muchacha arrojada en el suelo.
—¿Pero qué diablos sucedió?
Ella, muy pocas veces había tenido contacto con hombres, por lo que naturalmente, no se permitiría a sí misma abrazarse o al menos sostenerse adecuadamente del conductor de aquella moto, no cuando apenas vestía una fina franela. Aquello había sucedido.
Entre jadeos de dolor, Lorena se levantó del suelo con la ayuda de Thiago, que sonrió para sí mismo, cargado de curiosidad por aquella muchacha. Le dedicó una dura mirada, batallando para encontrarse con sus ojos, los cuales ella mantenía postrados en el suelo.
—Tienes que sostenerte, sino te vas a caer.
Ella se congeló. Aunque sus padres no se encontraban allí, habían inculcado en ella un miedo indeleble: serás monja, no puedes mantener contacto con algún hombre. Únicamente el necesario, con los hombres de la iglesia. Solo con ellos. Los demás hombres, solo quieren poner en ti la semilla del mal para después abandonarte.
Las palabras eternas de su padre la ensordecieron. Anheló huir de sí misma.
—¿Y bien? —preguntó Thiago ante la ausencia de respuesta por parte de Lorena—. ¿Vas a subirte o me voy?
La brusca voz del hombre la sacudió. Aquella mirada tigre examinando su cuerpo, despertó un camino de temblores en la muchacha.
—Voy a s-subir… lo s-siento…
La joven arregló su falda, peinó su cabello, secó el comienzo de unas trémulas lágrimas y se subió de nuevo a la motocicleta. Él anheló decirle que se estaba subiendo de la manera incorrecta, pero eligió guardar silencio. Ella se sentó de lado, pero luego vio que no era demasiado cómodo ni factible. Así que abrió sus piernas, batallando con sus demonios internos y abrazándose de manera delicada al stripper.
«Mis padres me matarán».
—Tienes que hacerlo fuerte, sino te caerás de nuevo —le advirtió él, jamás había pensado que tendría que darle lecciones de aquella naturaleza a alguien—. La velocidad a la que voy es muy rápida, solo por eso te pido que te agarres bien —explicó, ante la mirada desconfiada de la muchacha; ella respiró profundo, llevando sus trémulos dedos hasta las costillas de Thiago y aferrándose a él con fuerza—. Bien, vámonos.
El stripper encendió la moto, alejándose como un trueno de allí, como todas las noches. La única diferencia, era que aquella noche, llevaba a una particular muchacha en la parte de atrás de su motocicleta. La futura monja que cambiaría el rumbo de su vida, aunque él lo desconociera.