BESO ROBADO
El plan estaba funcionando con una precisión aterradora. La "Educadora" ya estaba operando, despejando el camino, quitándole peso de encima. Dylan estaba recibiendo la calma que yo le negaba deliberadamente.
Me encerré en mi cuarto y saqué el cuaderno de "El Proyecto". Con manos temblorosas, escribí una nueva entrada:
Candidata 2: Clara.
Perfil: El Espejo / La Restauradora.
Ventajas: Extrema sensibilidad, parecido físico sutil, madurez emocional. Habla el idioma del arte de Dylan.
Riesgos: Su empatía es su mayor peligro; podría descubrir que no tengo endometriosis, sino algo peor, si se acerca demasiado a mí.
Observación: Ella es el as bajo la manga. Si Dylan rechaza la frialdad técnica de Ana por sentirla demasiado ajena, Clara lo capturará a través de la nostalgia.
Escuché las risas de los niños abajo, mezcladas con la voz paciente de Ana explicándole algo a Martha sobre su dibujo. Escuché a Dylan preguntar algo sobre el menú de la cena, su voz sonaba menos tensa que por la mañana. El sonido de una familia funcionando sin su madre, o más bien, con una "madre de repuesto", me rodeó como un sudario de seda.
Me acosté en la cama, sintiendo una nueva oleada de dolor punzante en mi costado, como si la enfermedad estuviera reclamando su territorio con más fuerza ahora que yo estaba cediendo el mío.
Saqué las pastillas que Marcus me había dado para las crisis de dolor y me tragué dos sin agua, dejando que el amargor me quemara la garganta.
Mientras la química empezaba a nublar mi mente y a relajar mis músculos tensos, una imagen se formó con una nitidez cruel en mi pensamiento: Dylan, años después, caminando por un jardín bañado por la luz del atardecer, cogido de la mano de una mujer que se parecía a mí, pero que tenía la risa serena y no tenía la muerte corriendo por sus venas. Una mujer que no le mentía, una mujer que no lo obligaba a dormir solo.
—Uno de los dos ganará, Dylan —susurré en la oscuridad de la habitación, sintiendo cómo el sueño inducido por los fármacos me arrastraba—. O la lógica eficiente de Ana o la sensibilidad restauradora de Clara. O quizá, otra…Pero te juro, por lo que me queda de vida, que no te dejaré solo con el frío de mi ausencia.
Esa noche, por primera vez en días, no lloré. Me quedé vacía, hueca como un árbol seco, observando cómo la sombra de la hoja ocre que había guardado en mi mesa de noche parecía crecer en la pared, devorando la poca luz que quedaba en mi exilio voluntario.
El casting continuaba, y yo me estaba convirtiendo en la espectadora más celosa, desesperada y eficiente de mi propia desaparición.
Durante los siguientes días, la casa de los Miller se convirtió en una máquina de precisión suiza. Ana no era solo una empleada eficiente, era una máquina de precisión.
A las siete en punto, el olor a tostadas integrales y café recién molido inundaba la cocina. A las siete y cuarto, los uniformes de los niños, planchados con una simetría militar, esperaban sobre sus camas. No había gritos, no había calcetines perdidos, no había rastro del caos vibrante y humano que solía definir nuestras mañanas.
Desde mi refugio en la habitación de invitados, yo observaba el éxito de mi plan con una mezcla de triunfo y agonía. Ana era tan eficiente que estaba borrando mi rastro.
Había reorganizado la alacena, cambiado el detergente por uno con un olor neutro y, lo más doloroso, había instaurado un sistema de "puntos de comportamiento" para los niños que parecía haberles robado la risa.
El silencio que ahora reinaba en la planta baja no era el silencio de la paz, sino el de la disciplina. Y Dylan, mi dulce y caótico Dylan, se estaba ahogando en él.
Esa noche, el eco de sus pasos en el pasillo me advirtió que el muro estaba a punto de ser puesto a prueba. Escuché el pomo de la puerta girar. No tocó la puerta ni esperó permiso. Entró en mi habitación con el cabello revuelto y la camisa desabrochada en el cuello, una imagen de desesperación que me hizo querer saltar de la cama y refugiarme en su pecho.
—No puedo más, Louisa —soltó sin preámbulos. Se quedó de pie al pie de la cama, proyectando una sombra alargada bajo la luz tenue de la lámpara de noche.
—¿De qué hablas, Dylan? Son las once, deberías estar descansando —respondí, fingiendo una voz somnolienta y cargada de irritación.
—Hablo de ella. De Ana. —Dylan pasó una mano por su rostro, frotándose los ojos con notable cansancio—. Es una pesadilla de orden. Los niños están tensos, Lu… Martha lloró hoy porque Ana le dijo que su dibujo era "anatómicamente incorrecto" y Luca se encerró en su cuarto para no tener que cumplir con su horario de lectura obligatoria que ella le implantó…. Esa mujer no es una asistente, es una extensión de su escuela, una sargenta que ha convertido nuestra casa en un cuartel.
Me incorporé lentamente, fingiendo que cada movimiento me causaba un dolor insoportable.
—Es psicóloga, Dylan. Sabe lo que hace. Los niños necesitan disciplina ahora que yo no puedo dárselas.
—¡No necesitan disciplina, necesitan a su madre! —exclamó él, dando un paso hacia adelante—. No me agrada Ana, Louisa. Ella no encaja aquí. Su presencia es fría, es rígida... me hace sentir un extraño en mi propia sala. Despidela. Por favor, Lu, despídela mañana mismo.
Mi corazón dio un vuelco. Era el momento. Ana había cumplido su propósito: ser el contraste necesario para que él deseara desesperadamente un cambio. El terreno estaba listo para Clara.
Una parte sádica dentro de mí se alegraba de que no eligiera a Ana.
—Está bien —dije, suspirando con una frialdad ensayada—. Si vas a estar quejándote como un niño malcriado cada vez que intento organizar este desastre, la despediré. Pero no pienses que voy a volver a encargarme de todo. Contrataré a otra persona. Ya tengo a alguien en mente.
Dylan guardó silencio un momento, como si mis palabras fueran puñales que no terminaba de comprender. Mi rechazo constante estaba empezando a mellar su espíritu, pero su amor era una bestia terca que se negaba a morir.
Pensé que se iría. Pero él no se retiró. En lugar de eso, rodeó la cama y, antes de que pudiera reaccionar, se sentó a mi lado. Su cercanía me golpeó como una ola de calor en medio del invierno.
Antes de que pudiera apartarme, tomó mi rostro entre sus manos. Sus palmas estaban tibias, callosas por el trabajo, y sus pulgares acariciaron mis mejillas con una delicadeza que me hizo temblar.
—Sé que esto debe ser muy doloroso para ti, Lu —susurró, con los ojos empañados por una ternura que me partió en dos—. Sé que el diagnóstico te tiene asustada, que el dolor te vuelve otra persona... pero no es justo que me alejes así. Siempre hemos enfrentado todo juntos. Los problemas económicos, las enfermedades de los niños, los miedos... siempre fuimos un equipo.
Sus ojos buscaban los míos, suplicando por una r*****a, por un gramo de la Louisa que él conocía y que extrañaba.
—Pero esto no, Dylan —dije, apartando sus manos de mi cara con una brusquedad que me dolió más a mí que a él—. Esto es mi cuerpo, es mi dolor y es mi proceso. No hay "nosotros" en este diagnóstico. Hay una mujer enferma que necesita que dejes de asfixiarla con tu compasión.
Me giré, dándole la espalda, ocultando las lágrimas que amenazaban con desbordarse. Podía sentir su respiración agitada detrás de mí, su incredulidad convirtiéndose en una chispa de rabia herida.
Él se levantó y dio dos pasos atrás, molesto, herido en lo más profundo de su orgullo y su devoción. Se quedó allí, mirándome fijamente a la espalda, y por un momento pensé que se iría y me dejaría sola con mi mentira. Pero Dylan nunca hacía lo esperado.
Sin que yo pudiera preverlo, me tomó del hombro, me obligó a girarme y sin que yo lo esperara, me besó.
No fue un beso suave de buenas noches. Fue un beso largo, profundo, cargado de una urgencia desesperada de amor que se ahoga en su pecho.
Un beso que sabía a café, a anhelo y a una lucha feroz contra mi rechazo. En ese beso, Dylan me estaba recordando quiénes éramos; estaba reclamando el territorio con su boca, reclamaba mi alma, tratando de exorcizar el demonio en el que me estaba convirtiendo.
Fueron unos minutos eternos, dónde mis defensas cayeron. Le devolví el beso con la misma intensidad, aferrándome a sus brazos como si fueran los restos de un naufragio y mi vida dependiera de ese momento. Fue mi último acto de verdad, mi despedida silenciosa.
Cuando finalmente se separó, estaba sin aliento. Sus ojos brillaban con una determinación feroz. Y yo, lo alejé, como si su tacto me lastimara.
—No importa lo que hagas, Lu, o cómo te comportes conmigo —me dijo, su voz resonó en la habitación con la fuerza de un juramento—. No me importa cuántos muros levantes o cuántas asistentes extrañas metas en esta casa... yo nunca voy a dejar de amarte. Y no voy a rendirme contigo.
Se giró y salió de la habitación, tirando la puerta con un estruendo que pareció sacudir los cimientos de la casa.
Me quedé allí, temblando, con el sabor de su amor aún quemándome los labios. Me toqué la boca con los dedos, sintiendo el calor que él había dejado.
—Eso lo veremos, Dylan —susurré hacia la puerta cerrada—. Eso lo veremos.
Dos días después, Ana se había ido. No hubo despedidas emotivas; le pagué la semana completa y ella recogió sus cosas con la misma eficiencia estéril con la que había llegado. Dylan parecía aliviado, pero esa paz duraría poco.
A las once de la mañana, Clara llamó a la puerta.
Si Ana era el invierno, Clara era la promesa de una primavera suave pero peligrosa.
Cuando abrí la puerta, la luz del sol golpeó su cabello oscuro, creando reflejos que me hicieron dudar por un segundo si estaba frente a un espejo de mi propio pasado.
Vestía un vestido de lino color crema y traía consigo un aroma a trementina y flores silvestres.
—Hola, Louisa —dijo ella, con esa voz musical que ya me había cautivado en la cafetería.
—Pasa, Clara. Tu habitación está lista.
Esta vez, no hubo manuales de instrucciones rígidos. Solo la dejé ser. Clara se movió por la casa con una naturalidad que me dio escalofríos. No reorganizó la alacena; simplemente puso un jarrón con flores frescas en la mesa del comedor. No impuso horarios de lectura; se sentó en el suelo con Martha a dibujar, permitiendo que la niña manchara sus dedos de carboncillo.
Cuando Dylan llegó esa tarde, el ambiente en la casa había cambiado drásticamente.
El jazz suave de Miles Davis flotaba en el aire, mezclado con el aroma de un estofado casero que olía exactamente como el que yo solía preparar los domingos.
Dylan entró y se detuvo en el umbral de la cocina. Clara estaba de espaldas, tarareando la melodía mientras servía el vino. Por la forma en que se movía, por la caída de su cabello sobre los hombros, por la curva de su espalda... por un instante, el corazón de Dylan se detuvo.
—¿Lu? —preguntó él, con un hilo de voz lleno de una esperanza dolorosa.
Clara se giró lentamente, regalándole esa sonrisa tímida y cálida que yo había seleccionado con tanta precisión.
—No, Sr. Miller. Soy Clara. Louisa me contrató para ayudar con el hogar —dijo ella, acercándose para entregarle la copa de vino—. He oído que le gusta el jazz. Espero que no le moleste que haya puesto un poco de música.
Dylan se quedó mudo, con la mano extendida hacia la copa, mirando a Clara como si estuviera viendo a un fantasma o a un milagro. Vi desde las sombras del pasillo cómo sus dedos rozaron los de ella al tomar el cristal. Vi la chispa de confusión y reconocimiento en sus ojos.
El anzuelo estaba en el agua. Y Clara, mi "Espejo", acababa de empezar a restaurar la obra dañada que era mi marido, exactamente como yo lo había planeado.
Pero esa sensación, en lugar de darme alivio, me mataba de celos.