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LA ESPOSA DE MI MARIDO

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​Seis meses para morir. Cinco candidatas. Una sola elegida.

​Louisa tiene la vida que siempre soñó: un esposo devoto, Dylan, y tres hijos que son su mundo. Pero el destino no entiende de finales felices. Tras un diagnóstico devastador, Louisa recibe una sentencia de muerte: le quedan seis meses de vida.

​Atrapada por el trauma de su propia infancia y el miedo a dejar a su familia a la deriva, Louisa toma una decisión desesperada y audaz: ella misma encontrará a la mujer que la reemplace. No quiere que sus hijos lloren sobre una tumba, quiere que rían en los brazos de una nueva madre.

​Para lograrlo, debe ejecutar un plan maestro de dolor y engaño:

​La gran mentira: Fingir una enfermedad crónica —Endometriosis— para justificar su alejamiento físico y emocional, matando poco a poco el amor de Dylan para que él pueda mirar a otra.

​El casting: Bajo la fachada de buscar una "asistente de hogar", Louisa entrevistará y pondrá a prueba a cinco mujeres.

​El sacrificio final: Entregarle su vida, sus hijos y al hombre que ama a una desconocida antes de que su último aliento se apague.

​¿Podrá Louisa soportar ver a su marido enamorarse de otra mientras ella aún respira? ¿Es un acto de amor supremo o una locura imperdonable? En esta carrera contra el reloj, Louisa descubrirá que desprenderse del corazón es mucho más difícil que morir.

​"No voy a dejarles un vacío. Voy a dejarles un futuro... aunque me cueste el alma en el intento".

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CUANDO LAS PALABRAS SANGRAN
​CAPÍTULO 1 CUANDO LAS PALABRAS SANGRAN ​El pasillo del hospital San Vicente no era solo un corredor de concreto y pintura blanca; era un limbo donde el tiempo se detenía para unos y se aceleraba cruelmente para otros. Olía a una mezcla penetrante de desinfectante cítrico, ese que intenta en vano enmascarar el rastro del miedo silenciado y la enfermedad. Esa mañana, mis pies pesaban como si arrastrara grilletes invisibles forjados con meses de angustia. Cada paso que daba sobre el piso de mármol brillante, tan limpio que podía ver mi propio reflejo distorsionado, resonaba en mis oídos como una sentencia anunciada en una sala de ejecución. ​Había caminado por ese pasillo muchas veces antes. Había venido por las vacunas de mis hijos, por los chequeos de rutina de Dylan, por las pequeñas emergencias que se solucionan con una venda y un beso. Pero hoy el aire era más denso, casi sólido, difícil de filtrar hacia mis pulmones. Hoy caminaba como quien va al patíbulo, con la nuca fría y la certeza absoluta de que el hacha ya estaba levantada, esperando solo el momento de descender. ​Era absurdo que tratara de negarlo por más tiempo. La negación es un refugio cómodo, una manta caliente bajo la cual nos escondemos de los monstruos que sabemos que están en la habitación. Llevaba meses postergando lo imposible. Había ignorado los pinchazos de dolor que atravesaban mi vientre como agujas de cristal, las fatigas sin sentido lógico que me dejaban sin aliento tras subir un solo tramo de escaleras, y ese presentimiento aterrador, una sombra líquida que se me instalaba en la boca del estómago cada vez que miraba a mis hijos jugar en el jardín. Los miraba correr, tan llenos de vida, tan ajenos a la fragilidad de la existencia, y un nudo de pánico me apretaba la garganta. ​Pero la sospecha, hoy, finalmente tenía fecha de caducidad. Mi engaño voluntario, esa máscara de normalidad que me esforzaba por mantener frente a Dylan, terminaba detrás de la puerta de madera de nogal que tenía frente a mí. El letrero dorado, pulido con una eficiencia cruel, rezaba: Dr. Marcus Saavedra. ​Me detuve a escasos centímetros del pomo de la puerta. Podía sentir el calor de mi propia respiración golpeando la madera. Un suspiro cargado de una amalgama de emociones —terror, cansancio acumulado y una pizca de rabia contra la injusticia del universo— me recorrió la espina dorsal, erizándome el vello de los brazos. ​—Aún tienes tiempo, Louisa. Puedes irte —me susurré a mí misma, con la voz quebrada, apenas un hilo de sonido que se perdió en el zumbido del aire acondicionado. ​En ese instante, me imaginé dando media vuelta. Me vi a mí misma corriendo hacia el estacionamiento, esquivando a las enfermeras y a los pacientes con sus batas pálidas. Me vi subiendo a mi auto, encendiendo el motor y conduciendo sin rumbo, dejando atrás la ciudad, dejando atrás las responsabilidades, hasta que el tanque de gasolina se vaciara en medio de la nada. Por un efímero e injusto instante, cerré los ojos y me vi lejos de allí. No en ese hospital de nubes grises y olor a muerte, sino frente al mar. ​Cerré los ojos con tanta fuerza que vi destellos de luz. Por un segundo, pude sentir el aroma a sal golpear mi olfato y el viento húmedo despeinar mi cabello. Me imaginé observando, asombrada, un hermoso atardecer donde el cielo se desangraba en púrpuras y naranjas intensos, un espectáculo final antes de la oscuridad. ​—Ese es el lugar donde quiero estar en este instante… No aquí. No así… No ahora —murmuré, sintiendo la primera lágrima traicionera resbalar por mi mejilla. ​Me mordí el labio inferior con fuerza, buscando el dolor físico para despertarme de la fantasía. El sabor metálico de la sangre me devolvió a la realidad del San Vicente. Miré hacia atrás, por encima de mi hombro, recorriendo con una sola mirada la sala de espera. Estaba llena de extraños sumidos en sus propias tragedias, pero vacía de conocidos. No había ningún familiar conmigo; no estaba Dylan, ni mi hermana, ni mi padre. Había decidido enfrentar esto sola. ​No quería manos apretando la mía con esa lástima que se siente como una bofetada. No quería ver ojos llorosos que reflejaran mi propio fin, ni escuchar esas frases motivacionales vacías de contenido: "Todo estará bien", "Eres una guerrera", "Dios les da sus peores batallas a sus mejores soldados". Esas mentiras no iban a lograr animarme. Yo quería la verdad cruda, sin filtros de piedad, sin nadie que me hiciera sentir más débil de lo que ya me sentía. Quería saber a qué monstruo me enfrentaba sin que la compasión de mis seres queridos nublara mi juicio. ​—Okey, aquí vamos —exhalé, forzando a mis pulmones a retener un poco de aire, como si fuera la última vez que estarían llenos de esperanza. ​Giré el pomo. El mecanismo hizo un clic seco que, en el silencio de mis nervios, me pareció el disparo de salida de una carrera que no quería correr. Al entrar, el consultorio de Marcus se sentía pequeño, claustrofóbico. Él estaba revisando unos papeles sobre su escritorio, con el ceño fruncido bajo sus gafas de lectura. Al verme, se enderezó de inmediato, dejando el bolígrafo sobre la mesa con una delicadeza que me puso los pelos de punta. ​Supe en ese instante que me estaba observando más allá de la piel. Marcus no solo era mi médico; era el hombre que me había visto crecer, que conocía mis miedos de niña y mis sueños de mujer. Sus ojos buscaban en los míos el rastro de la enfermedad que él ya conocía por los fríos números de mis análisis. ​—Hola, Marcus —dije, y fingí una sonrisa. Fue una mueca de agonía, un esfuerzo muscular que me dolió más que cualquier pinchazo. ​—Hola, Lu. Siéntate, por favor. ​Su tono de voz lo dijo todo. No fue el saludo cariñoso del amigo de siempre, ese que solía bromear sobre lo rápido que crecían mis hijos. Tampoco fue el saludo del médico profesional que da una bienvenida de rutina. Fue un tono fúnebre, cargado de una gravedad que se sentía como una losa de cemento sobre mi pecho. Un saludo agrio que me golpeó con la fuerza de un impacto físico. ​“Bien, aquí voy”, pensé, sintiendo que mis rodillas finalmente cedían. Me desplomé en la silla frente a él, dejando que mi bolso cayera al suelo con un ruido sordo, un eco de mi propio desmoronamiento. El silencio que se instaló entre los dos fue denso, casi sólido. Podía oír el segundero del reloj de pared marcando el tiempo, cada tic-tac robándome un segundo de la vida que me quedaba. ​—¿Cuánto? —solté sin preámbulos. Mi voz no tembló esta vez; sonó con la frialdad de quien ya ha aceptado el naufragio y solo quiere saber cuánto tiempo tiene antes de que el agua le cubra la cabeza. ​Marcus se acomodó en su silla de cuero n***o, buscando una postura relajada que no logró encontrar. Entrelazó las manos sobre el escritorio, pero yo había visto la tensión en sus hombros y la sombra de la tristeza en su mirada. No podía engañarme; lo conocía demasiado bien como para no ver que estaba roto por dentro al tener que darme esta noticia. ​—Tienes solo seis meses, Luisa —dijo finalmente. Su voz parecía venir de muy lejos, como si me hablara desde el otro lado de un túnel—. Seis meses antes de que esto... antes de que explote. El avance es agresivo, Lu. Más de lo que esperábamos. La metástasis ha empezado a comprometer órganos que no podemos intervenir sin acelerar el final. ​—Seis meses —repetí. La cifra sonaba ridícula, un error matemático. Seis meses para resumir una vida de treinta y cuatro años. Seis meses para decir adiós a décadas de planes, de viajes que nunca haríamos, de ver a Martha graduarse, de ver a Luca enamorarse por primera vez, de escuchar a Sebastián decir sus primeras frases completas. ​—Llamaré a Dylan para que venga por ti —empezó a decir él, extendiendo la mano hacia el teléfono con urgencia. ​—¡NO! —grité, golpeando el escritorio con la palma de la mano. Marcus se sobresaltó, deteniendo el movimiento en seco—. ¡Te prohíbo que lo hagas, Marcus! Tú sabes cómo es él. Dylan es sensible, se entrega demasiado. Si se lo dices ahora, se pondrá nervioso, empezará a volverse loco, a buscar curas milagrosas en el fin del mundo, a gastar lo que no tenemos en falsas esperanzas. No podrá asimilarlo. No quiero escuchar su desesperación... todavía no. ​—Debe saberlo, Lu... —insistió Marcus con una suavidad que me dolió—. Él es tu esposo. No puedes ocultarle algo como esto. Es una carga demasiado pesada para llevarla sola, te va a destruir antes de que la enfermedad lo haga. ​—Lo sé. Pero lo conozco mejor que nadie —respondí, bajando la voz hasta un susurro cargado de determinación—. Pero no ahora. Dylan no sabrá nada de esto hasta que yo lo decida. Tengo que preparar el terreno para lo que viene. Tengo que asegurarme de que, cuando yo no esté, su mundo no se detenga. ​Guardé silencio, pero lo que mis palabras no decían, mis gestos lo gritaban. Estaba trazando un plan en mi mente, una arquitectura de engaño nacida del amor más puro y retorcido. Marcus frunció el ceño, recostándose en su asiento. Sus ojos se entrecerraron con la sospecha de quien detecta una anomalía en un latido. ​—Lu, te conozco desde que éramos niños. Esa mirada tuya... ¿Qué estás pensando? Te conozco bien. Algo estás tramando, lo sé. Dime qué tienes en la cabeza… Luisa, prométeme que no vas a intentar quitarte la vida. ​Me quedé helada por un segundo. Esa idea, la de un escape rápido, era una constante en mi cabeza desde que empezaron los dolores, pero no de la forma que él pensaba. Lo que yo planeaba no era una sobredosis de pastillas, sino algo mucho más lento y doloroso: un s******o emocional. ​—No, Marcus... no haré eso. No podría —mentí a medias—. No voy a atentar contra mi vida. ​—Prométemelo Luisa. ​Levantando la mano derecha, como si estuviera ante un tribunal supremo que juzgaría mi alma por el resto de la eternidad, dije: ​—Le prometo, doctor Marcus Saavedra, que no intentaré quitarme la vida. —Suspiré hondo, sintiendo un nudo de lágrimas secas en la garganta, y completé la frase para mis adentros: “Aunque sí tenga que arrancarme el corazón para salvar el de ellos”. ​Había tomado una decisión. Una locura, lo sabía, pero no veía otra salida. Iba a construir un puente antes de que el fuego llegara a la otra orilla. Iba a buscarle una madre a mis hijos y una esposa a mi marido. El tiempo era un lujo que ya no poseía, y cada segundo que pasaba en esa oficina era un segundo menos de mi nueva y desesperada misión.

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