—No puedes hacer eso —suelta Matteo, la mandíbula tensa, como si estuviera conteniéndose de gritarme. —Siéntate, abre bien los ojos, y mira cómo lo hago —refuto, sin molestia en disimular el veneno en mi voz. Podría agradecerle el haberme salvado la vida y seguro que lo haré más adelante, pero en cuánto a Loretta, no voy a ceder. Yo la metí en este infierno y voy a ser yo quien va a sacarla, aunque tenga que arrastrarme sobre vidrios rotos para lograrlo. —Detén el auto —ordena, con evidente furia ante la manera en cómo aprieta los dientes. Él chofer pisa el freno tan abruptamente que el impacto me lanza hacia el asiento de enfrente. Mi mano sujeta la ventana enterrandome uno de los vidrios rotos. Matteo abre mi puerta y me agarra del brazo como una muñeca de trapo y me arrastra lej

