—¿Dónde está tu anillo? —pregunta de nuevo, apretando mi mano y volviendo a su voz tan helada que me corta más que cualquier grito. No necesito verlo para sentir cómo su mirada me atraviesa. Me quedo quieta. El silencio entre nosotros es tan denso que parece que va a quebrarse. Mi respiración se acelera. Cada músculo me grita que corra, pero ¿a dónde? Su mano me toma del cabello con fuerza, me obliga a alzar el rostro. Entonces su mirada va hasta mi hombro donde está la mordida del traidor. Sus ojos, tan oscuros, se dilatan. Se vuelven abismos. —¿Quién...? —Hace una pausa mientras pasa su dedo por encima de la mordida, gimo por el dolor que me causa—. ¿Quién te marcó como si fueras suya? No respondo ni parpadeo. Solo lo miro, retándolo con mi silencio. —¿Fue Franco? —y antes de que

