7. Crónicas de un director loco.
Cuando se me pasó mi minuto de rabia, es decir, cuando dieron el timbre para volver a entrar a las clases, tuve que tomar varias bocanadas de aire para lograr tranquilizarme y pensar en lo que acaba de hacer.
Bien, les había declarado la guerra a los azules.
Oh, en qué problema estaba metida. Pero tampoco pensaba echarme para atrás. Quizá me había pasado un poco con todas las palabras hirientes que dije, porque en parte sabía que no todos los azules eran así. Debía haber una persona buena, que simplemente era popular por su carácter cariñoso.
—¿Ya estás mejor, Shey? —escucho que me pregunta Jordan del otro lado de la puerta. Trago saliva y me echo más agua de lavamanos del baño de mujeres.
—¡Sí, no tardo! —grito en respuesta. Jordan y yo teníamos juntos la siguiente clase, así que él dijo que me esperaría a que saliera del baño en un intento por calmarme. Se lo agradecía, pero estaba muy segura que me iban a castigar y no quería que a Jordan le pasara lo mismo.
El profesor de la clase de Química, aunque no había estado en esta escuela, se había hecho un azul. En mi defensa, en verdad no sabía que los maestros también estaban divididos. Cada vez me resultaba todo más tonto y patético.
Me moría por saber la historia del por qué Paint estaba así, pero esas respuestas parecían tenerlas solo la abuela de Levi o la de Jordan y Sharpay.
Salgo del baño y le doy a Jordan una sonrisa fingida, porque aún tenía un nudo en la garganta que me oprimía completamente. Aún no estaba bien del todo. ¿Qué me pasaba? Jamás había participado en una guerra, ¿qué tendría que hacer?
Estábamos afuera del salón de la clase de Literatura, cuando las bocinas que estaban por toda la escuela se ponen en verde indicando que alguien dará un anuncio.
—Se solicita a Sharpay Mitchell, Hunter Morrison, Jordan Mitchell y Sheidy Cassie en dirección —escucho que resuena y cierro mis ojos con una mueca. Ya me he metido en problemas. Seguramente nuestro numerito había llegado a oídos del director por las chismosas cocineras. Sí, de las cocineras y ahora estábamos en problemas con el director.
Jordan me mira con una sonrisa ladeada y hace un gesto para que nos encaminemos a la dirección. Su repentina confianza tiene el mismo efecto en mí, así que le sonrío con seguridad y asiento. Justo cuando estábamos por girar sobre nuestros talones e ir a dirección, la puerta se abre tras nosotros dando paso a Sharpay y a Hunter que tiene sonrisas prepotentes en su rostro.
Por primera vez, me dedico a examinar a Hunter de una manera más rápida y concisa que la última vez. Tiene un cabello rubio ceniza increíblemente lacio y con una hermosa caída. Sus ojos son entre verdes y azules. Sus facciones definidas y sonrisa encantadora. Sí, es muy guapo. Podría incluso besarlo si no fuera tan detestable.
Dejo de mirarlo cuando Jordan toma mi mano para que nos alejemos de ellos y vayamos frente.
Llegamos a la dirección y en vez de escuchar el monótono ruido que suelen hacer los empleados, las fotocopiadoras o los papeles engrapándose, nos encontramos con que todo está en silencio. Todo. Los empleados están de brazos cruzados cuando nos ven entrar, pero sonríen, increíblemente. Luego, poco a poco vemos que la maestra que identifico como Química Avanzada alza una tarjeta roja, que al principio no sé qué significa.
El empleado que está al lado de ella —creo que es el secretario— alza una tarjeta azul. Cuento a tres empleados más que alzan la roja, otros dos la azul. Así, poco a poco, dirección se va llenando de tarjetas azules y rojas alzadas.
Aunque en estos momentos Sharpay y Hunter son mis enemigos mortales, nuestras reacciones son bastante parecidas. Todos nos quedamos completamente boquiabiertos. Esto sí que no nos lo esperábamos.
—¿Qué...? —murmura Hunter.
—Yo tampoco entiendo nada —le murmuro en respuesta y creo que son las únicas palabras que él y yo cruzamos sin que quiera darle un golpe en su cara.
—Jóvenes, por acá —indica otra señora saliendo de donde sé que está el director. Es la misma que me aconsejó el día anterior que no me metiera con Sharpay Mitchell. Ella parece ser la única que no trae tarjeta, pero cuando paso a su lado, me guiña un ojo y tomo eso como que está del lado de los rojos.
Si algo me había quedado claro en este lugar es que nadie puede estar neutral, siempre apoyarás a un bando sin importar qué persona seas, porque siempre pertenecerás a un bando. Supongo que siempre participaremos en un grupo de personas, y está bien, el problema surge cuando los grupos se ven como enemigos. Porque después de todo todos somos personas con diferentes gustos y modos de vida, ¿no? ¿Qué problema de dejar vivir su vida a cada persona sin necesidad de declaración de guerra?
Entramos a dirección donde el director Eric nos esperaba sentado viendo unos papeles. Tomamos asiento y Hunter y Jordan quedan a mis costados. Cuando él nos observa en su dirección, en vez de mirarnos mal, nos sonríe y deja de lado sus papeles.
—Sharpay Mitchell —mira a la aludida quien le da una sonrisa sin mostrar los dientes—, Hunter Morrison —él le sonríe de lado con diversión al director—, Jordan Mitchell —Jordan rueda los ojos con una sonrisa en los labios—. Increíble, tengo a los hermanos Mitchell en dirección —Eric suelta una carcajada como si eso fuera particularmente divertido. Después, me mira a mí—. Y Sheidy Cassie —me sonríe.
Por un momento creí que me miraría con decepción porque ayer mismo me había estado dándome la bienvenida y ya era demasiado pronto para meterme en problemas, pero al parecer su expresión era todo lo contrario.
—Todo el mundo está hablando de su hazaña.
—Pero si eso acaba de suceder hace media hora... —Sharpay alza una ceja.
—Las cocineras son unas chismosas de voz veloz, las subestimamos —bromea Hunter en mi oído y tengo que reprimir con todas mis fuerzas las carcajadas que se asoma por mis labios.
Nos quedamos en silencio. Estaba segura que Jordan y yo estábamos hasta sudando frío por los nervios de estar en dirección, sabía que él no era de los que se metía en problemas así porque sí. Casi queríamos lanzarnos hacia el director y rogarle clemencia, que sería mejor que nos mandara al Laberinto —porque éramos igual de detergentes que Thomas y sobreviviríamos— a que nos mandara a detención. O al menos yo sentía eso, ¿la única?
—Si creen que están aquí porque voy a mandarlos a detención, están en un error —trato de ocultar mi suspiro de alivio, pero es imposible—. Sheidy, te dije que hicieras un cambio, y felicidades, lo lograste. Bienvenida a la guerra civil de la secundaria Paint —me sonríe y me es inevitable no devolverle el gesto—. Estoy muy orgullosos de ustedes.
—¿Qué? —digo yo.
—¿Qué? —dice Sharpay.
—¿Qué? —dice Jordan.
Pero nadie se esperaba la reacción de Hunter.
—¿Cómo dices que dijiste?
Jordan y yo compartimos una mirada cómplice por la referencia de Hunter de Hannah Montana.
—¿Entonces qué hacemos aquí? —inquiere Jordan tratando de desviar el tema, y con algo de nervios también. Lo sabía, él quiere ir a Laberinto y ser detergente como yo.
—Los maestros ya han tomado un bando, igual que los alumnos, así que, como capitanes de rojos y azules, creo que necesitarán esto —nos pasa unas cinco hojas a cada uno donde están los nombres de alumnos con n***o y la de los maestros o intendentes de dorado. Todos con un color al lado, rojo o azul, todos clasificados—. Y esto —nos pasa otra hoja, esta es verde. Trae un pequeño calendario y algunas fechas marcadas—. No subestimen que sus maestros estén en la guerra con ustedes, los ayudarán. Intentaremos aprovechar esta guerra civil para que estudien materias como historia, valores, química, física, educación física, matemáticas y algunas más. Tendrán que dejar de pensar que las materias que les imparten sólo sirven para cosas aburridas del futuro. ¿Quién dice que la escuela no es un lugar apto para una guerra civil?
Eso me hace sonreír.
—¿Y para qué es este papel verde? —pregunta Hunter.
El director Wensell carraspea.
—Es su calendario de competencias —explica y al ver nuestros rostros de "¿qué?", suspira y prosigue—. Si habrá guerra, será buena guerra. Hoy es... martes —corrobora en su teléfono—, el lunes son las Depolímpiadas —dice y mi rostro de "what?" se expande aún más. Jordan parece notarlo porque se acerca a mí y explica.
—Las Depolímpiadas son las competencias deportivas de la secundaria Paint de cada año en las que se selecciona a los que pasarán a las estatales.
Asiento, fingiendo que entiendo todo y que la vida es genial más en esta escuela cuando preferiría estar en el Laberinto para ser... ¡Detergente, ya entendimos! ¡Tu vida es caca en esta escuela, sí, nos quedó claro! Ahora, o prestas atención o te cacheteo. Ah, esa es la agresiva de Shei, mi mini-yo personal.
—Se dividirán en azules y rojos —explica él—, el ganador se llevará el punto ganador en esa categoría y la medalla —señala una linda y deseable medalla color oro que está colgada en una vitrina—. El viernes de esa misma semana serán las Matelímpiadas. Los concursos de matemáticas donde, también, rojos y azules competirán.
Todos asintieron, pero yo sólo podía pensar que si todas las demás competencias de esta escuela terminarían en "límpiadas".
—Y por último el lunes de la siguiente semana comenzarán las Bromalímpiadas.
¡AH! ¡¿ES EN SERIO?! ¿Ahora además de distópicos somos los dioses del Olimpo, o qué libélulas?
—Quien gane dos de tres competencias será coronado como el ganador de la realeza de la secundaria Paint —vuelve a sonreír. Es una de esas sonrisas cómplices que sé que traerá problemas—. ¿Qué dicen? ¿Están dentro de su propia guerra civil?
Nos quedamos un poco en silencio. Trago el nudo que tengo en la garganta y pienso en todas las cosas que podrá suceder si los rojos llegamos a ganar, podremos traer un cambio. Asiento y pongo mi mano sobre la del director al estilo chicos "scout". Jordan lo hace también segundos después, luego Hunter me mira, me sonríe e imita el gesto. Por último, lo hace Sharpay.
Estamos dentro, de nuevo, no hay vuelta atrás.
—Bienvenidos a la revolución de la secundaria Paint.
. . .
Después de nuestra extraña ida con el director, nos tocaba la clase de Literatura con la profesora Patty, así que como Hunter y yo compartíamos esa clase nos fuimos juntos, mientras que Jordan y Sharpay se fueron por otro lado.
—¿Estás lista para divertirte? —me pregunta Hunter. Me sorprende el tono que usa ahora conmigo, distinto a la última vez. Amable, casi respetoso, verdaderamente interesado por mis palabras.
—Supongo —me encojo de hombros—. No suele pasarme esto mucho, ¿sabes? Creo que será emocionante.
—Creo que quieren darnos una lección de vida —comenta Hunter—. Porque la sociedad también siempre te categorizará como alguien, te dará un apodo, un equipo, y de eso no podrás escapar. Pero de lo que sí podrás salir es de tu propio prejuicio. No ocupas cambiar lo que piensa el mundo, cambia tus pensamientos sobre el mundo.
Me quedo estática, viéndolo como si este Hunter fuera un clon bueno y amable del que puedo tomar su mano e ir a un jardín de flores y arco iris sin que haga una mueca o se queje. Sus pensamientos, sus reflexiones, es totalmente distinto al Hunter de antes.
—¿Y por qué no pones eso en práctica? —pregunto sin saber qué otra cosa decir.
—Algunas personas se nos dificulta más, Shey —dice, llamándome por mi apodo. Debo decirle que sólo me llaman así mis amigos, que él no es mi amigo, que me hizo daño, que es tonto e irreflexivo, pero suena tan bien viniendo de sus labios, que sonrío y trato de ignorar mi apodo—. Confío en que los rojos ganen la guerra civil. Los alumnos se merecen una adolescencia mejor.
No sé cómo tomarme eso. Él indirectamente se está poniendo de parte de los rojos, ¿verdad? ¿Será que eso es un plan para hacerme caer? ¿Para hacernos caer?
Pero no puedo cuestionarle algo más, porque abre la puerta del aula adentrándose en ella.
—Joven Morrison —lo detiene la voz del profesor. Se gira con expresión cansada hacia él. En ese momento, entro yo también esperando que a mí no me nota, pero lo hace y me llama—, jovencita Cassie.
Lo admitiré. Me sorprende que rápido me identificó el profesor al segundo día. Supongo que hacer una guerra civil en medio de la cafetería en la escuela, tiene claros beneficios.
—Llegan tarde y las parejas ya están formadas para el trabajo —indica él señalando a los demás alumnos, que, en efecto, están formados en parejas—, así que se juntarán ustedes dos para el trabajo extra clase —finaliza su orden y suelto un bufido inevitable.
—¡Pero no se puede! —chilla alguien al fondo del salón—. ¡Él es un azul y ella una roja! ¡Son enemigos! —Ni siquiera me giro para ver de quién es la voz. Me quedo viendo mis zapatos, con clara incomodidad.
—No me importa —el profesor rueda los ojos—. Ellos trabajarán juntos. Dentro de dos días más —explica ahora girándose hacia nosotros e ignorando los chillidos de la chica— presentarán un análisis crítico de la sociedad actual para el periódico en la sección: "La realidad", y hablarán de las divisiones que existen entre ellas.
Eso me toma como un golpe duro. ¿Quiere que hablemos de las diferencias de la sociedad y de lo mal que están cuando nosotros estamos en una guerra por una? Pero no hay tiempo de que pueda reclamarle una palabra más, porque el timbre suena y él toma sus cosas para salir volando como si de Flash se tratara. Los alumnos lo imitan. Noto que algunos me saludan y ya nadie sale cabizbajo del aula.
Vaya, algo sí que sucedió.
Miro a Hunter que es el único que no se ha ido del aula. Esperaba que se riera de mí o hiciera un chiste sarcástico, pero para mi sorpresa él está leyendo el papel de las cinco hojas que nos dieron con las copias de los maestros y en qué bando están.
—¡Shey! ¡Shey! —me llama, con voz preocupada. Camino hacia él, con mucha pereza, pero él tira de mi mano para que vea la hoja—. Mira, el profesor Hentezer de Literatura es el único que aparece con una raya gris en vez de rojo o azul.
¿Qué?
—¿Cómo? Se supone que todos deben tener una categoría —digo yo, arrebatándole las hojas para examinarlas.
—Shey, al parecer hay un profesor neutral.
—¿Y eso qué significa?
—Que la guerra civil tiene enemigos.