6. Entonces, guerra será.
Abro mis ojos lentamente pero el dolor de cabeza que me ataca entonces no me lo permite. Mi cabeza punza, y yo lucho por abrir mis ojos. Es una guerra. Ah, vamos, cabeza, deja de flojear y ayúdame por acá, ¿no?
—Shey, ¿estás bien? —escucho que Jordan dice mi nombre y tengo aún más ganas de abrir mis ojos.
—¿Despertó? —pregunta otra voz que identifico como la de Cindy.
—Parece que quiere abrir sus ojos, pero su cabeza no la deja —Reconozco a ella como Kara. Sí, es la voz de Kara. ¡Uh! Ella es una adivina, entendió lo que me sucedía. ¿Me leerá los párpados?
Hago de nuevo otro esfuerzo por abrir los ojos y lo consigo. Poco a poco los voy abriendo y tengo que poner mi mano sobre mi rostro porque la luz me ciega. A pesar de eso, me acostumbro con rapidez y analizo donde estoy.
Es una habitación blanca, estoy acostada en un pequeño e incómodo colchón azul y hay medicamentos por todas partes. Ah, estoy en la enfermería de la escuela. Recuerdo el golpe que me dio Hunter —que pagará muy, muy, muuuuy caro— y que todo se volvió n***o. Conmigo están Jordan —sentado en la silla de al lado de la camilla—, Cindy y Kara que están en el umbral de la puerta y David que está al lado de Jordan.
—¡Oh, Shey! —exclama Jordan cuando nota que me siento con algo de dificultad.
—Mi cabeza duele de moscas —balbuceo. Jordan me mira con una ceja alzada por mi insulto y es cuando caigo que he dicho "moscas". Me limito a sonreír, quiero rodar los ojos, pero el dolor de cabeza me lo impide de nuevo.
—Dijo la enfermera que cuando despertaras, te diéramos esto —dice David pasándome una pastilla y un vaso de agua.
Ni siquiera me molesto en preguntar, si me hará bien, con eso me basta. Me la tomo de inmediato y dejo el vaso al que todavía le queda un poco de agua en la mesita que está cerca.
—¿Te sientes mejor? —pregunta Jordan.
—Quitando el hecho de que la cabeza me duele de moscas y que aparte tengo un moretón enorme en mi frente, creo que estoy mejor que nunca.
Kara suelta una carcajada y Cindy se esfuerza por reprimirla. Jordan, a mi lado, sonríe y rueda los ojos.
—Ah, creí que serías una fresita insoportable —confiesa Kara secándose una verdadera lágrima por tanto reírse—, pero no, me agradas, Shey.
Sin saber si tomar eso como un insulto o un halago, supongo que ese es el carácter de Kara, así que le sonrío amistosamente sin rencor.
—Fresitas mis moscas —hago una mueca y Kara vuelve a reírse.
—Ese Hunter de verdad se pasó de la raya —se queja Cindy y se adentra un poco más a la habitación—. El golpe te ha dejado un gran morete, te ves espantosa.
—Gracias por el dato —asiento—. Le pediré a Hunter que me golpee la cabeza cuando quiera disfrazarme terroríficamente.
Cindy alza una ceja en mi dirección con esa sonrisa divertida y rueda los ojos. Kara, por otro lado, vuelve a soltar una de sus sonoras carcajadas.
—Eres imposible, Shey —Cindy chasquea la lengua y yo me encojo de hombros.
—No te preocupes, me vengaré con Hunter —afirmo bastante decidida. No se tiene tanta familia para nada. De algo me tienen que servir, al menos para ideas de venganza—. Él no puede lanzarme una pelota y salirse con la suya.
Jordan sonríe de lado y asiente.
—Quiero ayudar con eso—dice y mis ojos brillan.
Pienso abrir la boca para decir algo más, pero en ese momento, la enfermera toca la puerta de la habitación. Es joven y de cabello pelirrojo natural. Sus ojos verdes contrastan con la sonrisa que nos da. Parece realmente amable.
—Chicos, ya tienen que irse a sus clases —ordena ella y todos, aunque se quejan un poco, obedecen y salen de la habitación. La enfermera que por lo visto se llama Pamela por lo que dice su placa, se acerca a mí—. ¿Te sientes mejor, Sheidy?
—Sí —asiento llevando mi mano izquierda a mi cabeza para darle un corto masaje. Es increíble como una coleta puede incrementar un dolor de cabeza, así que me la suelto—. La cabeza ya no me duele tanto.
—Bien, ¿crees que ya puedas ir a las clases?
Aunque suene tentador el hecho de saltarme más clases, apenas es mi segundo día aquí y si de por sí ya estoy algo atrasada con algunas clases y tareas, no puedo atrasarme con ningún trabajo más. ¿Es que acaso quieren que explote al estilo Prim? Siento haber hecho spoilers, soy maligna.
—Sí, puedo ir a mi clase ya —digo y me levanto de la camilla. El dolor de cabeza se estaba volviendo más controlable y ya no me molestaba con punzadas—. Gracias, Pam.
Ella parece un poco sorprendida de que la haya llamado Pam y no Pamela o algo parecido, pero me gusta cómo suena Pam, así que le sonrío y salgo de la enfermería.
. . .
Resulta que no me había saltado tantas clases, sólo la de Educación Física —que lógicamente no terminé por mi golpe— y la de Salud, que esa sí estaba agradecida de no haber estado ahí. Había ido a la clase de Cálculo saliendo de la enfermería y habían pasado más clases hasta que por fin dieron el receso para ir a comer a la cafetería. Me estaba muriendo de hambre en la clase de Historia. Se escuchó rugir mi estómago por todo el salón y la maestra lo usó para demostrar el ruido que hacían los tanques de guerra al andar.
¿Entienden? Soy todo un tanque de guerra, vaya. Me inspiro a ser mejor persona.
Entro a la cafetería y trato de ignorar el hecho de las mesas de colores y como los rojos no dejan de estar cabizbajos, como si tuvieran algo de que avergonzarse. Yo, por mi parte, voy por mi comida y camino hasta la mesa roja 20 con mucho orgullo.
—Hey, Shey —saluda Jordan alzando la mano. Me siento justo frente a él y al lado de Cindy—. Con que eres un tanque de guerra, eh —se burla y ruedo los ojos. Jordan estaba al lado mío en la clase de Historia y escuchó mi estómago rugir. Tuvo que apretar los labios con fuerza para no carcajearse de mí.
—Ah, vamos, tantos golpes me dieron hambre —me quejo y Cindy despega la vista de su celular para sonreírme un poco.
—Shey —murmura Cindy, confidente—. Sé que sonará mal y eso, pero es que a Kara le ha bajado justo ahora y necesita ayuda en el baño. ¿Puedes ayudarle? Es que ya he empezado a comer —pide con una mueca de disculpa y señala su hamburguesa que ya está a la mitad. Asiento encogiéndome de hombros y me alejo con mi mochila de la mesa para entrar a los baños, donde se supone debe estar Kara.
—Kara —digo cerrando la puerta del baño tras de mí. Afortunadamente parece que no hay nadie, más que las inconfundibles botas negras de Kara.
—Ah, Shey —suspira con alivio.
—Kara, ¿te has manchado el pantalón? —pregunto, en voz baja, algo incómoda. Me ha pasado un par de veces y es realmente vergonzoso porque sientes que todo el mundo está viendo tu minúscula mancha.
—No, afortunadamente no —vuelve a suspirar con alivio—. Pero fue un mal día para que se me ocurriera no traer toallitas —la escucho bufar. Asiento sin importarme que ella no pueda verme y apoyo mi mochila en los lavamanos para sacar unas que yo sí traigo.
Una vez las tengo, se las paso a Kara. Tarda un par de minutos y luego sale del baño con una sonrisa un poco más suelta. Sé esa tranquilidad de saber que ya no se rebosará nada, que estás a salvo por un par de horas más. Ella se acerca al lavamanos para lavarse, mientras tanto yo termino de guardar un par de cosas que saqué en mi mochila.
—Gracias, Shey —ella me sonríe y cierra a la llave—. Las toallitas que dan en dirección son sólo para los Azules. Supongo que hasta en dirección les gusta reírse de que un rojo tenga una mancha roja —rueda los ojos, completamente fastidiada. Es ridículo, ¡hasta en dirección usan ese absurdo sistema!
—Es demasiado patético —bufo colocándome mi mochila para salir del baño. Kara me imita—. No es como si estuviéramos en los Juegos del Hambre o algo así para que nos tuvieran tan oprimidos —Kara vuelve a soltar una risotada justo cuando nos adentramos en la cafetería de nuevo.
—Ah, cómo me agradas, ricitos —ella se seca una lágrima, esta vez falsa. Como noto que se dirige hacia recoger su comida, la sigo yo también. En ese momento, recibo un mensaje de parte de Cindy.
Cindy: Tráeme otra hambuerguesa, tengo más hambreeeeeeeeee. No querrás que me coma la tuya, ¿verdad?
Abro mis ojos como platos.
Sheidy: No te atreverías...
Cindy: Oh, sí que lo haría.
Luego inserta una foto de mi hamburguesa con una mordida en la parte izquierda que definitivamente yo no le di.
Sheidy: Mendiga maligna come moscas...
Sheidy: De acuerdo, te llevaré otra.
Cindy: ¡Yupi! :D
—Y decían que yo era el tanque de guerra —farfullo pidiendo otra hamburguesa. Afortunadamente en esta escuela rara, tiene algo bueno sobre el hecho de que te dejan repetir plato. Ahora, si no me lleno, no me podré pedir otra hamburguesa, genial.
Kara espera que pida la hamburguesa para caminar conmigo hasta la mesa.
—Para Cindy, ¿verdad? —se burla ella y yo asiento refunfuñando cabizbaja.
El problema, es que como iba cabizbaja, no me di cuenta cuando mi cuerpo chocó con el de otra persona, y como Kara iba detrás de mí y nuestra comida fue a parar justo en la ropa costosa de una rubia y dos pelirrojas gemelas a sus costados.
Sharpay.
Oh, estoy frita.
—¡¿Qué te sucede?! —chilla ella indignada viendo como le he estropeado su atuendo. ¿Quién trae ropa de diseñador a la escuela? No tiene sentido.
No estoy en contra de que nos arreglemos, está bien que te peines y te pongas ropa bonita, tampoco tengo nada en contra del maquillaje suave, tampoco como payaso. Pero eso de venir a la escuela como si fueras a una pasarela... sigo sin hallarle sentido.
—¡Está ropa es muy costosa, asquerosa roja! —se quita el pan de la hamburguesa que le cayó sobre sus generosos pechos. Tengo que apretar mis labios para no soltar una carcajada—. ¡Me las vas a pagar, roja! —amenaza entonces. Y cuando creo que nos dejará ir con esa amenaza atormentándonos el resto de la vida, chasquea los dedos, y dos azules se levantan, nos arrebatan la mochila de un tirón y la empiezan a vaciar, haciendo que caigan todas nuestras cosas.
Si ya había empezado a molestarme demasiado, todo se fue a la basura y todo pasó demasiado rápido. Una bolsa oscura cayó de la mochila de Kara y palideció la chica. Pero palideció tanto que parecía que iba a morirse ahí mismo.
El azul parece darse cuenta y con una sonrisa odiosa, abre la bolsa y la vacía.
Creo que Kara se desmaya cuando un calzón blanco manchado completamente de rojo cae al suelo.
Abro mis ojos como platos y también palidezco. Kara había dicho que no se había manchado el pantalón, pero jamás le pregunté si el calzón también. Por lo visto, no llevaba toallitas, pero sí calzones de repuesto, y sin que le quedara de otra, tuvo que echar el manchado a esa bolsa oscura y guardarlo en lo más recóndito de su mochila. Es asqueroso, pero está pasando justo ahora.
Los azules se parten de la risa, soltando burlas sobre Kara que sé que la seguirán molestando hasta que salga de esta escuela. Los rojos, mientras tanto, parecen empáticos, porque están cabizbajos y con rostros tristes. Ellos también saben que Kara está arruinada.
Cuando veo a Sharpay carcajearse con fuerza, llevándose una mano a su estómago y secándose lágrimas de burla. Cuando veo a Hunter, más allá, también burlándose de la chica, entonces mi furia se enciende como no se había encendido ni cuando me dieron un pelotazo en la cabeza, ni cuando me enteré de las divisiones, ni tampoco cuando nos descendieron a la mesa 20, porque ahora Sharpay estaba dañando directamente a mi amiga, a Kara. La divertida y ruda chica que no merecía que le destruyera así su vida social.
—¿Y tú de qué te ríes, Sharpay? —ataco alzando la voz para que todas las risas cesen. Y lo hacen. Todas, absolutamente todas las miradas, incluso las de los rojos que nunca levantan los ojos, se concentran en mí, que me acerco con paso amenazante a Sharpay—. ¿Jamás has reglado aquí en la escuela? ¡A que sí! ¿O dime, no te baja porque has estado embarazada y te gusta abortar? —vuelvo a atacar. Sé que probablemente me he pasado con el último insulto, pero no soy yo la que está controlando las palabras que salen de mí.
Ella se pone roja de furia. Sonrío, complacida.
—¡Oh, disculpe, azul! ¡Es que a ustedes los tratan como reinas allá en dirección ¿no?! —muevo mis manos exageradamente. Sharpay se está enojando cada vez más y está alimentando mi coraje también—. ¿Pero saben qué? Ustedes, los azules que se creen tanto, que son “superiores" —hago comillas con mis dedos— en realidad son más miserables que nosotros. No, de hecho, nosotros no somos miserables. Somos más que ustedes, mucho más, porque no vamos por la vida insultando a los demás para esconder nuestras inseguridades como ustedes —señalo a los azules y me enfoco en mirarlos a los ojos. Todos, cada uno, está con la boca abierta y rostros rojos de furia—. No sé qué presumen. ¿Dinero? ¿Posición social? ¿Familia? ¡¿Y eso de qué patatas les servirá en la vida, sino para ser unos miserables corruptos odiosos como esos que todo el mundo odia?!
Kara pone una mano sobre mi hombro, porque sabe que ya estoy perdiendo mis casillas, que estoy explotando, pero no me calma. Lo que siento es demasiada furia que quiero sacar ya. Han pasado demasiadas cosas que me tienen cansada, harta, y tengo que sacarlos. Pero parece que Sharpay también está furiosa y dispuesta a dar guerra.
—¡Inspirador! ¡¿Y tú qué harás con tu vida?! ¡¿Ser una patética jardinera que se lamenta de todo lo que pasó en su absurda adolescencia?! ¡Nos tienes envidia, ese es tu problema! —chilla ella señalándome con el dedo. Los azules la vitorean, poniéndose de su parte. Cómo no, es su abeja reina. Incluso Hunter se levanta de la mesa y se acerca a nosotros.
—Los azules somos mil veces mejor que los rojos por el simple hecho de que nosotros tenemos futuro —dice Hunter con una odiosa sonrisa que me dan ganas de desaparecérsela a golpes.
—Sí —asiento—. Futuro reservado en la corrupta miseria, de nada —le sonrío con hipocresía.
Hunter aprieta la mandíbula.
—¿Y sabes qué? —Veo que Jordan se levanta de la mesa y camina decidido hacia acá. Sharpay parece sorprendida de que su hermano se haya puesto en su contra también—. Los rojos ganaríamos en cualquier cosa a los azules, porque somos muchísimo mejores que ellos —afirma y yo asiento, completamente decidida a que tiene razón.
—Oh, ¿en serio? —se burla Sharpay mirando a su hermano a los ojos—. La abuela estaría muy decepcionada de ti.
—Suficiente gente me ha decepcionado a mí ya —dice, atacándola donde más le duele.
—Jordan tiene razón —digo capturando de nuevo la atención—. Somos mejores que ustedes y se los vamos a probar —afirmo mirando a los rojos. Ellos parecen estar inspirados y esperanzados. Si pudimos ser mejores que ellos en los quemados con sólo decidirlo, ¡podemos ser mejores que ellos en todo!—. Yo, en nombre de todos los rojos de Paint High, ¡les declaro la guerra a ustedes los azules! ¡Prepárense para perder!
Sharpay sonríe.
—Perdedora, los perdedores son y siempre serán perdedores —se burla, pero la ignoro.
—Si nosotros ganamos, se quitará la absurda ley de las mesas de colores y los números. Todos seremos iguales —propongo yo.
—Pero si nosotros ganamos —interviene Hunter apartando con delicadeza a Sharpay para mirarme a mí a los ojos—, si nosotros ganamos, todos será como antes y tú te callarás con tus tontas ideas de libertad.
No lo dudo un segundo.
—Hecho —tiendo mi mano para cerrar el trato. Hunter sonríe, burlón y me da la mano.
—Hecho.
—Entonces, guerra será.