La novia tierna;
Tenía quince años y era una niña perdida dentro del vestido rojo de novia. Las manos me temblaban, las lágrimas se derramaban sobre el pañuelo nupcial. Eso de confiarle un cordero al lobo, pues eso mismo. Mi padre me entregaba a un hombre de cincuenta y cinco años. Para que protegiera mi fortuna y me protegiera a mí. Así empezó mi destino, el de la Viuda Hatice.
Hasta que un día entró en mi vida el Loco Tahir, el que me enseñó que una viuda también puede enamorarse...
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Esa mañana el sol se alzaba escupiendo fuego sobre el pueblo. La luz que se filtraba entre los naranjos iluminaba las paredes blancas de cal de la gran mansión. Pero dentro de la mansión, al contrario del calor de fuera, todo estaba helado.
Hatice estaba plantada en la puerta de la habitación de su madre, sin atreverse a entrar. Tenía ocho años y apretaba con fuerza las flores que llevaba en la mano. Jacintos morados… Las flores favoritas de su madre, las había recogido para ella. Pero hasta con su corta mente de niña sabía que su madre, estando enferma, no iba a darle importancia a unas flores.
¿Mamá? dijo con voz quedita. Las recogí del huerto. ¿Te despertaste?
No hubo respuesta.
Hatice dio un paso hacia dentro. En la oscuridad de la habitación, había una sombra delgada tendida en la cama. Su madre… la mujer más hermosa de la región en otro tiempo, la hanımağa (esposa del ağa o mujer con poder equivalente) de la gran mansión, ahora reducida a piel y huesos, convertida en una sombra que apenas podía respirar.
Volvió a llamar: Mamá, mira lo que te traje…
La mujer abrió los ojos. Lo miró con unos ojos cansados, ya al borde del final… Pero al ver a su hija, se sintió un poco aliviada.
Hatice mía, dijo en un susurro. Ven aquí, a mi lado.
Hatice corrió hacia la cama y tocó la mano fría de su madre. La mujer, aunque con dificultad, se estiró y acarició el pelo larguísimo y n***o como el azabache de Hatice.
Vas a ser muy guapa, hija mía. Tu hermosura ya echa el mal de ojo, dijo, y tosió. Pero esta belleza es como una maldición. He rezado noche tras noche para que tu destino fuera hermoso. No confíes en nadie, sé siempre fuerte, cuídate mucho. Le aconsejaba como si aquel cuerpo de niña pudiera con tal fuerza.
Hatice clavó la mirada, esforzándose por mantenerse firme.
Mamá, lo prometo, tendré cuidado. Pero te vas a curar, ¿verdad? Papá ha traído a un médico de Estambul, murmuró con su mente de niña.
La mujer negó con la cabeza con una sonrisa amarga. Hija mía, algunas cosas son el destino. Vivimos lo que Dios ha escrito en nuestra frente.
La mujer parecía haber presentido aquel n***o día. Esas últimas palabras fueron su despedida de su hija.
Esa noche, la madre de Hatice murió.
Como dicen… Cuando la madre está en casa, el padre cuida de los hijos con un solo ojo. Si la madre se va, ese único ojo también se cierra. Así perdía Hatice sus alas.
Siete años después.
Hatice estaba en el balcón de la mansión, mirando los naranjos. Ya tenía quince años, y su madre había acertado. Hatice se había convertido en la muchacha más hermosa de la región. Su pelo n***o le llegaba hasta la cintura, sus ojos como aceitunas brillaban espléndidos bajo el sol. Cintura fina, cuerpo esbelto como un ciprés, una belleza muy por encima de su edad. Aunque era una niña, en su porte había una nobleza.
Pero esa belleza no le había traído la felicidad.
Abajo, en el patio de la mansión, caminaba su padre. O intentaba caminar. La enfermedad también había acabado con él. El hombre que un día fue imponente como una montaña, ahora apenas podía dar un paso agarrado del brazo de dos sirvientes.
¡Hatice! la llamó su padre, sin aliento. Baja, hija. Tengo que hablar contigo.
A Hatice se le encogió el corazón. Conocía ese tono de voz. Llevaban días llegando los ağas (poderosos terratenientes de la región) de los pueblos vecinos. Se encerraban en la habitación y hablaban acaloradamente. Estaba claro que su padre había tomado una decisión importante y se la iba a decir.
Cuando bajó las escaleras y se acercó a su padre, le temblaban las manos y le corría el sudor por la frente.
Siéntate, hija, le dijo su padre. Voy a decirte algo.
Hatice se sentó, intentando respirar incluso en silencio.
El señor İhsan, mira Hatice… Ya no soy el de antes. Los médicos dicen que no me queda mucho tiempo, dijo. A Hatice le invadió de nuevo el miedo a perderlo. Pero incluso con su mente de niña, ya entendía hacia dónde iba a ir esta conversación.
Al ver que su hija abría la boca para protestar, alzó la mano como ordenándole callar.
No, escúchame. Estas tierras, esta mansión, las viñas, los huertos, los animales… Todo será tuyo. Pero eres una muchacha. No puedes administrar estas propiedades sola.
Pero papá, yo… alcanzó a decir. No le importaban ni las propiedades ni las riquezas. A los quince años, una niña, ¿cuánto podía entender de todo aquello?
¡Escucha! bramó el ağa, y luego tosió. Eres solo una niña. Este mundo es cruel. Necesitas a alguien que te proteja. Por eso… he pensado en casarte con mi sobrino Mustafa.
El mundo de Hatice se derrumbó en ese instante. No sabía lo que significaba el matrimonio. Lo único que sabía era que a partir de entonces viviría en casa de él.
¿El señor Mustafa? Pero él… dijo. Le temblaba la voz. Porque ese hombre estaba casado. A pesar de su mente de niña, entendía que tenía esposa. Además tenía cincuenta y cinco años, la última persona a la que se podía entregar a una niña de quince. Pero él no pensaba en eso, maldito el honor. En esa mala costumbre, había una niña siendo desperdiciada.
El señor İhsan, al ver la mirada de su hija, quiso consolarla un poco: Sé que te toca ser kuma (segunda esposa del mismo hombre). Pero es de la familia. Es de confianza. Protegerá tus bienes, te protegerá a ti. Afuera es peligroso, mi Hatice.
A Hatice le empezaron a resbalar las lágrimas por las mejillas. Papá, no quiero irme, por favor no lo hagas. Si algo te pasa, yo puedo quedarme aquí con el tío mayordomo y su mujer, alcanzó a decir. Los quiero mucho.
El hombre entrecerró los ojos. ¿Amor? ¿Acaso el amor llena el estómago? ¿Acaso el amor protege esta mansión? No, hija mía. El matrimonio es un acuerdo. Es el honor. Cuando llegue el momento, entenderás que hice esto por ti. Ya lo he decidido. Dentro de un mes será tu boda, zanjó.
Hatice quiso llorar pero contuvo las lágrimas. Recordó las últimas palabras de su madre: Sé fuerte, le había dicho.
Quería ser fuerte, pero ni siquiera sabía lo cruel que era la gente a la que se enfrentaba.
Un mes después.
Llegó el día de la boda. La mansión estaba llena de invitados. Sonaban los tambores, las mujeres lanzaban alaridos. Pero Hatice esperaba con miedo, las manos temblorosas.
Le habían puesto el vestido rojo de novia. Le habían cubierto la cabeza con un tul rojo. Estaba sentada sobre el arca de la dote, pero los pies ni siquiera le llegaban al suelo. Su cuerpo pequeño de niña no entendía lo que era ser novia. Todo le parecía un juego.
Una de las mujeres se acercó, cogió un pañuelo pintado y lo mojó en agua. Luego lo pasó por las mejillas y los labios de Hatice. El rojo del pañuelo se le quedó en la piel. Las mejillas ya estaban encendidas.
La abuela Ayşe, la vieja sirvienta de la mansión, entendía el n***o destino de Hatice. Lloraba en silencio, apretándole fuerte la mano.
Hija mía… dijo la vieja. Mi Hatice de rojo, mi Hatice de miel, mi niña hermosa… No te enfrentes al señor Mustafa, no le faltes al respeto, haz todo lo que te diga. A su esposa trátala como a una hermana mayor, nunca la contradigas. Haz todo el trabajo. No te ganes una paliza, mi niña hermosa, tu cintura fina no la aguantaría. Si quedas tullida y caes en manos ajenas, nadie te mirará a la cara. No confíes en la fortuna de tu padre. Y además… quizás el señor Mustafa te trate bien.
Hatice lloraba en silencio. Abuela Ayşe, no quiero irme. Por favor, déjame vivir aquí con el tío mayordomo y contigo, dijo.
Pero en los ojos de la mujer había una profunda desesperanza. Sabía que nadie tendría poder para cambiarlo.
Luego se abrió la puerta. Entró una de las mujeres de la casa del novio. El ağa la llama. Vamos, nuestra novia, es la hora de la boda religiosa.
Hatice se levantó. Le temblaban las piernas. La abuela Ayşe la cogió de la mano como queriendo sostenerla, y la bajó por las escaleras. Abajo, en medio de la sala, estaba el señor Mustafa. Estaba tan viejo como su padre, el pelo canoso, el rostro duro. Cuando miró a Hatice, no había nada en sus ojos. Ni amor, ni cariño… La miraba como se mira a un animal.
Llegó el imán. Se leyeron oraciones.
Le preguntaron al señor Mustafa, como quien compra un objeto: ¿Aceptas tomar a Hatice en matrimonio?
Hatice, con lágrimas en los ojos, lloraba detrás de su velo rojo. Después de un breve silencio, Hatice miró a su padre. El hombre se estaba muriendo, se había levantado de su lecho y había llegado hasta allí, agarrado a un pilar, sosteniéndose en pie. Tenía la mirada triste. Él había tomado a la madre de Hatice por amor. Para su hija desearía lo mismo, pero lo que pudiera pasarle después de que él partiera de este mundo le aterraba. Por eso se veía obligado a tomar esa decisión.
Cuando el imán le preguntó a Hatice por la boda, no le salió la voz, ni siquiera sabía qué decir. Su tía Ayşe le dio un codazo en el brazo y susurró suavemente: Di que acepto, hija.
El imán volvió a preguntar: Hija mía, ¿aceptas al señor Mustafa?
Acepto, dijo Hatice con voz temerosa.
El imán volvió a preguntar, ella respondió. Y otra vez preguntó, otra vez respondió.
Por fin dijeron que enhorabuena.
Hatice entendió en ese momento. Ya era como un pájaro, estaba en tierra extraña.
Ni regazo de madre, ni hogar de padre le quedaban.
Estallaron los aplausos. Se alzaron los alaridos. El mundo de Hatice se oscureció...