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LA BRUJA DEL ALFA!

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Tanıtım Yazısı

Unida por el corazón. Sellada con magia.

Por fin has llegado, hija de Rose.

Eva Rose es la última y más poderosa heredera de una sagrada estirpe de brujas.

Kael es un rey alfa carmesí, marcado por una maldición.

Hace siglos, la noche en que descubrieron que sus destinos estaban unidos y que estaban a punto de casarse, sus enemigos atacaron para destruirlos a ambos. Para salvar a Kael, Eva tomó una decisión desesperada: lo atrapó en un cuerpo de lobo inconsciente durante 200 años. El precio fue su propia vida.

Pero su amor era tan poderoso que Eva realmente no murió. Renació. A través de su propia sangre, la misma mujer, la misma alma, el mismo corazón regresaron al mundo.

💔 Siglos después...

Tras la muerte de su abuela, Eva regresa al pequeño pueblo donde nació. Siempre creyó que sus padres murieron en un incendio, pero la verdad es más oscura: fue una caza de brujas. Y Eva es la última heredera viva de la estirpe de brujas Rose.

En ese pueblo, algo, alguien la está esperando. Porque Kael ha despertado.

¿Por qué este hombre le resulta tan extrañamente familiar?

¿Cómo puedes escapar de alguien que incluso se apodera de tus sueños? 🔥🔥

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Ücretsiz ön okuma
Hola, soy Eva Rose.🥀
¿Cuándo empecé a sentir la soledad? ¿O cuándo se me metió tan adentro? Creo que... el día que enterré a mi abuela, la soledad me tomó por completo. ¿Qué es lo más difícil para una huérfana? ¿Aprender a aceptar la muerte porque has perdido demasiado? ¿O encadenarte tan profundamente a la única persona que te queda? Creo que ambas cosas eran ciertas en mi caso. Mi abuela lo era todo para mí. Ella y yo nos habíamos marchado de este maldito pueblo años atrás. Porque este pueblo me había arrebatado a mis padres. Y hasta la causa de su muerte había sido guardada como un oscuro misterio. Solo dijeron "un incendio". Que había sido una cacería de brujas lo descubriría, por desgracia, mucho más tarde. Ahora estoy cumpliendo el último deseo de mi abuela. Vuelvo a este lugar maldito para pasar las fiestas en una casa de montaña apartada. Me imagino que os preguntáis por qué ese fue su último deseo. Yo también me lo pregunto. Pero mi abuela siempre fue una mujer peculiar, así que puedo decir con certeza que tenía su propia razón, perfectamente lógica a su manera. Y yo también necesito dejarse llevar por la corriente un tiempo. Tengo que aprender a aceptar su ausencia. Quizás estas vacaciones cortas me hagan bien. Tres días después, conducía por la carretera helada en dirección a Blackthorn. El viento me llenaba los oídos con un gemido siniestro mientras mi camioneta roja subía la colina. Mi único objetivo era llegar a la casa de montaña lo antes posible. Al poco tiempo, entre la nieve blanca que lo cubría todo en el camino forestal, distinguí una silueta oscura. Al acercarme, vi que era un coche. "Parece averiado", pensé. El capó estaba abierto y había un hombre examinando el motor. Cuanto más me acercaba, más me sorprendía. A pesar del frío que helaba los huesos, el hombre llevaba solo una camiseta, como si no sintiera el frío en absoluto. Por un momento pensé en pasar de largo sin detenerme. La actitud hostil de la gente del pueblo debía de haberse contagiado a mí. Pero, demonios, yo no podía ser tan salvaje como ellos. Mi abuela me había criado con bondad. Me detuve a la derecha. Alcancé el abrigo del asiento del copiloto y me lo puse. En cuanto salí del coche, empecé a temblar de frío. Era como si se me hubiera congelado y caído la nariz. Soy de las que pasan frío incluso en verano, y estas tierras malditas con su clima polar de verdad que se lucen. Me acerqué un poco más y lo llamé: "Hola, parece que estás atrapado." El hombre levantó los ojos del motor y me miró. Su mirada me provocó un frío más hondo que el del aire. Luego lo observé con más detenimiento. Dejando a un lado la escena inquietante, era bastante guapo. Más que guapo, impresionante. Pelo n***o azabache, ojos gris plata, facciones esculpidas, estatura alta, complexión atlética y esa mirada penetrante. Supongo que me había impresionado. Pero solo un poco. No exageréis, señoras. Levantó la cabeza del capó y me miró. Sonrió con una expresión astuta y coqueta. "Sí, podría decirse que estoy atrapado", dijo, y cerró el capó. Lo que vi entonces me dejó boquiabierta. Clavado en el parabrisas había un tronco enorme. Literalmente clavado. Lo interesante era que este hombre, ¿de verdad no veía eso? ¿En serio pensaba que el problema podía ser el motor? "Vaya", dije, con la perplejidad pintada en la cara. "Es como si un gigante hubiera usado ese árbol como palillo y lo hubiera clavado en tu parabrisas." Soltó una carcajada de repente. "Ah... creo que los gigantes se extinguieron hace mucho", dijo. Luego sus ojos se fijaron en mí con una mirada significativa. "Este pueblo se recuerda por sus lobos y sus brujas", murmuró. "Vaya clase de historia local, gracias. Pero creo que ahora mismo no puedo conseguirte ni una bruja ni un lobo", respondí sonriendo. Luego señalé mi coche. "Pero tengo un vehículo. Si quieres, puedo llevarte al pueblo." Me miró con sus hoyuelos asomando en la sonrisa. Entonces pasó algo extraño. Por un instante, habría jurado que vi un destello plateado girando en sus ojos. "Si no es molestia, te lo agradecería", dijo. Asentí con la cabeza y caminé hacia el coche. Cuando llegué a la puerta, lo llamé: "No me molestarás siempre y cuando no te quejes de que escucho a Elwes." Con una sonrisa amplia, recogió su chaqueta de cuero del coche y vino hacia mí. En cuanto entró, su expresión cambió. La calefacción al máximo debió de golpearle como el desierto. Con una mirada elocuente dijo: "Parece que tienes algo de frío." ¿Qué clase de mirada era esa? ¿Este hombre acababa de juzgarme? No todo el mundo tiene que ser tan huraño y frío como tú. A algunos nos gustan los climas cálidos. En fin. No podía descargar esos pensamientos sobre un desconocido. "Yo siempre tengo frío", sonreí. Y pisé el acelerador. Desde que empezó el viaje, su mirada no se apartaba de mí. En circunstancias normales, que te mire un hombre tan guapo podría ser halagador, pero la gente de este pueblo era tan rara que no estaba segura de que aquello fuera algo bueno. "Oye, ¿puedes parar ya?" dije al fin, apartando la vista hacia él un momento antes de volver a mirar la carretera. Pasó los dedos por el pelo y sonrió avergonzado. "Lo siento, es que eres muy diferente. No he podido apartar los ojos de ti", dijo. "Todo el mundo aquí me hace sentir tan diferente que ya estoy empezando a pensar que llevo escrito en la frente 'Soy una forastera'", dije, frunciendo el ceño. Soltó una carcajada. Parecía disfrutar discutiendo conmigo. "¿Siempre eres tan sarcástica?" preguntó, riendo. En ese momento, sin saber por qué, quise ser honesta con él y las palabras me salieron solas. "Llamémoslo mi forma de camuflar el dolor. Hace poco perdí a mi abuela", dije, mirándolo. Normalmente, cuando alguien te dice eso, expresas condolencias y tu cara refleja sorpresa. Pero en la cara de este hombre no había ni sorpresa ni ninguna otra expresión. Como si ya lo supiera. Pero al entierro de mi abuela no había asistido nadie salvo el sepulturero que la enterró. Eso era muy inquietante. Unos segundos después preguntó: "Lo siento. ¿La querías mucho?" "Sí, era mi única familia. La quise más que a nada", dije. No entendía la rabia que me despertaban los ojos cuando pensaba en ella. ¿Con qué estaba enfadada? ¿Con que se hubiera ido y me hubiera dejado? "Entiendo. Entonces, ¿por qué sigues aquí?" preguntó. En circunstancias normales habría respondido con educación, pero no me gustaba que me interrogaran. Y su pregunta de "¿por qué no te fuiste?" sonaba igual de irritante que la del pueblo entero, que no me quería allí. Me volví hacia él y arqueé las cejas con expresión burlona. "Por Navidad... Solo vine a celebrar la Navidad", dije. No se sorprendió; más bien tenía la mirada de quien entiende que me estaba burlando de él. Después no hablamos en todo el camino. Por fin llegamos al centro del pueblo. Paré el coche. Él bajó y se acercó a la ventanilla. Tenía una sonrisa cálida en el rostro. "Me llamo Joe", dijo. Le tendí la mano. "Eva... Eva Rose", dije. "Encantado de conocerte", dijo. Su expresión había cambiado. Podía ver esa sonrisa astuta en su cara. "Pues bien, Feliz Navidad, hija de Rose", dijo. En ese momento fruncí el ceño. El día que vine al pueblo a hacer los arreglos del funeral, cuando todos me miraban como si quisieran matarme, ya había usado esa expresión. ¿Qué era eso de "hija de Rose", por Dios? Cada persona con la que me cruzaba me llamaba así con una mirada de repulsión. Para los lugareños, llevar el apellido Rose era casi un insulto. Justo entonces, un anciano que estaba sentado en una silla de madera en la acera, el que regentaba el mercado del pueblo, se levantó corriendo y señalándome con el dedo gritó: "¡No hables con ella, Joe! ¿Has perdido la cabeza? ¡Trae mala suerte!" Al oír eso, llegué al límite de la educación que mi abuela me había enseñado. Saqué la cabeza por la ventanilla del coche y lo señalé con el dedo. "¡Yo no estoy maldita! No soy una enfermedad contagiosa. Además ni siquiera te conozco. Deja de hablar de mí, viejo chocho", dije, y arranqué el coche. Pero mi rabia no se había calmado. Justo al pasar a su lado añadí con tono burlón: "Y ya que hablamos, espero de verdad traerte muy mala suerte." Pisé el acelerador con furia y me alejé. En el retrovisor pude ver la cara del hombre, roja de rabia. Y Joe, doblado en dos de risa, dándose palmadas en las rodillas. Creo que había llegado la hora de que este pueblo testarudo conociera la testarudez de las mujeres Rose...

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