CANTO XXI Volví a fijar mi vista en el semblante de mi Beatriz, y mi alma toda entera llenaba su atractivo d*******e. No sonreía, y dijo: «Si sonriera, en cenizas tu ser convertiría, como a Semele incauta sucediera. »Por esta escala, la belleza mía en el palacio eterno más esplende, como lo has visto cuanto más subía; »tanto que, a no templarla, más se enciende, y tu mortal potencia, a sus fulgores, sería rama que centella prende. »A los séptimos y altos esplendores subimos en junción del León ardiente, cuya virtud, abajo, templa ardores; »pon el alma en tus ojos; que tu mente espejo sea al ver a la figura que en ese espejo mirarás patente.» Quien supiese cuál era la pastura que daba a mi ojo, con su aspecto beato, al tener que admirar otra ventura, comprendería cuán

