CANTO XXII Opreso de estupor miré a mi guía, como el niño en sus cuitas, cuando corre a buscar el amparo en que confía; y aquélla, como madre que socorre al hijo desolado, con anhelo, y tierna voz que a la desgracia acorre, me dijo: «¿Qué? ¿No ves que éste es el cielo, y que en el cielo cuanto existe es santo, y lo que se hace es por devoto celo? »¡Cuánto te habría conturbado el canto, con mi sonrisa, juzgará tu oído, cuando ese grito te conmueve tanto! »Si en él su ruego hubieras entendido, tú sabrías el voto de venganza que, antes de tú morir, verás cumplido. »La alta espada no hiere con tardanza, ni presteza, cual piensa el que la espera, con deseos o trémula esperanza. »Más vuélvete a mirar otra lumbrera: verás muchos espíritus famosos, si, cual digo, tu vista cons

