La viuda de mi padre es mi esposaActualizado el Jan 24, 2026, 10:53
El día de la lectura del testamento se me designó como heredera absoluta, pero también descubrí que ¡¿Estoy casada?!¿Qué sucede cuando la ambición puede más? Se supone que él me detesta, entonces ¿Por qué atarse a un matrimonio conmigo? ¿Por qué casarse con la que un día fué la empleada de su casa? Ah, claro. La respuesta era evidente, el dinero y la herencia que me dejó su difunto padre.Cuando era adolescente llegué a la mansión Becket en busca de trabajo para ayudar a mi familia. El señor de la casa me dio la oportunidad, aunque dentro me esperaban humillaciones y desprecio de su esposa e hija. En esa oscuridad apareció Belzer, el hijo mayor, apuesto y caballeroso, mi primer amor y mi primer beso. Años después todo cambió cuando supo que me había casado con su padre; no conocía las razones y jamás me creyó. Para muchos, incluido él, me convertí en una cazafortunas. Todo empeoró cuando un accidente me arrebató a mi madre, a mi hermana y al propio señor Becket; nadie creyó que fuera un accidente y me señalaron como la viuda negr@.Sola y sin defensa, fue fácil culparme por algo que no hice, y la justicia les creyó a ellos. Juré mi inocencia, supliqué piedad, creí que al menos en ese momento Belzer creería en mí, pero él solo apartó la vista. Ser encerrada dolió menos que la indiferencia del hombre que yo seguía amando, aquel día creí que todo había terminado, que pasaría mi vida ahí, pero gracias a una mano misteriosa recuperé mi libertad, y al ser libre me juré jamás regresar. Con mis ahorros de regreso, me fuí del país, estudié lo que quería, me convertí en una famosa diseñadora y aquel sobrenombre que un día fue mi sentencia, se convirtió en sinónimo de mi esfuerzo “La viuda negr@”. Hasta que un día recibí una carta del abogado del difunto señor Becket solicitando mi presencia para la lectura del testamento. Habían pasado varios años y creí ese asunto olvidado; estuve tentada a negarme, pero su llamada recalcó que mi presencia era obligatoria. Me negaba a volver al lugar donde fui despreciada y a ver esos rostros, especialmente el de Belzer. Todo cambió cuando aquella mano misteriosa que confió en mi inocencia me escribió para conocerme en una fiesta de disfraces. Sin opción, tomé un avión y regresé, confiando en el anonimato del antifaz, sin imaginar que llamaría tantas miradas ni que alguien intentaría poner algo en mi bebida, hasta que por suerte alguien lo notó y me salvó.Durante el resto de la fiesta me ayudó a recuperarme, conversamos, me contó que él también estaba ahí solo por unos días y que luego se iría a continuar su vida fuera del país. Hace mucho que no tenía una conversación tan relajada, y al final la persona que tenía que ver ese día, jamás llegó, por lo que me quedé conversando con aquel hombre que llevaba también un antifaz como yo, no dejamos de reírnos, era como si lo conociera de toda la vida. La música pronto se apoderó de nosotros y en medio de esa cercanía, sus labios tocaron los míos y sin darnos cuenta… Aparecimos en una habitación, los besos dieron rienda suelta a caricias y eventualmente sucedió.Desperté en la mañana dándome cuenta de lo que había hecho, pero no podía darme el lujo de quedarme, recordé que era el día de la lectura del testamento, quisiera o no tendría que ir, rápidamente me apresuré en tomar mi cosas, incluído él antifaz, pensaba en despedirme y al menos conocer el rostro del caballero con el que pasé la noche, pero el antifaz cayó de mi mano cuando descubrí el rostro del hombre, era… Belzer Becket.Aterrada, me vestí a prisa y salí de la habitación. ¡No podía creerlo! ¡Había pasado la noche con Belzer Becket! Pero las cosas no acabaron ahí, pues dudando y acudí a la lectura del testamento rezando para que Belzer no asistiera, ya que él aún debía estar durmiendo, la suerte parecía sonreirme pues solo me crucé con su madre y hermana, quienes me vieron con odio, lamentablemente mi suerte no duró mucho y apareció, por un instante creí que me reconocería pero tan pronto me vió sus ojos me miraron con el mismo odio que el resto de su familia. Al estar todos presentes inició la lectura del testamento: el señor Becket me había nombrado su única heredera y me dejaba a cargo de todo, incluida la empresa “Essenza”, lo que hizo estallar a su familia. Estaba sorprendida, pero apareció una condición: todo sería mío solo hasta volver a casarme; después, la mitad pasaría a su hijo mayor. No me preocupó, pues no tenía planes de boda, hasta que el abogado mostró un documento y dijo: “Señora, ¿por qué no nos informó que ya estaba casada?”. Lo negué, pero sus últimas palabras me sentenciaron: “Claro que lo está, y su esposo está aquí, el señor Belzer Becket”.