Grigori
Tras la nada grata visita de hace unos días de mi suegro, Gaia se ha estado comportando muy extraña. Solo sale de su habitación para comer y para sacar a pasear a su perra. Porque sí, no hubo poder humano que la hiciera desistir de la idea de llevar a la cachorra a un albergue canino. Uno de mis hombres reconoció la r**a antes de que la griega la llevara al veterinario; una linda cachorra de persa canario, un animal que para Gaia era extremadamente vulnerable y tierno, pero que al crecer se convertiría en una mascota difícil de dominar.
Los días estaban siendo muy complicados, desde que me hicieron casar con Gaia, me he hecho cargo de la contabilidad de las empresas de Dionisio; ese era mi rol, dentro y fuera de la mafia. Al principio los números cuadraban perfectamente, pero desde hace unos meses ya no. Había intentado investigar de qué sector provenía la fuga, pero por las trabas que me ponían cada vez que preguntaba, había comenzado a sospechar que quizás no era una “fuga” como tal.
-¿Dónde está Gaia?- pregunte al llegar a casa.
Era realmente cansado lidiar con la empresa, la mafia y la griega. Mi paciencia era caga vez más reducida.
-La señora se encuentra en su habitación- respondió Felipa, quien era la única dentro de la casa.
Sin responder, comencé a subir por las escaleras esperando que la griega tuviese respuestas para mí.
Al llegar a su habitación, abrí lentamente la puerta. Gaia se encontraba sentada en la cama, de espaldas a la puerta, aparentemente dibujando, y a su lado, mirándola muy atentamente se encontraba Hela- ese era el nombre que le había puesto a la perra; la diosa encargada de cuidar el inframundo, el nombre iba bien con el animal-. Al notarme, la cachorra bajo de un salto de la cama y se acercó a mi moviendo la cola. Nunca se lo diría a la loca, pero era realmente hermosa; su pelaje era completamente n***o, al igual que sus ojos, simplemente majestuosa.
-¿Qué haces aquí?
La voz de Gaia me trajo de regreso a la realidad.
-Tenemos que hablar. Hay un par de cosas que necesito que me digas.
-Quizás mañana- dijo mientras se levantaba y se encaminaba a abrir la puerta.
-Ahora- demande.
Ella solo me miro y luego abrió la puerta; una clara señal para que me largue.
-No me iré. Primero responderás algunas cosas, como por ejemplo, ¿Quién demonios es el tal Ivanov?- ante la mención del búlgaro, Gaia palideció.
-Sabes perfectamente que es socio de mi padre- dijo entre dientes- no sé qué más quieres que te diga.
-¿Qué tiene que ver contigo?
-Nada Grigori. Ahora largo de mi habitación.
Cuando Gaia me empujo para que saliera de su cuarto, Hela comenzó a ladrar y de un momento a otro, comenzó a morder y jalar mi pantalón.
-Oye, suelta- hable tratando de hacer que dejara mi pantalón.
-Grigori, vete.
Trate de tomar a la cachorra para quitarla, pero en cuanto la agarre, ella me mordió la mano.
-Maldición.
-Hela, quieta- ordeno la griega, y sorprendentemente, la perra obedeció- déjame ver tu mano.
-Es solo una pequeña mordida- dije restándole importancia.
-Bien- dijo molesta- si solo es una pequeña mordida, lárgate.
Si seguía tratando de hablar con ella por las buenas, no conseguiría absolutamente nada. Asíque solo opte por ser como siempre con ella.
Cerré la puerta de su habitación, dejándonos a ambos encerrados dentro. Conseguiría respuestas sí o sí.
-Sé, o más bien supongo, que además del trato de las armas, tu padre tiene otros tratos con ese tipo- ella solo me miro sin responder- Sí o no Gaia.
-No lo sé.
-No colmes mi paciencia Gaia. ¿Qué demonios se trae el infeliz de tu padre con el búlgaro?
-No sé de qué me estás hablando.
-¿Sabes? Llevo viviendo contigo un maldito año. Y aunque no lo creas, he aprendido mucho de ti- hable acercándome a ella- por ejemplo; cuando mientes, no eres capaz de mirarme a los ojos.
-Eres realmente ridículo.
-No responderás- asumí- Perfecto. Lo haremos a la mala, como siempre.
Cuando vio mi intención de tomar la llave y quitarme de la puerta, supo que sería para dejarla encerrada. Sus ojos se abrieron, y pude notar como el desespero invadía su cuerpo. Realmente tenia terror al encierro.
-Ni se te ocurra Grigori.
-Habla- ordene.
-No sé qué tipo de negocios tienen- suspiro cerrando los ojos- pero creo que planean algo en contra de tu familia.
A medida que fue hablando, su voz fue disminuyendo.
-¡¿Crees?!- grite molesto.
Su acusación no era una tontería. Porque de ser cierto, la vida de mi familia estaba en riesgo, y lo peor; en frente mis narices.
-¡Te dije que no lo sé! Dionisio jamás ha perdido nada en su vida, no hasta que tuvo la estúpida idea de secuestrar a tu madre. Perdió parte de su territorio, y peor aún, perdió credibilidad y respeto. Tu hermano lo hizo quedar como un imbécil. Yo no era parte del trato, tú cambiaste todo al ofrecerte en lugar de dejar que desposaran a tu hermana con el inútil de mi primo. Las cosas no salieron como él quería, y no lo dejara así.
-¿Y lo dices hasta ahora?
-¡¿Alguna maldita vez me has dado la oportunidad de hablar contigo?!
-No me vengas ahora con reclamos matrimoniales Gaia- dije molesto- Sabes muy bien que entre tú y yo no hay nada más que sexo.
-Créeme que eso me los has dejado muy claro- podía notar emociones en sus ojos, pero era muy capaz de no demostrar cuales- Ya te dije lo que sabía ¿Puedes irte?
Abrí la puerta de la habitación y salí dando un portazo. Si creí que las cosas no estaban bien, con lo que la griega me ha dicho, descubrí que están mucho peor de lo que pense.
Cuando llegue a mi cuarto, comencé a hacer una maleta. El infeliz de Dionisio no se saldría con la suya. Tenía que poner a mi hermano sobre aviso, y largarme lo antes posible de Atenas.
En lo que intentaba comunicarme con Anton, fui dándole órdenes a mi personal de seguridad para que vigilaran muy bien los alrededores de la mansión, y para que alistaran el jet. Hoy mismo partiría hacia Rusia.
Estuve horas tratando de comunicarme con Anton, pero no lo conseguí. Y este hecho solo significaba que estaban en problemas, o que tal vez, quien estaba en problemas era yo.
Cuando me encontraba bajando por las escaleras con mi maleta, tras desistir de llamar a mi hermano, una fuerte explosión se escuchó en la casa. Los vidrios de la sala estallaron, al igual que la puerta de entrada. Por la fuerza de la explosión, mi cuerpo chocó con la pared a mi lado, y luego rodo por las escaleras.
-Mierda- gemí de dolor al notar que un trozo de un jarrón roto se había incrustado en mi abdomen.
Podía oír como mis hombres comenzaron a gritar dándose ordenes entre sí, y a los pocos segundos; disparos.
Como pude me levante y fui a mi despacho por mis armas. Esos infelices no iban a salir ilesos.
Una vez que conseguí mis armas, comencé a buscar a mis hombres. Al llegar a la cocina, pude ver a Luka- mi mano derecha- forcejeando con un tipo encapuchado. Cuando quise ayudarlo, otro tipo salió de la nada y me tacleo. Reprimí un quejido e intente ponerme de pie, pero el muy infeliz me pateo justo donde me había lastimado. Como pude, me puse de pie ignorando el dolor, y golpee su cabeza con un sartén que había sobre la mesada, en cuanto note su aturdimiento, no perdí tiempo y tome un de las cuchillas que usaba Felipa para la comida. Sin pensarlo demasiado, atravesé su garganta, logrando que la punta de la cuchilla saliera por la parte trasera de su cuello.
Para cuando acabe con el maldito, Luka ya había asesinado al otro también. Ambos salimos en direcciones opuestas, yo iba por la griega, y él se encargaría de tener listo un coche para partir a la pista privada, donde ya nos estaba esperando el jet.
Al subir por las escaleras, pude notar como mi camisa y mi chaqueta se empapaban cada vez más de sangre, pero decidí no darle importancia. Mientras subía, pude encontrar cuerpos, algunos de mis hombres, y otros de los imbéciles que invadieron mi casa.
Cuando por fin llegue a la habitación de Gaia, note que la puerta estaba entreabierta. Pero lo que llamo mi atención, fueron los gritos que se oían dentro. Al entrar, pude ver como un bastardo infeliz se encontraba encima de ella, tratando de callarla mientras pasaba sus manos en su cuerpo.
Sin pensarlo demasiado, me acerque al infeliz y le dispare en la cabeza.
-Vamos- dije levantando a Gaia del piso.
-¡No me toques!- grito llamando mi atención.
Al reparar en su rostro, pude ver que además de golpes, una fina línea de lágrimas bajaba por sus mejillas.
-Gaia- dije acercándome a ella.
-¡No! ¡No me toques!- repitió negando con la cabeza, mientras mantenía los ojos cerrados.
-Gaia- dije tomando su rostro y haciendo que me vea- Oye, ya paso. Abre los ojos.
-No, no ha pasado- susurro.
-Hey, hey- sostenía su rostro tratando de que me mirara- Gaia, ya está muerto, ya no te hará nada.
Era la primera vez desde que la conocía que la veía llorar. Entiendo perfectamente que es una situación traumática, pero tenía la impresión de que había algo más detrás de todo esto.
-Tenemos que irnos Gaia.
No le di tiempo a responder, solo me quite mi chaqueta ensangrentada para cubrirla, y luego la cargue para sacarla de la casa.
Esto no quedaría así.