Linda subió las escaleras con pasos apresurados, con Liliana siguiéndola de cerca, cruzando los brazos sobre el pecho y mirándola con una mezcla de diversión y preocupación. —Y si te niegas, ¿qué pasa? —preguntó Liliana en tono sugerente—. Sabes perfectamente que vas a entrar en la guarida del lobo, ¿verdad? Linda resopló, rodando los ojos mientras abría su armario y sacaba una maleta. —Lo sé, lo sé… —admitió con fastidio—. Pero no voy a dejar a mis hijos con ellos y arriesgarme a que los pongan en mi contra. ¿Y si después no quieren volver conmigo? Liliana la observó por un momento antes de suspirar con resignación. —Ya que no hay más opción… pues disfrútalo —soltó con una sonrisa maliciosa. Antes de que Linda pudiera replicar, Liliana se acercó a su cajón de ropa interior y, con un

