Lucio y Lucas sintieron un impulso casi irrefrenable de ir hacia ellos, de acercarse y confirmar con sus propias manos lo que sus ojos ya sabían. Pero se contuvieron. Los niños, en cambio, reaccionaron primero. Alexa y Alexander levantaron las manos y los saludaron con una sonrisa inocente, como si, de alguna manera, los reconocieran. Pero, en un parpadeo, se dieron la vuelta y salieron corriendo, perdiéndose entre la multitud. Los gemelos Rogers se quedaron inmóviles, con el corazón latiéndoles con fuerza en el pecho. —Se fueron… —murmuró Lucas con la mandíbula tensa. —No por mucho tiempo —respondió Lucio, con la mirada fija en la dirección en la que desaparecieron. Se dieron la vuelta para marcharse. No tenía sentido quedarse más tiempo. Habían confirmado la verdad y, aunque quería

