Don Adrián se sienta en la cama y me mira sin decir nada, espera a que llegue Nicoletta para lavar mis manos, y entre los dos me colocan una venda provisional mientras llega el médico. —Sigo esperando que me responda —digo buscando sus ojos. —No lo sé señorita, pero le aseguro que encontraremos una solución —responde, con una sonrisilla. —¿Por qué sonríe? ¿Acaso le parece gracioso? —pregunto muy cabreada, intentando ponerme en pie. —No, lo que tiene gracia es que esté derrotada y quiera continuar peleando. No se da cuenta de que no se encuentra bien —me intenta explicar, ayudándome a sentarme en el borde de la cama. —¿Y usted no se da cuenta de que no me daré por rendida hasta que me quede un último aliento? —reclamo, sujetando la venda de mi muñeca, intentando no ensuciar las sá

