-Narrador-
Helena finge estar dormida cuando la puerta de su habitación se abre y se escucha la voz de su madre. Ni siquiera se digna a acercarse a ella, va directo a las ventanas para correr las cortinas y hacer que el sol entre a raudales en el dormitorio.
Lleva rato despierta, pero eso no es algo que a Henrrieta le importe y ciertamente, tampoco quiere dar razones para explicar ese suceso. Suficiente tiene con la noche del carajo que tuvo y esa molesta vocecita que le decía que no podía llorar tanto que se le terminara notando.
No cuando era un hecho que su madre le daría los buenos días de esta manera.
«Por supuesto, feliz con que su hija tenga la oportunidad de ser una jodida princesa consorte», dice en su mente, ignorando las voces emocionadas de su madre del otro lado, mientras hurga en su armario vestidor con soltura.
—Hija, es hora de levantarse, hoy tu vida cambiará para siempre… —exclama desde su lugar en el vestidor.
El sonido de las perchas se escucha, a la par que da órdenes y otros pasos se escuchan en la habitación.
Se levanta hasta quedar sentada en la cama y mira a su alrededor. Tiene que disimular, pero no es sorpresa encontrarse con cuatro maletas Gucci del tamaño extra grande, dispuesta una al lado de la otra al lado de la puerta, con sus respectivas bolsas a juego. Dos sirvientas se mueven de un lado a otro, sacando todas sus pertenencias de los cajones y doblando con exquisito cuidado antes de colocarlos en los lugares correspondientes.
Pestañea cuando sus ojos se posan en su madre y esta, con una sonrisa radiante, la insta a preguntar lo que pasa.
Lo hace, porque es lo que ella haría en unas circunstancias en las que no conozca ya su destino. Aunque todavía está valorando la opción de hacer un show negándose a hacer lo que le van a exigir, solo porque la amenaza de su padre pende sobre sus pensamientos.
Sé qué es lo que más quiere en este mundo…
Las palabras se repiten una y otra vez, recordándole que no debe empujar más de la cuenta.
—Ilumíname, madre, ¿ahora por qué aseguras con tanto empeño que mi vida cambiará para siempre?
La mira con una ceja enarcada. No cambia la manera en que siempre actúa a su alrededor porque no quiere levantar sospechas. No necesita verse al espejo para saber que su rostro muestra su hastío, su irritación.
Pero su madre poca atención presta a su actitud maleducada de siempre. Ella está más que feliz y conforme con el futuro de su hija. Si se tiene en cuenta que ya se estaba resignando a darla como una causa perdida.
—Pasa, hijita mía, que a partir de mañana tendrás que controlar tu boca suelta o pagarás por cada una de tus acciones. —Sus ojos brillan con algo que a Helena no le gustaría reconocer como malicia, pero no está tan segura—. Eso es lo que hace una mujer casada.
La bilis le sube a la garganta cuando escucha sus palabras. Ya era consciente de lo que le tocaría hacer, pero no tiene idea de quién es el príncipe y si hace caso a lo que escuchó del amigo de su padre, no hay buenas referencias. Que su madre le diga esto ahora es una fuerte advertencia y una clara insinuación de lo que le espera.
—¿Ca…casada? —pregunta fingiendo terror. Se quita la sábana que la cubre y se levanta de una vez de la cama.
No le pasa por alto la manera en que Henrrieta sonríe y asiente con la cabeza. Se voltea como si ya fueran suficientes palabras dirigidas para ella y comienza a dar más indicaciones a las chicas que la acompañan.
—En una hora estarás viajando con destino al reino de Astley. El rey Evander te aceptó como la prometida de su hijo, el príncipe y heredero al trono, Archer Hawthorne. —Se ahoga con su propia saliva y disimula un horror que no siente del todo—. Viajarás en el avión real. ¿No es eso maravilloso?
Da palmaditas que solo le provocan ganas de vomitar. Porque no tiene dudas de que eso es lo que cree su madre con exactitud. Nunca le ha importado lo que ella quiera y no hay forma de que comience a sentir algo ahora, que pueden convertirse en los suegros del mismo rey de Astley.
Y aunque le gustaría pensar que todo es fingido, cuando corre hasta el baño es precisamente porque ya no aguanta más. Devuelve hasta lo que no tiene en el estómago y logra, por los pelos, quedarse encerrada por unos minutos, evitando así la mirada acusadora de quien debería amarla por encima de todas las cosas.
Aprovecha que ya está en el baño y toma una ducha rápida. Algo que la haga relajarse en medio de todo. Las pocas lágrimas que le quedan, se pierden y se confunden con el agua que cae de la regadera.
«Tienes que ser fuerte, Helena», se dice a sí misma, sabe que hay algo en juego y después de la última vez, sabe que su padre es capaz de cualquier cosa por salirse con la suya.
Minutos después, cuando su madre llama repetidamente a la puerta, con impaciencia, sale enrollada con una toalla y diciéndose que no puede darle el gusto a nadie de su familia. Si es que así puede llamar a sus progenitores.
—A ver si entendí, madre. Estoy comprometida con, ¿quién?, exactamente —pregunta, cuando se detiene delante de su madre.
No le interesa el cabello mojado chorreando agua en la habitación. O la mirada de terror de Henrrieta porque ahora tendrá que perder tiempo arreglando el desastre que hizo.
—Todo lo que tienes que saber, tu padre te lo dirá en unos minutos —dice y levanta un labio con lo que parece disgusto—. Cuando te arreglemos, bajarás y tendrás todos los detalles. Luego te despedirás para siempre de esta casa, de esta ciudad y de este país. Te espera un nuevo hogar, con una nueva familia y un trono…el que mereces por derecho.
Helena no entiende nada. Eso último la hace fruncir el ceño. Pero cuando de su madre se trata, no necesita entenderla. Su obsesión por mantener el título, la posición, el estatus, conseguir un marido a la altura, las reglas de etiqueta, todo lo que forme parte de la estricta educación, es su prioridad.
Nunca hubo otra opción en la vida de Helena.
Y como no hay mucho que pueda hacer, porque conoce la consecuencia que estaría provocando, ignora la incitación de su madre a protestar y mira con impotencia cómo todo lo suyo es guardado pulcramente en las maletas. Con tristeza, se da cuenta de que solo ropa es lo que va a llevarse.
Ninguna de las flores de su jardín. Ese lugar en el que sus frustraciones eran calmadas.
Nada del amor que una vez soñó vivir y que ahora, al irse tan lejos y con un objetivo claro, pierde para siempre.
Pestañea para aliviar las lágrimas y mira por el ventanal de su habitación ya vestida con el conjunto azul cielo que su madre le hace llevar. Como la perfecto dama que es, que debe ser.
«Por su bien», se recuerda.
Cualquier idea rebelde que se le pase por la cabeza para escaquearse de esto está descartada. No hay nada que a Helena le importe más que justamente eso que su padre tiene contra ella. Su punto débil. Al que, irónicamente, está renunciando al aceptar esta locura.
Media hora después, sus maletas están siendo llevadas al auto que la llevará al aeropuerto. Y ella está yendo rumbo al despacho de su padre para despedirse, se dice, aunque en realidad de él solo obtendrá lo que necesite saber por el momento.
—Es un alivio verte bien portada —es lo primero que dice Aurelius en cuanto ella entra en su amplia despacho. Mismo en el que ayer escuchó todo y que ahora no puede dejar de repetir en su cabeza esas palabras que la mantienen quieta.
—Así se comporta una futura reina, ¿no? —El sarcasmo brota de ella como la savia rodea algunos de los árboles que tantas veces ha estudiado con fines puramente académicos.
El padre levanta una ceja, escéptico. Es normal, si se tiene en cuenta que Helena suele ser una maldita molestia. Pero además de su expresión normal, hastiada y aburrida, perdona vidas, no hay nada más en sus ojos.
Y eso debería preocupar al padre, después de todo, pero como cada cosa referente a su hija, él decide ignorarlo.
—Viajarás en el avión real en compañía de un emisario del reino. En cuanto pongas un pie en ese avión, eres propiedad de los Hawthorne. En cuanto pongas un pie en Astley, tu destino está marcado. —El orgullo en su voz es evidente, casi abrumador para ella, que no está acostumbrada a las emociones de su progenitor—. Estás comprometida con el príncipe Archer, lo que te otorga el título de princesa consorte, eso es mucho más de lo que esperaba obtener algún día de ti.
Helena no puede evitar el resoplido.
«Ya se había demorado», se dice, aguantando a duras penas las ganas de rodar los ojos y dar media vuelta para largarse.
—La familia Van Holden es parte de la realeza del reino de Astley, mi hermano es un duque, como ya sabes. El rey Evander estuvo de acuerdo porque les abriremos el comercio con los Países Bajos, eso es lo que cuestas, después de todo.
—¿Solo comercio? —Resopla y se cruza de brazos—. Aich, yo pensé que estaban llevándome por mis increíbles aventuras para deshacerme de los aburridos maridos potenciales que mis padres me buscaron por años.
La mirada de Aurelius se estrecha, pero no le responde como lo haría en otra circunstancia. Por el contrario, actúa justo como antes lo hizo su madre.
La advertencia.
—Pronto aprenderás que hay momentos en los que debes cerrar la boca. Solo me gustaría pensar que llegarás al matrimonio antes de que decidan colgarte por bocona.
Helena ahoga un jadeo. ¿Su padre acaba de decir eso? Vaya que ella siempre supo que había algo mal con ellos, que su relación era demasiado mierda para ser una de las buenas. Pero esto es ir más allá de lejos.
«¿De verdad está insinuando que pueden matarla por hablar más de la cuenta?», se pregunta sin poder obtener respuestas concretas por el momento.
—Como sea —decide irse por las ramas y aplicar su habitual indiferencia—. ¿Cuándo me voy?
El padre demora unos segundos en entender que ella no pondrá resistencia para tratar con esto. Helena nunca rompe el contacto visual, para que lo entienda como un reto, un desafío que está aceptando, pero que no se quedará así.
—En este instante.
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El viaje hasta la isla de Astley dura alrededor de tres horas y media.
El trayecto desde su antigua casa hasta el hangar privado donde le esperaba el avión real, lo hace sola. Al llegar, se encuentra con un hombre refinado, de nariz estirada, postura más perfecta y recta que la de su madre Henrrieta y unos ojos demasiados suspicaces como para sentirse cómoda.
William Savoy, el emisario del reino, sería el encargado de ella durante el viaje y también, en la primera parte de su estancia en la isla, ya que aparentemente su primera noche no la pasaría en el palacio real.
«Eso no estará tan mal», piensa Helena para sí misma, viendo todo un mundo de posibilidades con esa decisión.
—Señorita Van Holden, por favor. —La voz fría, desprovista de emociones, del hombre, le pone los pelos de punta.
Pero se fija en lo que le pide y asiente con un rápido movimiento de su cabeza. Se coloca el cinturón de seguridad cuando el mar de un increíble azul debajo de ella empieza a despejarse y a mostrar kilómetros y kilómetros de tierra fértil, de playas y una enorme ciudad.
Casi que embobada mira por la ventanilla del avión. No le importa si respeta lo suficiente los aviones como para ponerse nerviosa en los despegues y aterrizajes, es demasiada hermosa la vista como para pasarla por alto justo ahora.
Cuando las ruedas hacen contacto con el asfalto, el avión se sacude un poco y solo entonces ella cierra sus ojos. Pero dura unos pocos segundos. En cuanto el avión se detiene, el hombre que la acompaña se suelta el cinturón, se levanta y le está dando indicaciones para moverse pronto.
Según sus palabras, nadie puede saber de su existencia hasta que el compromiso se haga público, por lo que hay que actuar con una coordinación minuciosa, casi milimétrica.
—Entendido —dice, más irritada que nunca por tener esta compañía horrenda.
Un lujoso Bentley espera al pie del avión en cuanto las puertas se abren y se deslizan las escalerillas. No pasa nada de tiempo hasta que Helena y todas sus maletas, están dentro y ya en movimiento.
—Esta noche y hasta que se le avise, se quedará en una de las casas reales de la ciudad. Solo cuando el compromiso pase a ser oficial usted tendrá acceso al palacio. Tendrá servicio las veinticuatro horas del día, transporte destinado para conocer la ciudad y una tarjeta con dinero ilimitado para que pase el rato si resulta estar aburrida.
William suelta todo eso con soltura, mirando su tableta y sin prestar atención a la cara entre emocionada y horrorizada de Helena, a su lado.
—Mañana es el Solsticio de Verano, por lo que la ciudad está más agitada de lo habitual. Si va a salir, una de las mucamas debe acompañarla. Por lo menos para guiarla e impedir que termine del lado complicado de la ciudad.
—Puedo cuidarme sola —habla por primera vez desde que bajaron de ese avión y se adentraron en la ciudad.
—No tengo dudas de eso, pero mi trabajo no se acerca siquiera a “dudar o no”. Soy el encargado de los hechos y este, señorita Van Holden… —levanta su mirada y fija esos ojos negros en los suyos azules—, es uno que respetará por encima de todas las cosas. El rey Evander le deja libertad porque su familia es una de las más importantes del reino, pero yo no boicotearía esa benevolencia.
Otra advertencia.
«¿Cuántas he recibido hoy?», se pregunta con irritación. Si no le dice las dos o tres cosas que se le ocurren es porque el viaje la cansó demasiado como para armar alguna polémica. Además, por más lejos que esté de su padre, la amenaza pesa en su conciencia. Un mal paso puede desencadenar más de lo que está dispuesta a soportar.
Atraviesan la ciudad y pronto se olvida de todo, cuando la colorida decoración actual se presenta ante ella y se roba toda su atención.
Se queda embobada mirando lo que parece ser una grandiosa velada. Donde sea que mire hay demasiado por detallar.
—El Solsticio de Verano trae una diversidad de tradiciones que, como futura princesa, debe conocer. Sobre todo porque la familia real forma parte de la mayoría de ellos de manera oficial. Esta noche da comienzo el festival, dura todo un mes. La Mascarada da inicio al verano en Astley.
«¿La Mascarada? ¿Significa eso lo que yo creo que significa?», se pregunta, ahora más entusiasmada, atrás queda el cansancio del viaje.
—¿El tema son las máscaras? —Se atreve a preguntar, aprovechando que pasan un puesto lleno de máscaras hermosas, vaporosas y extravagantes.
William Savoy vuelve a levantar la mirada y fija esos ojos en ella. Asiente.
—Sí. Durante el festival todo gira alrededor de las máscaras, vestidos exuberantes, estilos ya arcaicos. —Se encoge de hombros—. Es toda una temporada.
Helena asiente y vuelve a mirar por la ventanilla del auto.
De repente, su estancia en la casa de la ciudad no le parece mal. No, si puede caminar por las calles repletas de colores, perderse tras una máscara y fingir por unas horas que puede ser alguien más.