-Helena Van Holden-
La casa real es un mini palacio. Según el emisario estirado que me trajo hasta acá, es una de las más reservadas en concepto arquitectónico. En el momento que lo dice no sé si mirarlo con escepticismo o con sorpresa. Este lugar es monstruoso, de lo grande, porque es hermoso tanto por dentro como por fuera.
A nuestra llegada, dos empleadas esperan en el inmenso salón lleno de piezas de arte evidentemente caras. Me parece ver una copia de La belle ferronière en una de las altas paredes, pero no presto mucha atención a lo que me rodea, porque el tal William Savoy parece estar apurado. Comienza a hablar sin parar y es bien críptico con la información que da, no deja caer detalles sobre el motivo de mi estancia temporal, solo les da la orden de atenderme en lo que sea necesario.
El chofer que nos trajo hasta acá es el encargado de trasladarme cuando así yo lo solicite, solo debo avisar con tiempo de antelación. Asiento, como si entendiera a la perfección que salir con un guardaespaldas que usa boina e informa de todos mis movimientos, es lo que tengo que hacer. No tengo idea si este hombre está al tanto de mis habilidades y tácticas escapistas.
Me deja la tarjeta de saldo ilimitado que me había comentado y en cuanto tengo la cosa en mis manos, tiemblo ligeramente. Se siente caliente y fría a la vez, la miro como si pudiera comerme, horrorizada.
«No quiero saber lo que pasaría si eso se me pierde».
Solo por eso no pretendo usarla. Tengo mi propio dinero para poder darme mis gustos. Entre ellos, comprarme la dichosa máscara y ser alguien más por un tiempo.
Fantaseo con poder salir y ser libre realmente por unas horas. Un tiempo de gracia antes de que mi vida cambie de una vez por todas. Intentar por todos los medios no casarme me prestó unos meses, pero ya está aquí mi responsabilidad. Esto es lo que tengo que hacer, para esto nací, por ello soy parte de la familia Van Holden, para poner el apellido bien en alto.
«Y vaya que lo haré», pienso con resignación.
—La casa sigue el estricto horario del palacio, es una manera más rápida de acostumbrarse a la nueva rutina que debe asumir cuando se traslade del todo —informa Savoy en cuanto nos quedamos solos.
Despidió del salón a las empleadas, Ana y Diana, para que siguieran con sus labores, cualesquieras que sean. Debo llamarlas con un sistema más medieval que mi apellido, cuando el emisario se vaya y yo necesite subir a mis aposentos.
Ruedo los ojos ante esas palabras. ¿Quién en estos tiempos usa tanta formalidad para referirse a un maldito dormitorio?
Ni siquiera Henrrieta van Holden es tan tiquismiquis con su vocabulario. Y eso ya es decir mucho. Aunque siendo sincera, el William Savoy demostró tener más clase en su dedo meñique que mi madre en todo su cuerpo; siendo hombre, incluso.
Cuando al fin me quedo sola, siento una presión extraña llenando mi pecho. Me tomo unos segundos para respirar profundo y calmar lo que siento, aunque todavía me queda determinar qué es.
Miro el salón inmenso donde estoy parada, a las anchas escaleras que se bifurcan y llevan a dos alas distintas de la casa. No se me explicó mucho sobre eso, por lo que no tengo idea dónde voy a dormir, pero el chófer, Bruno, estuvo subiendo mis maletas mientras me ponían al tanto de todo hace unos minutos.
—Maravilloso, en algún lugar del piso superior están mis cosas —ironizo en voz baja y me dirijo al pasillo por el que antes desaparecieron las dos mujeres del servicio.
No voy a usar la campanilla, me siento ridícula de solo pensarlo. Además, necesito familiarizarme con este lugar si pretendo salir y formar parte de la parranda.
Mis pasos se escuchan con un eco que ni en mi casa había sentido. Así de inmenso y solitario es este lugar.
¿Qué tipo de compromiso es este si solo me dejan como bolso olvidado en una casa más grande que todas las propiedades de mi padre?
No tengo claro qué debo esperar de mi futuro y pensarlo ahora me provoca un escalofrío. Las advertencias, todas ellas, son capaces de mantenerme quieta por unos minutos. Me gustaría ser solo un bolso decorativo y no la prenda más usada. El rey, su hijo y toda su corte, bien que pueden dejarme aquí meses si así lo desean.
Escucho cuchicheos un poco más adelante y reconozco las voces de las empleadas de antes. Suspiro, aliviada de haberlas encontrado. Lo último sería perderme en este laberinto de pasillos, habitaciones, baños, despachos y bibliotecas. Atrás pude ser testigo de todo lo que estaba quedando en el camino, pero no quiero investigar justo ahora.
Me detengo cuando entro a la cocina más grande que he visto en mi vida. Los armarios están por todos lados, las encimeras son largas, pulidas y por secciones están repletas de cosas que no sé ni cómo se llaman. Una mesa grande ocupa una gran parte del espacio y en la cabeza de la derecha, está Ana pelando unas papas, mientras que Diana remueve algo que tiene en la estufa.
Todo es de acero inoxidable, mármol pulido y, evidentemente, de última generación. No pareciera que esto es una casa victoriana si se entra por la cocina.
—Disculpen... —llamo la atención de ambas, que aún no me han visto.
Se sobresaltan y antes de que pueda decir una palabra más, se levantan y vienen a mi encuentro con la mirada gacha.
—Señorita, pudo habernos llamado, no tenía que caminar hasta acá... —habla apresurada Ana, limpia sus manos en el delantal que lleva puesto.
Es evidente que esto las saca de su zona de confort. Hay reglas que deben seguirse y yo lo sé bien. Pero si solo estamos nosotras tres no hay manera en que yo permita que ellas la tengan difícil atendiéndome.
—Bah, quería hacer un recorrido por la casa mientras las buscaba. Necesito saber dónde está mi dormitorio.
Las miro con una sonrisa y espero de verdad que se relajen con mi presencia. Pero ellas parece que vieron un fantasma.
—Por supuesto, yo la guiaré —sigue siendo Ana la que habla. Por lo visto Diana es la cocinera—. Sígame, por favor.
Pasa por mi lado y tengo que apurar el paso para alcanzarla cuando empieza a recorrer los pasillos.
—Estamos aquí para todo lo que necesite. Solo tiene que llamar una vez con la campana y alguna de nosotras se ocupará de sus necesidades. Es nuestro deber.
Su manera de decirlo es calmada, pero logro entrever el tono de regaño. Me abstengo de resoplar.
«¿Es que por aquí todo el mundo usa la maldita campanilla?», me pregunto y me aguanto de abrir la boca.
—Les agradezco, pero no voy a usar eso de no ser estrictamente necesario. Me verán en la cocina cuando las necesite, prefiero comer allí que sola en el inmenso comedor que pasamos de largo.
Intento ser amable y de paso decirle que no es mi intención ser una mimada que necesita hasta que le abran la regadera de la ducha. Ella mira por encima de su hombro con los labios fruncidos, pero no dice nada. Solo cuando llegamos a la escalera vuelve a hablar.
—¿Es usted pariente del duque, señorita?
La pregunta podría considerarse fuera de lugar de ser otra persona. Pero puedo comprender el motivo por el que me pregunta y también, por el que se atreve a hacerlo.
—Es mi tío. Pero no soy como mis primas.
La mueca de desagrado que hago no es fingida. Pensar en Olenna y Oriana saca lo peor de mi interior.
Me parece escuchar una risita de parte de Ana.
—Disculpe que lo diga, pero eso es evidente.
Subimos las escaleras y yo suelto una carcajada. Me relajo en la compañía de mi nueva acompañante. Sé que eso no fue una ofensa.
—¿Han estado aquí antes?
La manera en que lo dice me da la respuesta, pero quiero confirmar.
—La señorita Olenna, sí. Se ha quedado algunas noches y a la mañana siguiente usa la campanilla hasta el cansancio.
Hay algo en su voz que me dice que está omitiendo el motivo por el que Olenna viene a esta casa. Pero no es algo que yo quiera saber, así que no pregunto.
—Entonces es una suerte que yo no vaya a hacerlo.
Terminamos la conversación de la manera más natural posible justo cuando llegamos al segundo piso. Ana toma rumbo al ala este y en la primera puerta del pasillo, se detiene.
—Este es su dormitorio, señorita. Sus maletas están todas en el vestidor, ¿desea que desocupemos todo?
Lo pienso unos segundos y luego niego. No sé cuánto tiempo voy a estar aquí, pero no me cuesta nada buscar lo necesario en las maletas.
En cambio, pienso en otra cosa que es prioridad.
—No, mejor no, porque no sé cuánto tiempo estaré aquí. Pero sí hay algo que quiero preguntarte...
Quizás esto sea una tremenda metida de pata, pero la conversación sobre mis primas, aunque superficial, me da algo de impulso para tratar este tema con ella.
—Usted diga.
—Antes, el señor Savoy me comentó sobre el festival que da inicio en el Solsticio de Verano y una Mascarada. Me gustaría dar un paseo por la ciudad, pero no quiero tener guardaespaldas...
Dudo al final, pero no quito mis ojos de los suyos. Veo el momento en que entiende el significado.
Asiente y me muestra una media sonrisa que intenta ocultar.
—Esta noche es Diana la que se queda en la casa. No hay más guardias porque tengo entendido que nadie sabe que usted está aquí. Mi turno acaba en una hora, yo puedo acompañarla y mostrarle lo que debe saber. Si prefiere hacerlo por su cuenta, puede usar la salida de empleados que hay en la cocina y le recomendaría una visita a la tienda de Margot, en la siguiente manzana; sus máscaras son las más hermosas.
—Gracias —susurro emocionada con su ayuda.
Esto pudo salir mal, sin embargo, mi instinto pocas veces falla en este sentido.
Me guiña un ojo y baja la cabeza.
—Para servirla, señorita Van Holden.
Chasqueo la lengua y desestimo sus palabras.
—En una hora estaré en la cocina. Solo creo que debo cambiarme —murmuro y me veo a mí misma.
La ropa, evidentemente, es algo que mi madre me obligó a usar. Necesito mis vaqueros preferidos para ser feliz. Y recoger mi cabello lo más que pueda, el rubio platino será demasiado llamativo.
—Me encargo de que la cena esté lista, entonces.
Se aleja dándome un asentimiento y yo entro a mi nuevo dormitorio. Más opulencia, más arte, más estilo victoriano. Una inmensa cama, con muebles toscos y de patas ornamentadas. Un espejo de cuerpo entero y casi que de pared, también. En el baño, una gran bañera con toques de oro y un lavabo con todo lo necesario ya preparado.
La riqueza no es algo ajeno en mi vida. Pero esto es otro nivel.
«Y nada comparado con el palacio», me recuerdo.
Me tomo otro minuto para enfocarme en lo que debo hacer. Suspiro con fuerza cuando me digo que tengo que buscar el cambio de ropa. Voy hasta donde mis maletas están, son demasiadas y me avergüenza, la verdad. Me dispongo a buscar lo que necesito.
Una sonrisa se forma en mi boca mientras pienso en lo que haré.
-----
Exactamente cuarenta minutos después, bajo.
Llevo unos vaqueros deshilachados, una camiseta blanca y por encima, una chaqueta de cuero marrón que mi madre siempre ha odiado, pero que yo pude meter en las maletas sin que se diera cuenta. Unos tenis sucios, por las escapadas, adornan mis pies.
Cuando Ana y Diana me ven, abren mucho los ojos, pero terminan riendo conmigo. Me sirven la comida, a pesar de que yo ofrezco hacerlo sola. Disfruto de la sopa de ternera y el puré de papas y pocos minutos después, estoy saliendo de la casa acompañada de Ana. Diana sabe que regresaré más tarde y que debe cubrirme si Bruno o alguien más, aparece y pregunta por mí.
En cuanto salimos, respiro profundo. El olor a salitre llena mis fosas nasales y entonces me doy cuenta que la casa está cerca de un risco donde el mar golpea con fuerza contra las rocas.
—La casa cierra la calle principal —explica Ana mientras rodeamos la parte trasera de la casa—. Me imagino que antes viste solo la empinada y dudo que Savoy te haya dicho algo más.
—Solo me dijo sobre el festival porque le pregunté sobre las máscaras.
No dejo de mirar a mi alrededor, encantada con las vistas.
—La Calle Real se llena de vendedores todo este mes. Y es la que se usa para el desfile, aunque las calles aledañas también tienen lo suyo. La primera tienda por la que pasaremos es la de Margot, allí podrás comprar la máscara...
Me mira y hace un gesto raro.
—¿Qué pasa?
—Si usa la tarjeta royal, sabrán que ha salido de la casa.
Me recorre un escalofrío ante la mención de la tarjeta.
—No la usaré —aseguro con una sonrisa nerviosa. No hay manera en que yo salga con esa tarjeta encima.
Seguimos caminando y a medida que nos alejamos de la casa empieza a verse más movimiento.
Llegamos a una hermosa tienda y antes de ver que dice Margot' s Store con un inmenso cartel, desde fuera se puede ver a lo que se refería antes Ana. La puerta suena con un tintineo cuando entramos. Detrás de un mostrador repleto de máscaras de todos los colores y formas posibles, una menuda mujer se ve, agitada y moviendo las manos tan rápido que no le sigo la pista.
—Margot, te traje una nueva cliente.
La mujer de pelo oscuro y gafas de pasta levanta la cabeza al escuchar la voz de Ana. Sonríe y luego pone sus ojos en mí, los estrecha por unos segundos, antes de hacernos un gesto para que nos acerquemos.
De repente me siento insegura, porque alguien ajeno al palacio y su rutina me vea aquí y vestida así. Pero confío en que mi medio disfraz sea suficiente para que luego no me reconozca.
Me pongo a ver las máscaras con el objetivo de elegir una lo más pronto posible y largarme de ahí. Cuando la tenga puesta, me sentiré mucho mejor.
—Margot es mi hermana —dice Ana cuando se me acerca. Supongo que notó mi manera de recular en el último segundo—. Puedes confiar en ella tanto como confías en mí.
Un suspiro de alivio se me escapa. La miro sonriente y por encima de su hombro, a Margot, que me sonríe.
—Ven, vamos a buscarte algo que puedas ponerte.
Sale de detrás del mostrador, me da una larga mirada frunciendo el ceño y luego da un saltito.
—Creo que tengo la máscara perfecta para ti. Y como asumo que vas de encubierto, por lo que acaba de decir mi hermana, puede que tenga algo más para ti.
Me guiña un ojo y se pierde detrás de una cortina. Miro a Ana, en busca de respuestas, pero ella se encoge de hombros.
Pasamos unos minutos viendo todo lo que hay, donde quiera que miro todo es hermoso, con un nivel de detalle tan exquisito que me deja encantada.
Cuando Margot aparece otra vez, lleva consigo una máscara dorada, lo que parece una peluca y otra cosa que no alcanzo a ver.
—Tu cabello es demasiado llamativo. Sobre todo porque es evidente que es natural. La última vez que vi un cabello tan blanco como el tuyo, fue en los libros de historia —exclama y ríe como si eso fuera divertido. Le da una mirada a Ana, pero yo no entiendo—. Vamos a hacerte un cambio de look.
Me extiende la peluca, de un n***o tan hermoso y natural que no dudo ni un segundo. También me muestra una cajita donde trae unas lentillas y me enseña los detalles más finos de la sencilla máscara.
—Vamos, a prepararte.
Solo quince minutos después, cuando salgo de la tienda, soy una persona completamente diferente. Si antes estaba entusiasmada por el paseo, ahora lo estoy más.
Me despido de Ana cuando ella llega a la calle que lleva a su casa, me quedo con su celular por si la necesito y prometo que le dejaré un mensaje cuando esté de regreso.
Luego sigo de largo, adentrándome en el epicentro del festival y sintiéndome viva una vez más.