Rubí se despertó con una inquietud que no pudo sacudirse del cuerpo. A pesar de la intensa noche de pasión compartida con Sergei (aunque fuera en sus sueños), algo en su interior la atormentaba como una sombra amenazante que no podía sacudir de su mente. Un mal presentimiento la acompañó mientras se vestía con un enterito corto y floreado, aunque su malestar persistía y estaba comenzado a formarle un dolor en sus sienes.
Al bajar las escaleras hacia la cocina, se topó con una copa de sangre que la esperaba en la mesa de ese ambiente de la casa. La mueca de desagrado en su rostro era evidente. Sergei siempre encontraba maneras de sorprenderla, pero el sabor de la sangre ajena no era algo que Rubí pudiera tolerar fácilmente durante mucho tiempo, especialmente por dos días consecutivos, QUE ASCO, pensó ella. Parecía hacérselo adrede, no había repuesto las bolsas de sangre el muy maldito, cosa que pudo corroborar cuando abrió el refrigerador. CARAJO. Por eso la señora Harris le había servido otra vez esa maldita sangre humana. Rubí estaba tentada a tirar la copa a la MIERDA, pero se contuvo pues necesitaba el alimento.
— MALDITA SANGRE Y MALDITO ÉL — masculló ella con un gesto de disgusto, alejando la copa vacía.
Seguramente la ama de llaves con todo su cariño se la había preparado para ella, en ocasiones si no supiera que realmente existía creería que la señora Harris era invisible.
Con un suspiro se levantó de la butaca y se acercó a la ventana para espiar el día soleado.
Aunque los murciélagos eran animales nocturnos sus ritmos circadianos estaban cambiados desde que estaba allí, aun así, ponerse al sol sin protección podría dañar severamente su piel delicada y blanca.
Pensaba en eso y sus ganas de poder disfrutar de ese hermoso día, cuando Sergei, impecable en camisa y pantalón, se asomó por el pasillo, la visión de su atractiva hiena provocó una mezcla de emociones en ella. La tensión en su interior no desaparecía, pero por el bien de su relación con Sergei, intentó ocultar su malestar persistente.
— Rubí, necesito que vayas a mi oficina de inmediato. Hay asuntos urgentes que debemos discutir — dijo él con la seriedad que muchas veces lo caracterizaba cuando se dirigía hacia ella.
El corazón de Rubí latió más rápido. ¿Qué urgencia podría haber que hiciera que la requiriera de ese modo y en su oficina? Su instinto le decía que algo no estaba bien. Especialmente luego de ese entredicho que habían tenido la última vez.
— ¿Qué pasa? — inquirió ella, intentando disimular su preocupación.
Sergei, con una expresión más seria de lo habitual, la miró directamente a los ojos.
— Algo ha sucedido, Rubí. No quiero hablarlo aquí. Te espero en mi oficina — añadió antes de retirarse, dejando a Rubí con la sensación inquietante de que el día tomaría un giro inesperado. Y malo.
Intrigada y con un nudo en el estómago, Rubí se apresuró a arreglarse y seguir a Sergei al lugar donde tenía su escritorio. La mañana que comenzó con esa sensación tan fea prometía revelaciones que pondrían a prueba sus sentimientos hacia él.
Sergei mantuvo la firmeza en su expresión, consciente de la tensión que iría a crear al tomar esta decisión. Miró a Rubí, quien mostraba un despliegue de emociones en su semblante. Sabía que lo que iba a decirle cambiaría la dinámica entre ellos de una manera irreversible. Pero era un mal necesario.
— Rubí, necesitas abandonar el club y mi vida lo antes posible, como te dije — las palabras salieron con una rapidez lo que hizo que le resonaran extrañas a él, aunque Sergei quería ser claro —. Esto no puede continuar. Hay demasiada tensión entre nosotros, y necesitas alejarte de aquí, no puedo ni quiero vivir así contigo, no es bueno para ninguno de los dos…— admitió finalmente inspirando aire para darse valor.
Rubí lo miró con incredulidad y luego con rabia.
— ¿Cómo te atreves? Después de todo lo que hemos compartido, después de todo lo que siento por ti, ¿me estás echando? — gritó y su voz se elevó varios decibeles por encima de lo habitual. Había puesto los puños cerrados al costado de su cuerpo y Sergei estaba seguro de que estaba por darle una patada al piso como una niña pequeña haciendo un berrinche.
Sergei asintió con su cabeza y su rostro inmutable.
— Te lo advertí, Rubí. Te lo dije y no me escuchaste…—- murmuró él.
La joven vampira comenzó a reaccionar de manera impulsiva, lanzando acusaciones y expresando su frustración. Gritó y lanzó objetos, pero Sergei mantuvo su posición. Era doloroso, pero necesario.
— No puedes simplemente borrar todo lo que tenemos — gritó Rubí, con lágrimas en los ojos —.¿Por qué estás haciendo esto?
Sergei la miró con una expresión rara y suspiró con cansancio. Sabía que decirle por vez mil en ese momento que no había nada entre ambos posiblemente solo empeoraría las cosas, y haría que Rubí destrozara el resto de sus cosas. Necesitaba que se calmara.
— No estoy borrando nada, Rubí. Estoy tratando de protegerte de hecho. Sé que si lo piensas te darás cuenta de que es lo mejor para ambos… Yo… no quiero herirte Rubí, contrario a lo que puedas pensar, esto lo hago por mí, pero también por ti…
La indignación de Rubí se mezcló con la tristeza.
— No tienes derecho a decidir por mí. Este lugar es mi hogar, y tú… tú eres mi destino — dijo con los ojos llenos de lágrimas, el labio inferior le temblaba.
Sergei frunció el ceño ante esa afirmación.
— Rubí de verdad no quiero lastimarte, pero no somos una pareja destinada. Necesitas comprender eso. No puedo seguir siendo tu refugio cuando existe este conflicto entre ambos, y estoy seguro de que encontrarás a tu alma gemela, a tu pareja destinada, pero lejos de aquí y en otro lado…— le dijo con voz suave, y hacía mucho que no era suave con ella.
Rubí se quedó en silencio por un momento, procesando las palabras de Sergei. El enojo inicial se transformó en una profunda amargura que calaba hondo en su pecho.
— No puedo creer que estés haciendo esto. ¿Cómo puedes ser tan frío y cruel conmigo? — le reclamó con la voz quebrada.
Sergei se acercó a ella con cautela.
— No es frialdad, Rubí. Es por protección que lo hago, como te dije. Para los dos. He encontrado un lugar seguro para ti en Nueva York. Partirás en dos días — le advirtió.
Rubí, aunque se resistía, comenzó a darse cuenta de la gravedad de la situación. Sus lágrimas se mezclaron con sollozos, y finalmente se dejó caer en una silla aparentemente derrotada.
— No puedes hacerme esto, Sergei. Esto es mi vida. Tú eres mi vida, no puedes no… — la desesperación resonaba en su voz cuando se entrecortó por el llanto.
Sergei se mantuvo cerca, intentando brindar consuelo. Pero no lo suficiente como para no quedar muy pegado a ella. Aún así se agachó para quedar a la altura de su rostro.
— No estarás sola, Rubí. Hay personas que cuidarán de ti muy bien en Nueva York. Ya verás…y te mandaré bolsas de mi sangre…— susurró a modo de consuelo mientras ella seguía llorando de modo desgarrador.
La despedida se volvía más tortuosa con cada momento, pero Sergei sabía que esa era la única forma de protegerse de Rubí, y resguardar a la muchacha de sus alocadas emociones y cómo podrían afectarla, incluso si eso significaba apartarla de su vida para siempre. Y quedarse con esa sensación inquietante de no estar del todo convencido de que realmente eso, era lo mejor para ambos.