Capítulo 15

2001 Palabras
—Puedes usar la ducha, si quieres. Y compartiremos mi cama, sólo mientras encontramos una extra. Por suerte es matrimonial, así que creo que realmente no necesitaremos una nueva —Tada ríe y mueve sus brazos en todas direcciones, explicando cada paso a dar. Percibo su nerviosismo y sé que se debe a que no sabe cómo tratarme. Me acerco, envuelvo su cintura y escondo mi rostro entre su cuello y su clavícula. Las ventajas de que ella sea un poco más alta que yo. Y aunque la he tomado por sorpresa sus brazos me rodean y presionan sólo un poco. Aspiro su aroma y cierro los ojos. —Estarás bien aquí. —Lo sé. Y aunque me apena, estoy agradecida. Tadaline, no quiero volver a esa casa. No quiero. —Y no tienes qué. Si no te sientes segura nadie te obligará a ir. Pero si vas en algún momento, te acompañaré. Salgo de mi escondite y sonrío. Y sobre todo, me siento afortunada de ver un poco de su lado comprensivo y amable. Tadaline es simplemente hermosa con una sonrisa en los labios. —Bueno —se anunció Esme bajando los escaleras de la sótano-habitación. Sí, la habitación de Tadaline era un sótano. Pero no uno tétrico, mal oliente y con fantasmas, justo lo que cualquiera hubiese esperado viniendo de Tada. Tétrico y con fantasmas. Este estaba bien acondicionado. La cama era grande y sus sábanas, aún desordenadas, eran de un color vino bastante bonito. El espacio también era bastante amplio y bien iluminado. Para ser honesta pensé que la habitación de mi amiga sería como la de un alma que vaga por las sombras. Casi quiero reírme de mi pensamiento. Claro que debo suponer que toda la decoración debe ser obra de su tía. Eso me lleva a pensar. Mamá jamás se interesó en la decoración de mi habitación. Ella ni siquiera llegó a darme un beso de buenas noche. Vivíamos en medio de la apatía y el odio, nos acomodamos a ese estilo de vida y eso fue lo que desató el caos. Una bolsa demasiado llena de basura en algún momento se rompe. —Espero que te sientas como en casa —Esme ya no llevaba tacones y permanecía recargada sobre la barandilla de la escaleras. Su sonrisa era dócil—. Mañana iremos por el cuerpo de tu madre. Ya me encargué del resto —explica y no puedo evitar sentir una punzada de verguenza. No obstante, no la contradigo. Ella está decidida y, honestamente, lo agradezco infinitamente. ¿Me pregunto qué le habrá dicho Tada de mí como para que esta mujer me mire con tanta ternura? —Gracias. —No es ningún problema —sonríe y anunciando que nos preparará algo para comer sube una vez más. Ésta será mi casa temporalmente porque: 1: Esme se presentó como un familiar lejano, de otro modo no me hubiesen dejado marchar y se hubiese iniciado un papeleo para ponerme en custodia, aún cuando tengo 17 años. 2: No quiero regresar a mi casa. No quiero. No puedo. Claro que algo, muy dentro de mí, me dijo que Katian no creyó ni una sola de mis palabras. Además de que su mirada me inquietaba al punto de contener mi respiración. ¿Él era así con cada persona? —No soliamos ser muy cercanas — dramatizó la tía de Tada en la comisaría, mi amiga sólo se limitó a mirarla—. Es terrible todo esto —y se le saltaron algunas lágrimas y la trabajadora social, la misma de las preguntas estúpidas, le ofreció un pañuelo. Estoy en deuda con esa mujer por el resto de mi vida. Contando también que correrá con los gastos de mi madre muerta. Lo repito. El resto de mi vida. Cuando llegamos a la casa fue cuando me presenté formalmente. Ella sonrió abiertamente y estrechó mi mano. Al parecer Tada en algún momento le había hablado de mí. Así que a Esme sólo le faltaba ver mi cara. Y la verdad yo no sé si estoy feliz o triste. Y aunque siento ganas de llorar, no estoy segura de cuál sería la razón de mi llanto. Eso pasa cuando todos tus demonios se reúnen a tomar el té. Todos hablan al mismo tiempo. Es frustrante. La observo un segundo y aparto la mirada fingiendo que me intereso en un cuadro colgado en la habitación. La verdad, ni siquiera lo entiendo. Siento sus dedos helados rozando mi barbilla y hace girar mi rostro para que la mire. Sus ojos grises me observan directamente. —No debes preocuparte por nada. Deja de darle tantas vueltas, Romina, o juro, y lo haré, voy a golpearte —le sonrío. Prefiero esto a que me mire con ojos de cachorro—. A tía Esme le parece bien que te quedes con nosotras. Tenemos mucho espacio aquí. No te echaremos. Una lágrima solitaria baja por mi mejilla y ella me abraza. Envuelvo mis brazos alrededor de su cintura una vez más y debido a su delgadez casi puedo rodearla, no obstante, nos acoplamos perfectamente: —Somos tu familia, ¿recuerdas? —su broma me hace reir. —No es justo —digo secando mi rostro—. Mi vida no es justa. Estoy sola. Mamá está muerta y mi padre se fue hace meses. —Lo lamento, pero la vida no es justa, nunca lo ha sido, lo sé mejor que nadie —dice sumida en algún recuerdo lejano—. Y aunque no soy la persona más entusiasta y positiva del puto planeta, sé que estarás bien. Además, yo estoy aquí, Adrien lo está, y ahora también tía Esme. —No quiero ser una carga. — Y no lo eres —acomoda un mechón de mi cabello—. Esme está encantada de que estés aquí, ya te lo dije. Además, puedes ayudarnos aquí si eso te hace sentir mejor. No sientas que eres una carga. Somos amigas y los amigos se ayudan. Mi corazón se encoge. ¿Cuántas veces en mi vida había escuchando eso? Pocas, muy pocas. Y dolía escucharlas una vez más. Pero era un dolor que podía soportar porque lo valía. En cuanto al otro dolor. Ese que me pesaba en lo más profundo y que amenazaba con romperme desde dentro, seguía en su lugar. Me froto la nariz. — Gracias. — Voy a sacarte de la casa si vuelves a darme las gracias. Para, joder —gruñe —. Ahora, Adrien... está esperando. — A él también tengo que agradecerle. — No lo hagas tan repetidas veces. Adrien es mas susceptible a las disculpas. Lo sacarás de quicio —se rasca el brazo con sus largas uñas pintadas de n***o y sonríe como si recordara algo—. ¿Tienes hambre? Ya tía Esme debe estar preparando algo. Iré a ayudarle y le diré a Adrien que baje. Luego... —mira mi uniforme del Instituto y hace una mueca—. Luego toma un baño. Puedes tomar cualquier cosa mía, eres de mi talla. Aunque tú estás más delgada —frunce el ceño—. Sí. Estás más delgada que cuando te conocí. Voy por comida. Me da la espalda y sube las escaleras. Y no más de cinco minutos después vislumbro unos zapatos deportivos, seguidos de unas piernas largas para finalizar con un rostro suave, con ojos salvajes. Me fascinan esos ojos. Camina hacia mí y se queda sólo a pocos pasos lejos de mi. —Ella tiene razón —dice—. Estás delgada. Me remueve incómoda y cambio mi peso de un pie al otro. —Pudiste haber hablando con nosotros —lo observo sin comprender—. No cargar tanto peso sobre tus hombros y callarte. En algún momento debiste sentir ganas de gritar. — ¿Eso habría hecho alguna diferencia? —la resignación en mi voz es preocupante. — Yo te hubiese sostenido. —Aún cuando ni siquiera tenemos un vínculo que nos una —siento elevarse sólo mi comisura derecha. — ¿Eso crees? —es todo lo que dice y enarca una ceja. —No lo creo, lo sé. Y muy en el fondo me apenaba hablar de todo lo que sucedía en casa —confieso y una risa amarga se apodera de mí—. Mi madre salía cada día, llegaba a altas horas de la madrugada o incluso cuando ya estaba en el cielo el sol. Era hiriente estando sobria, pero las veces en las que coincidía con ella estando ebria era letal. Por eso siempre intentaba evitarla. Cuando llegaba a casa me aseguraba de no hacer ruido pues ella tenía por costumbre quedarse tirada en el sillón. Y aún cuando toda la situación me abrumaba, era algo a lo que podía adaptarme porque no era la primera vez que pasábamos por eso. La única diferencia era que mi padre estaba la última vez. >>Se quedó dormida en la bañera, mientras intentaba tomar un baño, cuando le pudieron haber salido gotas de alcohol de los ojos en lugar de lágrimas —sonrío con amargura y siento algo romperse dentro, oh, esperen, ese algo ya estaba roto. Ahora sólo estoy sintiendo los restos sonar dentro. Como un recordatorio. —Lo siento —masculla y devora un paso con lentitud. —Ya no podemos cambiar nada —digo con nostalgia—. Ni siquiera pude cuando ella estaba viva... Sollozo y él me abraza. Lo necesitaba. Viniendo de Adrien siento que lo necesitaba. Desesperadamente lo necesitaba. Porque él me trae recuerdos. Adrien trae de vuelta a alguien que ya no está. Sólo que con otro color de ojos y más tinta sobre el cuerpo. Él me devuelve una parte de mí que murió en un accidente de auto. Tener a Adrien conmigo es como tener a Peter. Me aparta un poco de él y toma mi mentón para hacer que lo mire: —No dudes en llamarme si necesitas algo. Lo que sea, estoy aquí —su tono es dulce—. Debo marcharme. Tengo cosas que... hacer. Pero vendré en cuanto pueda. Siento algo abandonarme lentamente. No quiero que se vaya, pero sé que tampoco tengo derecho a retenerlo. —Quisiera que te quedarás —confieso y él besa mi frente. —Vendré a verte. No quiero que se marche, quiero que se quede y me envuelva en sus brazos cómo lo hizo hace un momento. Me da un último abrazo y con la promesa de que regresará mañana para ir a enterrar a mi madre, se marcha. Cuando han pasado casi cinco minutos, y yo sigo en el mismo lugar, decido finalmente buscar el baño. Cruzo una puerta pequeña y me miro a un espejo sobre un lavamanos azul. Tengo ojeras y los labios algo partidos. Además de que mis mejillas están hundidas. Y siendo sincera no recuerdo cuándo fue la última vez que comí o que siquiera tomé un vaso de agua. Me desahogo de mi uniforme aún frente al espejo. Me pregunto si Tada me dejaría quemarlo en alguna parte de su patio. Contando que no tengo un repuesto, claro. Camino a la ducha y me meto debajo de ella. El agua sale fría y choca contra mi espalda de manera casi dolorosa, pero no hago nada por regular el flujo de agua. Lo necesito. A veces el dolor también puede sacarte del sueño. Y cuando despiertas, descubres que realmente sí estabas lastimado. Que realmente sí te hiciste, o hiciste a alguien más, daño. Me froto los hombros y el abdomen, me clavo las uñas bajo los codos y sollozo bajo la ducha. ¡Te odio, madre! ¡Te odio, madre! ¡Te odio! Me cubro la boca para amortiguar el grito de furia que sale de mí y me dejo caer de rodillas. El agua helada aún cayendo sobre mí, clavandose en la piel de mi espalda como cuchillos diminutos. Ya pasó... ya pasó... Me digo a mí misma, pero no puedo parar de llorar. Es inútil.
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