El último mes, me he enfocado en el teatro, dejando un poco de lado a Franco. Aunque me gradué de la secundaria, aún tengo tiempo para inscribirme en la facultad, aunque mamá no deja de insistir, ya no me presiona como antes.
Con Franco, hemos tenido poco y nada de sexo, y creo que eso lo molesta. A mí, la verdad, me da igual. Ya no duele, incluso me está empezando a gustar un poco más, pero puedo sobrevivir sin sexo; no es tan importante.
Tía Marina está apoyando a papá en la fusión de las empresas, lo que salvará a papá y también beneficiará a tía Marina.
— Hoy se estrena la obra, estoy tan nerviosa — le digo emocionada a papá.
— Todo saldrá genial — me abraza.
Estaba interpretando mi papel de Julieta en el teatro cuando noto a alguien conocido entre el público. No puedo correrlo; el teatro es público. Termino la obra, y Marcos me hace una señal para que me acerque; está hablando con un hombre que no alcanzo a ver.
— Sabía que no me decepcionarías. Lo hiciste espectacular — me felicita Marcos.
Nos hemos llevado muy bien este mes; me ha enseñado mucho.
— Gracias por confiar en mí.
— Quiero presentarte a mi amigo Flavio.
Flavio se voltea, y me sorprendo al verlo. Es uno de los hombres con los que audicioné la primera vez y me rechazó.
— Hola, ya nos conocíamos — me besa en la mejilla.
— Sí, yo hice una audición para usted.
— Sí, ahora recuerdo, Lucía Mendoza.
— Sí, soy yo. No quedé en la obra.
— Estás confundida; quedaste con el protagónico.
— No, debe ser un error.
— Así fue. De hecho, nos lamentamos mucho porque cuando llamamos a tu casa para informarte, tu madre nos comentó que estabas fuera del país.
— Debe haber un error; si llamaron, le dijeron a mi madre que no quedé.
— No, niña, si no hubieras quedado, nunca habríamos llamado. Así es esto.
En ese momento, la incredulidad y la desconfianza se apoderaron de mí al descubrir que mi madre, una vez más, me había mentido. Un nudo se formó en mi estómago, y la confusión se reflejó en mis ojos al procesar la realidad de sus engaños. La sensación de traición pesaba en cada palabra no dicha y en cada verdad oculta, dejándome con la amarga certeza de que la confianza que deposité en ella se desmoronaba como un castillo de naipes.
— Si yo puedo confirmarlo. Bueno, ya no importa. Ahora, esta chica tan talentosa trabaja para mí.— Presume Marco
— Si cambias de opinión, ya sabes dónde estoy — me dice Flavio.
— Sí, me disculpan. Tengo que hablar con una persona.
Con pasos cautelosos pero decididos, me aproximé a Alejandro, sintiendo la tensión en el aire mientras la confusión y el escepticismo aún nublaban mis pensamientos. Cada paso resonaba en mi interior, reflejando la mezcla de emociones que bullían en mi pecho. La mirada fija en él, intentando descifrar la verdad detrás de sus palabras, revelaba una vulnerabilidad que estaba dispuesta a ocultar. La expectación flotaba en el aire, creando un momento tenso antes de enfrentar lo que él tenía que decir.
— ¿Qué haces acá? — Pregunté
— Felicidades, hija.
— No me llames así. Creí que te habías ido.
— Nunca me alejé, aunque no me veas. Siempre estoy al pendiente de ti.
— ¿Qué quieres?— Indague
— Relatarte mi versión de los hechos. Solo quiero que me escuches una sola vez. No te pido más, ¿o estás completamente segura de que tu madre te dijo toda la verdad?.
Si mi madre mintió en el teatro pudo mentir en su historia, quiero saber toda la verdad.
— Está bien señor yo también lo quiero escuchar, ¿donde nos vemos?.
— ¿Te parece mañana en la cafetería que se ubica en el hotel Central?
— Está bien ¿a las diez le parece?
— perfecto — Él asiente
Organicé una cena en casa con algunos compañeros del teatro, mi familia y mis pocos amigos.
Estaba preparando unos sándwiches con Miranda en la cocina.
— Te vi con Alejandro, ¿qué pasó?
— Mañana te cuento.
No quería que nadie se enterara de que me reuniría con Alejandro. Entra Franco con una copa en su mano.
— ¿De qué hablan?
— De nada.
— Voy con los demás.
Franco me abraza de la cintura y besa mi cuello;
— Nos escapamos al depa.— Propone
— No puedo dejar a los invitados
— Nos disculpamos después. — Sugiere
— Después vemos, Fran. — Sigo con los sándwiches.
— ¿No quieres estar conmigo?— Pregunta con seriedad— Durante el último mes me has rechazado una y otra vez.
— No es eso, Fran. Sabes que te amo, amor, pero he estado tan preocupada que no tengo tiempo para nada.
— Ahora todo lo del teatro pasó; podemos pasar más tiempo juntos. No lo arruines.
— ¿Te molesta que haga teatro?— Pregunté directamente
— No, pero...
— Sé sincero, Fran.— Le pedí
— Me parece bueno como hobby, pero no le veo futuro.
— ¿Por qué no me lo dijiste antes que pensabas así?
— No lo sé. Te vi muy mal y solo. — Se cortó su voz.
— Me seguiste el juego. Vamos con los demás.
Es impactante; ni mi madre ni mi novio me toman en serio. No me sorprende en el caso de mi madre, pero que me sabotee es demasiado. Además, Franco me ocultó lo que pensaba, lo que me lleva a preguntarme: ¿qué más estará ocultándome? La falta de seriedad en aspectos importantes de mi vida me deja inquieta y desconcertada.
A la mañana siguiente me vestí con un jean n***o y una blusa color rojo vino y llegué a la cafetería donde me reuniría con Alejandro.
— Buenos días, señor. — Lo beso en la mejilla.
— Llámame Alejandro, por favor.
— Está bien, Alejandro. Quiero saber toda la verdad.
— Eso te diré.
Tomamos asiento, pedimos café y medialunas. Con la llegada de nuestros pedidos, empezamos a saborear los alimentos mientras Alejandro iniciaba su relato. La atmósfera en la cafetería se llenaba de la mezcla de aromas del café recién hecho y los dulces, creando un telón de fondo para la revelación que estaba por venir.
Inicialmente, el relato de Alejandro coincidía con el de mamá en cómo se conocieron y enamoraron, pero él añadió más detalles sobre su relación. Mientras narraba, pude percibir el brillo en sus ojos, indicando que la había querido mucho. En cambio, en el relato de mamá, solo puedo percibir odio hacia Alejandro. Las diferencias en sus versiones crean un cuadro intrigante de sus experiencias compartidas.
— ¿Y usted nos abandonó?— Pregunté
Alejandro continuó con detalles conmovedores: — No, yo la apoyé.Estuve presente en cada ecografía, compartimos las alegrías y las preocupaciones. Como sabía que mi familia se opondría, decidí mantenerlo en secreto hasta tu nacimiento. Fue entonces cuando te registré con mi apellido.
Eso me sorprendió; ¿será verdad?
Ambas versiones presentan un fuerte contraste. Según mamá, Alejandro nunca me quiso y la abandonó al enterarse de mi llegada. Por otro lado, él asegura que me dio su apellido y estuvo presente durante su embarazo. La discrepancia entre estas historias plantea una confusión profunda sobre la verdadera naturaleza de la relación entre Alejandro y mamá, generando interrogantes sobre quién está mintiendo.
— ¿En España?— Inqueri
— Sí, tienes nacionalidad española. Luego de tu nacimiento ocurrió lo inevitable: mi familia se percató. Mi padre era muy exigente y ya había acordado mi matrimonio con Lucrecia, mi actual esposa. — Suspiró —. Tu madre, al enterarse, desapareció y nunca volví a saber nada de ella ni de ti hasta ahora.
— Mi madre me dijo otra cosa.— Afirme
— Tengo pruebas. — Me entrega un papel —. Aquí está tu acta de nacimiento.
La leí: "Lucía Montero, hija de Adriana Gómez y Alejandro Montero".
No puede ser.
— Sé que yo también fui culpable al no imponerme ante mi padre y no luchar por ti, ni buscar a Adriana. Pero quiero recuperar el tiempo perdido.
Ahora tiene sentido por qué mi madre volvió conmigo de meses, como dijo Marina. Si Alejandro nunca se hubiera responsabilizado, ella habría regresado embarazada de mí.
Pero seguía con muchas dudas; quería aclararlas todas.
— ¿Por qué me busca después de tantos años?
— Antes no tuve el valor; fui un cobarde.
— ¿Cómo me encontró?
— Te comencé a buscar hace un par de años, pero le perdí el rastro a tu madre y con el cambio de apellido se complicó. Tu abuela contrató un detective privado que facilitó el asunto.
— ¿Abuela? —pregunto.
— Sí, tienes una abuela y hermanas. Me gustaría que las conocieras.
— Siempre creí que era hija única.
— No es así. ¿Quieres conocerlas?
— No sé, es muy pronto.
— No quiero presionarte, pero tu abuela está muy enferma. Te busca hace años; quiere conocerte antes de morir.
— Siento lo de su madre; lo pensaré.
— Gracias. Solo te pido que vayas un fin de semana conmigo a España. Puedes llevar a tus padres o a quien tú quieras; el avión de la familia está disponible para ti. Solo dime cuando te sientas lista.
Avión privado. Guau.
— Gracias, Alejandro.
— Tienes mucho talento.
— Ojalá mamá pensara así.
— ¿No te apoya?
— No. — Niego con la cabeza.
— Cuenta conmigo para lo que necesites, lo que sea, independientemente de que vayas a España o no. Soy tu padre y quiero estar presente en tu vida.
— Gracias, Alejandro. Eres la única persona que me ha dicho la verdad y que no me presiona. Me tengo que ir.
— Me gustaría volver a verte.
— Lo pensaré, lo prometo.