El plan de Daniel

2316 Palabras
Después de conversar con Lucía, Alejandro regresó a España, sintiéndose aliviado al haber revelado toda la verdad. Ahora, la decisión estaba en manos de Lucía si le daba una oportunidad o no. —¿Cómo está mi nieta?—pregunta Doña Sara. —Ya escuchó mi versión; estoy seguro de que pronto la convenceré de venir — Alejandro le mostró el video a la abuela, que observó atentamente y sonrió —Tiene mucho talento. Los problemas no cesan, y Alejandro confronta a Daniel por su ausencia en la empresa: —Hace días que no vas a la empresa—le reclama. —Perdón, papá. —Si no estoy yo, tú eres el responsable. —Lo sé. No volverá a pasar. Mi auto tuvo un accidente, ¿me compras otro?. Alejandro lamenta la falta de madurez de Daniel, esperando que sea un ejemplo para sus hermanas. —¿Cuándo mduraras, Daniel? —No soy fruta —bromea Daniel, ante lo cual Alejandro lo fulmina con la mirada—Creí que ibas a volver con alguien—cambia de tema. —Sí, pronto conocerán a una persona muy importante para mí. En el tranquilo ambiente nocturno, la familia se congrega en la cálida sala, expectante ante la revelación inminente. La tenue luz de las lámparas crea una atmósfera de misterio, resaltando la ansiedad en los rostros de los miembros de la familia Montero. El sonido apacible de susurros y murmullos impregna la estancia mientras todos aguardan la revelación que cambiará el curso de sus vidas. Alejandro, el patriarca, sostiene una mirada reflexiva, su rostro reflejando la gravedad del anuncio que está por hacer. En un momento de expectación, la madre de Alejandro toma la palabra, su voz resonando con solemnidad en la habitación iluminada por la escasa luz. —Quiero hablar con ustedes de un asunto muy importante —comienza Alejandro, su mirada dirigida a cada integrante de la familia, creando un silencio cargado de anticipación. —¿Está bien tu salud, abuela?—pregunta Daniel, mostrando su preocupación, mientras la abuela asiente tranquilamente. —Como siempre, hijo —responde ella, dando un toque de calma antes de revelar la noticia crucial. —Entonces... —la expectación se intensifica, cada palabra resonando en el silencio —Creo que me corresponde decirlo. Encontramos a Lucía—anuncia, desatando una ola de reacciones en la familia, desde la sorpresa hasta la incredulidad. —¿Quién es Lucía? —pregunta Florencia, rompiendo el silencio con una mezcla de curiosidad y desconcierto. —Es la bastarda de su padre—responde Lucrecia por Alejandro, añadiendo un matiz de drama a la revelación. La noticia se despliega, transformando la sala en un escenario donde las emociones y las relaciones familiares se entrelazan en un momento inolvidable. — ¡Engañaste a mamá Alejandro! — Le reclama Florencia a Alejandro — no, antes de casarnos tuve una relación con una mujer tuvimos una hija pero luego ella desapareció la buscamos por años pero al fin la encontramos— explica Alejandro — Espetacular, otra hermana — dice Ana — sí — grita sol, la más pequeña Montero — esa no es nada mío— dice Florencia Alejandro ha tenido una buena relación con Florencia cuando se caso con Lucrecia los gemelos tenían cuatro años. Con Daniel formó un vínculo a pesar de su rebeldía, lo consideró su hijo y sabe que él también me lo como su padre. En cambió con Florencia la relación siempre ha sido fría distante es igual a su madre en ese sentido. Solo le interesa el dinero. — ¿Cuántos años tiene? — pregunta Daniel, curioso. — Está a punto de cumplir dieciocho. — Y cuando viene, ya quiero conocerla — dice Ana emocionada. — Y yo — agrega Sol. — Me encanta su entusiasmo, niñas.— Expresa Alejandro — Daniel, Florencia, ¿qué piensan? — No me interesa — dice Flor. — Para serles sinceros, me da igual — responde Daniel encogiéndose de hombros. A Daniel le resulta completamente indiferente que su padre, Alejandro, tenga otra hija. Ve la llegada de esta nueva integrante como una distracción que podría desviar la atención de su padre, permitiéndole un respiro. No soporta las constantes órdenes y mandatos de él. Alejandro, por su parte, encuentra en sus viajes de trabajo un escape placentero al matrimonio tormentoso con Lucrecia. La ausencia de días le proporciona un alivio momentáneo. Sin embargo, al regresar, se ve obligado a enfrentar nuevamente la convivencia con una esposa que solo parece pensar en sí misma. En una charla con Lucrecia, la tensión entre ellos es palpable, y la idea de desaparecerla cruza la mente de Alejandro. La relación matrimonial se presenta como un auténtico infierno, con ambos cónyuges luchando por mantener una convivencia que parece desmoronarse con cada interacción. — Le dejará todo a la niña — le reclama Lucrecia a Alejandro. — ¿Cómo lo sabes?— Inquiere él — ¿Acaso te atreviste a hablar con el abogado?. Te recuerdo que es el dinero de mi madre. — ¿Prefieres a tu hija que a las mías?— Indaga ella molesta — Sabes perfectamente que no dejará desamparadas a Ana y Sol. Además, a Lucía no le interesa el dinero. — Apenas la conoces. Debe ser una mosca muerta como su madre. — Es mi primogénita y tiene derechos. No te permito que te expreses así de ella— Espeta él — ¿Entonces aparece Lucía y mis hijos no importan? — Les he dado todo, sabes que nunca he hecho diferencias entre Daniel y Florencia, y mis hijas. — ¿Ni con Daniel? — Sabes perfectamente que él es mi sucesor en las empresas, pero estoy cambiando de opinión. — ¿Por qué? — Lo veo sin rumbo, tiene pésimas calificaciones en la universidad, solo le importa despilfarrar mi dinero. Lucrecia, con un amor desbordante, ve a Daniel como el centro de su vida, su hijo consentido y la personificación de sus más grandes aspiraciones. Anhela que él se convierta en un hombre de importancia, influyente y poderoso. Sin embargo, en su deseo de proporcionarle lo mejor, quizás ha ido demasiado lejos en su sobreprotección. Mientras tanto, en el universo de Daniel, se encuentra inmerso en la pasión de afinar su guitarra, un rincón íntimo donde su amor por la música toma forma. La tranquilidad se quiebra cuando Sol, la hermana menor, entra sin previo aviso en su habitación, interrumpiendo el momento de concentración y creando un contraste entre la búsqueda de armonía de Daniel y la irrupción inesperada en su espacio personal. — ¿Cuántas veces te he dicho que toques la puerta? — le dice a la pequeña. Ella solo ríe, resulta imposible enojarse con su inocencia. Con sus rizos rubios y sus ojos claros, parecidos al cielo, y su pequeña estatura que la hace parecer una muñeca encantadora. — Léeme un cuento.— Pide Sol sabiendo que Daniel no le niega nada. — ¿Por qué no le pides a tu nana?. O Molesta a Ana. — Por favor — insiste con ojitos de cachorro. — Está bien. Con delicadeza, Daniel alza a la pequeña en sus brazos, siente el ligero peso de su figura infantil mientras se dirigen a su habitación. El ambiente en la habitación es sereno, con tonos cálidos que le dan un toque acogedor. Una vez allí, la recuesta con suavidad en la cama, cuidando de no perturbar la paz que envuelve la estancia. Los detalles de la habitación revelan un espacio lleno de colores vibrantes y juguetes que atestiguan el mundo infantil que habita allí. Daniel busca un momento de conexión especial y decide tomar un libro. Entre las opciones, opta por uno clásico: el cuento de los tres cerditos. Mientras busca las páginas, la niña, con sus ojos brillantes de expectación, aguarda con entusiasmo la elección literaria de su hermano. La atmósfera se impregna de la calidez de la relación entre ambos, creando un instante único en el que la magia de la lectura se entrelaza con los lazos familiares. — No, la del sapo — se queja ella. — ¡Qué aburrido! — Léelo, Dani. Odia que le llamen "Dani", pero con ella lo tolera. — Bueno, sabes que eres mi princesa consentida. — Y tú mi hermano favorito. — El único. Daniel rió suavemente mientras, finalmente, Sol caía rendida en el sueño. Con pasos silenciosos, se dirigió a la habitación de su madre, quien lo llamaba. En ese hogar, Lucrecia no compartía la alcoba con Alejandro, y la presencia de Florencia también llenaba la habitación. Daniel, con su cabellera oscura y ojos azules que reflejaban la intensidad del mar, se asemejaba al retrato vivo de su padre. En contraste, Florencia ostentaba cabellos castaños y largos, acompañados por unos ojos verdes que recordaban a su madre. En la conversación familiar que se desenvolvía, Lucrecia anunció la llegada de la famosa Lucía para el próximo fin de semana, desatando molestias en Florencia. — Es muy pronto — expresó Daniel desconcertado — Y si nos vamos con la abuela, no quiero ni verla — añadió Florencia con desdén. En ese instante, la madre interrumpió con una revelación que cambiaría la dinámica familiar. — Hay algo que deben saber — dijo con seriedad. — ¿Es sobre la bastarda? — preguntó Florencia, intrigada. — Doña Sara le dejó todo — confirmó. — Todo — repitió Daniel, sus ojos azules reflejando un momento de incredulidad mientras asimilaba la impactante información. La noticia de que su abuela había legado toda la fortuna a alguien que apenas conocían, a pesar de ser hija de su propio padre, dejó a Daniel atónito. La incredulidad se dibujaba en sus rasgos mientras procesaba la magnitud de la situación. — Sí, el abogado lo dijo, cambió el testamento — confirmó la madre con solemnidad, acentuando la gravedad de la situación. — Entonces, nos quedamos sin nada — murmuró Daniel, con un dejo de desesperación que apenas pudo ocultar. La idea de enfrentarse a la pobreza se instaló con fuerza en su mente, generando un temor palpable en la expresión de Daniel. — Ana y Sol son Montero. — Pero nosotros no.— Él rodó los ojos — Debemos hacer algo. Sugirió Daniel, su mente ya maquinando posibles soluciones para evitar la pérdida de su estatus. — Pero ¿qué? — Debemos pensar — comentó la madre, sumida en la incertidumbre que se cernía sobre la familia.La habitación quedó envuelta en un silencio tenso, mientras cada integrante de la familia procesaba la nueva realidad que se avecinaba. — ¿Por qué no te casas con la bastarda y así te quedas con todo, Dan? — propone Florencia, y Daniel estalla en una carcajada. La mirada de su madre se encuentra con la suya — No es mala idea. — No la usaré; ella no me ha hecho nada. Ambas ríen a carcajadas porque Daniel no suele pensar en los demás. En más de una ocasión, ha utilizado a las personas a su conveniencia. — ¿Te parece poco quitarte todo? Sabes que tú eras el sucesor de Alejandro, pero desde que apareció esa niña te reemplazó, claro, como es la primogénita. — ¿Quieres que nos quedemos sin nada, Dan?— Insiste Florencia Ambas mujeres lo presionan, pero él niega con la cabeza. — ¿Y si es fea?— Pregunta él — No podría ni siquiera besarla si es fea o si es gorda. No, es demasiado sacrificio. — He visto fotos y es bonita.— Expresa Lucrecia — Ni lo sueñen, no me casare ni con Luciana ni con nadie. Yo soy libre.— Insiste él — Un libre pobre que harás cantar en las calles — se burla Florencia. — ¡Cállate! — le grita él molesto. Ella es la única persona que sabe que le gusta componer, y siempre se burla de él. — Cásate por bienes mancomunados, luego te divorcias y listo, Daniel. Hazlo por la familia. Yo me sacrifiqué por ustedes, ahora es su turno, cariño. Por supuesto yo nunca te pediría que unas tu vida a una muerta de hambre. Será solo temporal. Tenía razón; su padre los abandonó, no les dio ni su apellido. Ella consiguió un marido con dinero aprovechándose de lo único que tenía: un apellido prestigioso, Curie. De los errores de su madre, aprendió. Se enamoró de un hombre que solo le sacó su dinero y le hizo dos hijos. Lo único importante en el mundo es el dinero, y en lo que a él respecta, el único padre que tiene es Alejandro Montero. — Está bien, me casare y me divorciare. Si es linda, obvio, después de la luna de miel. No puede ser egoísta; le dará una buena follada a su esposita cambio del dinero. Florencia ríe — No enamoraras, ¿Verdad? — No sabes con quién estás hablando; el famoso amor no existe, pero si la niña tiene novio o algo, ¿que hago? — Usa tus encantos, hermanito. Nadie es tan seductor como tú. — Este acuerdo no puede salir de estas cuatro paredes — Pronuncia Lucrecia "Ni modo", piensa Daniel, hay que hacer sacrificios en la vida para mantener un buen nivel de vida. Está decidido a sacrificarse; él nunca perderá su estilo de vida ni su dinero. Si esa niña está acostumbrada a la pobreza, no le afectará en nada que él le quite sus millones. Es consciente de que está en juego una cantidad considerable de dinero. En su mente calculadora, Daniel ya ha trazado un plan: casarse, asegurarse de obtener lo que desea y luego, si es necesario, divorciarse. La idea de que alguien más pueda disfrutar de lo que considera suyo le resulta inaceptable. La avaricia y el deseo de mantener su estatus económico son las fuerzas que guían sus acciones. La moralidad parece estar en segundo plano cuando se trata de preservar su riqueza y comodidades.
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