Un gran ruido de pasos y de voces le hizo levantar la cabeza; los chiquillos, saltando las cuerdas de la pista, invadían las tribunas; la gente se iba. Cayeron unas gotas de lluvia. El atasco de los coches aumentó. Hussonnet estaba perdido. —¡Bueno, mejor! —dijo Frédéric. —Preferimos estar solos —dijo la Mariscala, poniendo su mano encima de la de Frédéric. Entonces pasó delante de ellos, con reflejos de cobre y acero, un espléndido lando tirado por cuatro caballos, conducidos a la Daumont por dos jockeys con casaca de terciopelo a franjas doradas. La señora Dambreuse iba al lado de su marido, Martinon en el asiento de enfrente; los tres tenían caras extrañas. —¡Me han reconocido! —dijo Frédéric. Rosanette quiso que se pararan, para ver mejor el desfile. Mme. Arnoux podía reaparecer.

